La más variada fauna, entre pensamiento, imagen, poesía y erotismo: ¡todo!, en definitiva.

20.5.08

Nuevo BLOG El Ventrílocuo

Tenemos una nueva maleta para este muñeco.
Se aceptan comentarios y sugerencias de mejora (jorgealberdi(arroba)hotmail.com)




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27.4.08

CARMILLA

De Sheridan Le Fanu, el célebre relato 'Carmilla', para quien quiera difrutar de uno de los íconos del relato de vampiros que pone de relieve la sensualidad del mito.
En 'Lecturas y Miradas': http://lecturasymiradas.blogspot.com/

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16.4.08

EL HUMO DE LA CALLE

No sé. Pienso que el humo de la calle nos envuelve en un manto de cultura y naturaleza difícil de separar. La gran ciudad se olvida de la diversidad en su propia multiplicidad y alguien, tal vez un hombre, espera solo el amor de su vida, tal vez una mujer, impoluto mientras su amor se descose en cada encrucijada o con juguetes gelatinosos que huelen y saben a esencia artificial de frutillas demuele los colchones de gran tamaño mientras en la tevé una murga le trae recuerdos de su amiga vestida con flores de mostacillas y tipografía anárquica que sacude la horma de sus pechos al ritmo de un tambor huérfano. En la radio nos dicen qué bebida beber y el spam de los carteles urbanos nos atiborra de imágenes lésbicas mientras los chicos de la calle ofrecen su servicio rápido y espumoso de limpiavidrios al paso mientras sus amigos fuman en un rincón meado por perros y borrachos y sueñan con ayuda porque ya solos ni soñar pueden. Una mirada que se pierde en el serpentear de las callejuelas con subidas y bajadas y en un ciber los autómatas se me parecen y todos se me parecen mientras ella entra y yo la sigo y me apoyo en una mesa recién abandonada con el tapiz pegoteado de café y mermelada y la vuelvo a seguir con la mirada que se posa en la misma pantalla donde explota el sexo sin perfume de dos niñas que parlotean mudas antes de darse un mordisco y luego sanarse con sus propias lenguas y ella mirando sabe que otros la miran pero también eso es ya naturaleza y no pasará de allí hasta que una de sus manos se hunda entre sus piernas un segundo como para contener algo que se le escapa algo que se le va mientras sube por su garganta y la tersa barbilla le tiembla apenas lo suficiente como para que yo sepa que está viva y que, quizá un hombre, la espera en otra ciudad otro mundo sin haberla conocido solo de soñarla para que otro, quizá otro hombre, aburrido de pensar hacia dónde va se ponga a escribir su historia solitaria, otra más de las tantas repetidas, y acierte en un concurso de literatura demodé y gane un premio ínfimo que lo catapulta al abismo de la fama efímera, para volver a la nada.

Pienso que cuando ella sale el humo se ha vuelto brisa, y una llovizna le moja el pelo; que en un horizonte cercano los picos de los cerros lucen blancos, pero no lo sabe aunque pueda imaginarlo y no sé si levantarme de aquí y seguirla y arrebatarle a ese otro hombre el amor de su vida y en una esquina tirarme sobre ella y convertir la historia romántica en una película de cuarta donde el amor es tan fácil como pagar la entrada a un cine. No sé si levantarme por más que ella vuelva la cara para verme como si yo también fuese una pantalla, un monitor que arroja gemidos y babeos y movimientos rítmicos como en una extraña espiral de candombe de verano, para acercarme y morderla hasta que despierte y abra los ojos y que ellos vomiten las últimas imágenes del fin de los tiempos, imágenes que de tan repetidas ahogan su diversidad.

Me quedo donde estoy, sonriendo, sonriendo estúpidamente, total, nadie me ve, nadie tropieza conmigo y soy otro que en algún lugar una historia espera hasta desdibujarse.

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2.4.08

LUPE, amor a primera lectura

Fue un chiste. Un breve comentario en respuesta a un post que arremetía contra el amor a primera vista. Una opinión rápida en el blog. Sin embargo, esa efímera marca en el post de la blogger desató el recuerdo de Guadalupe, la gallega, que habiendo estado sumergida en un olvido culposo emergió a la superficie como un cachetazo.
Es curioso como trabaja nuestra cabecita; cuando uno cree que puede lanzar las palabras así porque sí, sin consecuencias, generalmente, se está equivocando. ¿Hay azar; abandono, o destino? ¿Es cierto que el universo no es caos sino una articulada red de nexos de la cual solo percibimos una mezquina muestra gratis? Y en ese somos lo que leemos, o somos lo que escribimos ¿cómo se teje este universo?: con entradas y salidas de esa malla sin espacio ni tiempo.
Hace unos cuantos años trabajé en una empresa estatal y entre mis compañeros había uno con quien, por sensibilidad artística, llegamos a ser amigos. Pablo decidió un día de esos malos muy malos que solemos tener en Argentina cada dos por tres —o mejor: cada tres por dos—, alcanzar mejor suerte en España. Solicitó el beneficio de una licencia sin goce de sueldo por tres meses, y partió con su Pentax 1000 y un amigo fotógrafo. Su primer destino era Palmas de Mallorca.
Tres meses después se reincorporó al trabajo, pero era otra persona. Había vuelto para ultimar detalles, dijo. Tenía que arreglar algunas cuestiones de negocios que compartía con un hermano y un primo. Su idea era vender todo lo que tenía y volverse a la península, había conocido a una muchacha a la que le prometió regresar. A pesar de que no era una persona de enamoramientos repentinos, ni de relaciones duraderas con las mujeres, le creí. A fuerza de su propio entusiasmo, le creí.
Conocí a Guadalupe en unas logradas fotos en blanco y negro, fiel al estilo de Pablo, que odiaba las fotos en colores. El impacto de la imagen es muy fuerte, y uno llega a entender ese mito del enamoramiento a primera vista. Guadalupe era una chica que había salido de la adolescencia y transmitía toda la belleza y la frescura que se puede transmitir a los veinte años. Rotunda cabellera que enmarcaba un rostro con una leve tendencia a la cuadratura; frente despejada y grandes ojos, mirada de lago transparente; boca larga, acostumbrada a la sonrisa franca.

Leer Completo

Pablo fue reconstruyendo, en nuestros interminables viajes al interior de la provincia de Santa Fe, el derrotero de su estadía en España; cómo la conoció, los lugares por donde encaminaron sus pasos antes de llegar a una ciudad cerca de Barcelona, —donde pasó los últimos días antes de volverse al país— en casa de sus padres. A la semana llegó la primera carta, que Pablo leyó y releyó mientras trataba de acelerar los trámites de la venta del auto y esperaba la cancelación de un préstamo que había hecho a su primo. Me fue leyendo fragmentos, hasta que finalmente me dio la carta para que la leyera completa. Nunca había pasado por algo así; acceder, sin más, a la intimidad de una escritura dirigida a otro. Al principio me ganó la incomodidad, una repentina vergüenza hacía que demorara en zambullirme en la lectura, pero mi amigo insistía de tal manera que temí que tomase como un desaire mi inicial negativa; Guadalupe era su orgullo personal.
Si dije que el impacto de una imagen es muy fuerte, no tienen idea de lo que me provocó recorrer esa grafía azul, esas palabras, una tras otras, en perfecto dibujo, con una leve inclinación hacia delante. A esa edad ya había intercambiado cartas con unas cuantas amigas, y sabía qué podía esperar de una epístola amorosa. En realidad, casi todas se parecen, pegoteadas y perfumadas, llenas de signos que pretenden transmitir o exagerar expresiones; sentimientos; ahogos; deseos. Había una diferencia desde el inicio en la carta de Guadalupe; el texto estaba formulado desde otro lugar, no abordaba la cuestión sentimental directamente. Unos cuantos rodeos narrativos bien construidos; descripciones precisas de los días posteriores a la partida de Pablo, las actividades cotidianas y el color que le imprimía un estado de ánimo entre la pérdida y la espera. No había amontonamiento; el orden de la narración y de los argumentos era tan preciso como cada palabra redondeada por la lapicera fuente. La impresión que me causó fue que escribía tan naturalmente como (yo sospechaba) se reía o caminaba por entre las viñas del Penedès.
Pronto llegó la segunda carta, y Pablo aún no había respondido a la primera. La historia volvía a repetirse: me leía algunos fragmentos y trataba de proporcionarme el contexto necesario para que yo me hiciese una idea más precisa. Finalmente me entregó el papel para que lo leyera. Con un poco más de confianza, casi como un hábito, recorrí el derrotero de la letra de Guadalupe que, al final, se animaba a preguntarle por qué no le había respondido. Creo que un grafólogo hubiese registrado esa casi imperceptible claudicación gráfica de la última frase y hubiese interpretado una primera angustia. Una a que se aplastaba más de lo normal, una l que se caía demasiado hacia la derecha, la falta del punto final, apenas estas imperfecciones delataban que la carta fue escrita solo para poder expresar esa último interrogante.
Le pregunté por qué no había contestado. Luego de algunas excusas insostenibles, terminó pidiéndome que le ayudase a contestar. La escritura de Guadalupe lo intimidaba; una cosa era ella y otra cómo escribía. Pablo estaba al tanto de mi vocación inicial de escritor, creyó que podría ayudarle en algo que él no manejaba tan diestramente como ella.
–No– dije – no escribiré la respuesta que solo vos debés dar.
Lo orienté, eso sí, en cómo estructurarla; le di algunas ideas, revisé el resultado final, corregí algunos errores ortográficos, transcribí el manuscrito a un procesador de textos, y eso fue todo.
El diálogo epistolar se fue sucediendo; ella escribía con su maravillosa letra, desgranaba en cada carta la compleja amplitud de su persona y él contestaba escuetamente las impresiones del procesador. Generalmente salíamos por la mañana, pasábamos por el correo a revisar su casilla postal, si eventualmente nos esperaba una carta la leíamos y releíamos durante el trayecto hacia el lugar a donde debíamos ir ese día. De a poco comenzó a transformarse más en una espera mía que en una de Pablo.
Los costos postales a España eran elevados, y el tiempo que transcurría entre una y otra carta no eran acordes a la ansiedad de los enamorados por lo que, frecuentemente, la comunicación comenzó a transitar por el incipiente correo electrónico. No obstante, para Guadalupe esto no era más que un sucedáneo: no dejaba de enviar su semanal carta manuscrita detallando todo lo que había vivido durante los últimos días, y opinando sobre esos mismos acontecimientos.
En una ocasión, Pablo retiró su correspondencia y, mientras abría otros sobres personales, me extendió la carta cerrada aún de la gallega –como le decíamos– para que la fuese leyendo. Noté que me temblaba el pulso mientras desdoblaba esas hojas crujientes y las manos se me humedecían a medida que recorría con gula desconocida cada una de las frases que aparecían ante mis ojos. Ese día le pedí a mi amigo que no me diese más a leer sus cartas. Me miró extrañado y no sé cómo pude esconder el rubor que me crecía desde el vientre. Argüí que no me parecía adecuado que yo estuviese metido permanentemente en su intimidad. No sé si lo creyó. Lo cierto es que dejó de hacerlo y solo se limitó a contarme, cuando recibía correspondencia, algunos aspectos de la misma.
De a poco Pablo fue sucumbiendo a su vida habitual, tuvo oportunidad de vender su automóvil pero le pareció que no hacía buen negocio y postergó la venta con el fin de obtener un mejor valor. Volvió a sus salidas habituales, a recorrer la noche con sus amigos de siempre. El ímpetu que tenía al principio fue mermando y noté que su proyecto de volverse a España declinaba día tras día. Las cartas seguían llegando, pero ya casi no las respondía, o se limitaba a unas pocas palabras por e-mail.
Un día me dijo que quizá le convenía esperar un año antes de volver, que se le había presentado una oportunidad de hacer un par de negocios que le redituarían buen dinero en poco tiempo; que eso le permitiría llevar mayor capital e instalarse más cómodamente en España.
Comencé a acuciarlo para que respondiese a las cartas de Guadalupe; que la mina, me parecía, no era para perderla; que si había estado tan bien con ella no aflojara ahora.
Finalmente comenzó a salir con una amiga de su primo y me confesó que no sabía cómo cortar con Guadalupe sin dañarla, y reafirmar la convención europea de que el argentino es un charlatán, un ilusionista canalla. En realidad lo último lo agregué yo, a Pablo poco le importaba lo que pensaran de los argentinos.
Insistí en si estaba seguro de lo que decía. Le recordé letra por letra, palabra por palabra, lo que me había vertido cuando volvió, pero el fuego estaba extinto, y no le parecía que ella debiera seguir en esa espera, que no lo merecía, pero tampoco encontraba el modo de decírselo. Me entregó su última carta por si quería leerla. La leí con la avidez del adicto. El texto de Guadalupe ya tenía algo de impersonal, como si presintiera la ruptura y entonces no se jugara por entera. Me dolió la neutralidad, como si estuviese dirigida a mí. Aún así, seguía trasluciendo a una mujer esplendorosa.
Cuando finalmente tuve el convencimiento de que mi amigo hablaba en serio (lo hice muy rápidamente), me ofrecí a hacerle el servicio; a ir cortando por él la relación, del mejor modo posible, si me autorizaba a utilizar su cuenta de correos para escribirle yo a la gallega. Me miró de reojo, con un esbozo de sonrisa torcida, como si todo el tiempo hubiese estado leyendo mis más ocultos sentimientos, y me dio su aprobación.
Me planté delante de la destartalada PC, la miré fijo (como ahora que no encuentro las palabras adecuadas) y volví a cerrar el correo sin animarme a nada. Me levanté, fui al baño, refregué mi cara con el agua fría y volví al escritorio. En el trayecto desde el baño ensayé mentalmente un par de introducciones. Me costaron sangre las primeras dos frases, y luego fui soltándome y soltándome hasta olvidarme del mundo. Cuando reaccioné había escrito lo que serían unas tres carillas de una A4. Fui poniendo en el campo del destinatario, letra por letra, lentamente, la dirección del e-mail de Guadalupe. Estuve a punto de cancelar y borrar todo, pero no lo hice: pulsé enviar, y apagué la máquina. Cuando salí a la calle, pesaba veinte kilos menos, y llevaba una calma que podría equipararse a la felicidad, pero sabía que no lo era. Me senté en la mesa de un bar a la calle y pedí una cerveza, me levanté a la hora de cenar; ya en el departamento me duché y me fui a la cama con un libro del cual no pude leer ni una sola página. Me dormí con el ronroneo del ventilador.
Al día siguiente, en cuanto tuve un momento libre, consulté el correo de Pablo, había un mensaje, una respuesta en la bandeja de entrada. El mundillo de la oficina rechinaba, pero una burbuja me protegía contra todos los males de este mundo. Estuve paralizado unos cuantos minutos, mirando el blanco de la pantalla como un catatónico, hasta que me animé a abrir el archivo. El mensaje era breve, lo recuerdo bien, decía algo así como:
Dicen que todos los gatos son pardos en la oscuridad. Siempre dudé de esta sentencia absurda. Si fuese así, no podría darme cuenta si el que me besa en la noche es mi hombre, sin embargo aún ciega podría diferenciar el grado de salobridad de los labios y la morosidad y textura de la lengua de Pablo. No sé que lamentable desliz ocurrió aquí, ni quiero imaginarlo porque la intuición del error se transformaría en horror. De algo estoy segura: no eres Pablo. Y si él tiene alguna responsabilidad en esto, no creo merecerlo. Lamentable.”
Sentí ganas de morirme. Como si la tuviese sentada adelante, con los ojos llorosos pero duros en su dignidad, mirándome, dejando que me cayese al abismo en esa mirada que no juzga, sólo pregunta. Miré hacia ambos lados, para ver si alguien se había percatado de mi turbación, pero el mundo es impermeable a estas emociones. Por suerte Pablo estaba en otro sector y no lo vería hasta el día siguiente. No me hubiese atrevido a contarle. Quería estar solo, mordiéndome la lengua como si en lugar de escribir hubiese hablado y hubiese dicho las palabras que no debía.
Borré el mensaje, y evité todo contacto humano durante el resto del día. Era viernes, eso me daba un par de días para ahogarme en mi duelo personal. El lunes no estaba mejor, seguía pesándome la culpa como la vez que rompí un objeto muy querido por mi madre y me las ingenié para que culparan a mi hermana.
El martes me animé a redactar un par de líneas en las que decía algo así como que no culpara a Pablo, que había sido un abuso de confianza de mi parte, que mi nombre era Jorge y que me sentía espantosamente mal. Insistí con una endeble disculpa. La escribí desde mi cuenta de e-mail.
En los días que siguieron, consulté la casilla como un poseso, pero no recibí respuesta alguna.
Una semana después, luego de leer y releer su última carta hasta desdibujar las palabras, y de intentar por todos los medios de aceptar que lo nuestro no tenía siquiera un principio; que, en todo caso, había comenzado con el final, intenté redactar mi primer envío postal. Fue a principios de marzo. Al trabajo le sumé las horas de cátedra en la facultad y el tiempo que me demandaban algunos amores fugaces, sin embargo, al final de cada jornada, cansado y vacío, volvía sobre las hojas borroneadas, tachadas y corregidas mil veces. A la luz extenuada de una lámpara buscaba con mi torpe grafía establecer un lazo argumentativo que me colocara de pie ante Guadalupe, y hasta con un toque de dignidad.
Llegó el mes de julio; una noche en la que la desesperación, el hastío y el humo me pusieron frente a un espejo real, rompí esos inútiles papeles acopiados que nunca cruzarían el mar. Rendí dos prácticos en la facultad que ya tenía preparados y me tomé un par de semanas de licencia en el trabajo. Subí a un colectivo que me llevó al pié de la cordillera. Me esperaba un amigo mendocino. Juntos recorrimos los casi trescientos kilómetros hasta el Cañón del Atuel, donde él tenía una modesta cabaña. Nada mejor que la naturaleza y la charla sincera de un amigo para cerrar heridas. El paisaje frío se fue metiendo cálidamente en mi espíritu, los nervios de la indiferencia selectiva parecían recobrar su vieja frescura. Solo quedaba volver.
En la soledad del regreso, quizá como una respuesta de la noche cerrada que retrocedía velozmente detrás de la ventanilla, volví a pensar en la gallega y en un par de segundos pasaron ante mí, en puro estado crítico, los últimos meses de mi vida. Tuve dos certezas: la conciencia lúcida y tranquila de la vergüenza, y la decisión de acercarme a esa lejana muchacha de la cual, casi inexplicablemente, estaba enamorado.

Esta vez no me enredé en tontos juegos de excusas y artilugios que hablaran de mí. Me limité a redactar los recientes días en el Cañón. Sería el paisaje o la escritura quienes realmente hablasen de mí. Después de todo, conocí a Lupe no tanto por lo que escribía de sí como por lo que simplemente escribía.
Era el Atuel, que corría encajonado, rápido, entre la pared rojiza y amarilla, a la sombra de esas esculturas que el viento supo tallar, quien se expresaba en esas palabras que cruzarían, esta vez sí, el océano con un destino de mujer.
Nada de correo electrónico; describí prolijamente mi itinerario reciente, doblé las hojas escritas y las metí en un sobre de manila y anoté la dirección de Guadalupe.
Una semana después, la noche me sorprendió garabateando sobre el papel una calleja oscura de Rosario por la que yo subía, solo, mientras unos gatos anónimos se escabullían entre las sombras. Al llegar a una esquina, desde un bar apenas anunciado me llegaban los acordes de un blues que se codeaba con un tango. Nunca me gustó el tango, pero algunas veces una nota me llega hasta lo más profundo. Allí me detengo y me dejo llevar por esa llaga que me dice del paso implacable del tiempo sobre la belleza humana. Después, con un gesto, me sacudo la nostalgia que se me ha pegado y me pregunto cómo me afectaría esa música casi aborrecida, que sin embargo es naturaleza, si yo viviese en otro país, lejos de estas calles con su empedrado de escamas relucientes, sus escenarios vacíos y llenos de magia, las mesas de amigos perdidos en la madrugada entre risas explosivas y confesiones melancólicas. En el bar me esperaban los bebedores de siempre, los enamorados de las historias de asesinos canallas; de mujeres de piernas largas y caderas sinuosas como un lugar común, mujeres de miradas líquidas; comentadores de versos de poetas inexistentes de tan desconocidos. Conversaciones que, luego, en la soledad de mi departamento reñían con la hoja en blanco que se entregaba de a poco, se desvestía mansamente, no ya incitada por la música sino por la letra que se apilaba y desgranaba.
A la semana siguiente, el sobre se llevó a España un camino de tierra en medio del campo, los juegos tempranos de la mañana que reverberaba en la laguna donde las vacas hundían sus pezuñas y el hornero amasaba el barro para su nido, el polvo que levantaba la camioneta y entraba por la ventanilla junto con el frescor. El pequeño pueblo, que se insinuaba en los bordes, con algunas casas derruidas al costado del sembradío de maíz, las paredes de ladrillo carcomido por los años y ganadas por el palán palán, el techo ya sin chapas pero con algunos tirantes de palo que aún resistían la intemperie y conformaban el esqueleto. El local en la esquina pobre y vieja, en cuyo cartel aún se leía ‘almacén de ramos generales’ como intentando resistir al anacronismo; la plaza con los árboles grandes y frondosos y sus caminos sin pavimentar, recorrida por algunos chicos con guardapolvos blancos que llegaban tarde al colegio. En frente la iglesia con su cúpula de ladrillo a la vista y una campana fundida a principios del siglo pasado, y después, casi por el medio del pueblo, las vías oxidadas, olvidadas del paso de los monstruos de hierro y la estación, la gloriosa estación de trenes, ahora convertida en una dependencia municipal más; una calle pavimentada, signo del último intento de acompañar a una época pujante que se diluyó con la esperanza del país, autos estacionados con las ventanillas abiertas, un tractor aún en marcha. Los arbolitos prolijos, con los troncos pintados con cal; baldíos desmalezados por el picado de la tarde y del sábado; algunas casas más nuevas, de los propietarios de los campos, con diseños encargados a arquitectos, hijos que se recibieron en Rosario o en Buenos Aires pero nunca más volvieron al pueblo. A la salida hay un barrio nuevo, de unas diez casas iguales, con patios abiertos y la ropa ya tendida, blanqueándose al sol, señal de las buenas relaciones del presidente de la comuna con el gobernador. Olor a leña quemada, a panadería.
Otra semana traté de describir un altillo nocturno habitado por murciélagos y otra el color del agua del río Paraná, visto desde la barranca de San Lorenzo, con sus botes; las islas de todos pero que son de Entre Ríos; los pescadores que ya han hecho su día y acomodan sus bártulos mientras aún coletea un agonizante dorado en el fondo del bote ‘hace unos años se sacaban hasta pacuses aquí, ahora apenas algunas boguitas y unos dorados chicos, no es lo mismo, pero alcanza’. El tableteo de un motor que se acerca, o la estela de una moto de agua que cruza en diagonal y contra la corriente.
Semana a semana, todas aquellas cosas que me rodeaban, que hacían a mi vida diaria, algunas importantes y otras insignificantes, fui llevándolas a la letra y ensobrándolas con destino a España. Al principio esperé, con cierta ansiedad, una respuesta que no llegó. Quizá ya no vivía más en Vilafranca; en algunas de las cartas mencionaba viajes cortos relacionados con sus estudios. Quizá los sobres eran arrojados a la basura o rotos sin ser leídos apenas llegados. Estuve tentado de pedirle todas las otras cartas a Pablo, para buscar allí alguna señal, algo que había pasado por alto y que apuntalase la hipótesis de la mudanza. Casi desisto, pero por un acto reflejo seguí enviando los sobres periódicamente. Con el tiempo dejé de pensar en la respuesta, incluso dejé de pensar en el destino de lo que escribía y me limité a narrar, como si en lugar de escribir para ella, lo hiciese para mí. Así se escribe un libro, pensé.
Actos de mi vida que me parecían interesantes; objetos que veía en un museo o en una galería; el hallazgo de un libro en una librería de usados; el palimpsesto contra la pared en una calle cortada luego de unas elecciones municipales; la sucesión de la floración de las especies autóctonas y un apartado especial para la flora importada de Europa; una morosa clasificación de los gatos callejeros según la tersura y luminosidad de su pelaje; el registro desordenado de la intertextualidad en la literatura argentina; el recuerdo (la imagen recordada) de mi madre (su expresión entre resignada y furiosa) en la puerta de mi casa cuando volví luego de tres días de ausencia porque me fui detrás de un recital de un grupo de rock sin avisar; sensaciones (estremecimientos) de una noche de ebriedad en la que una muchacha bailó con sus pies desnudos sobre los míos y luego desapareció sin dejar mas señas que su perfume y su mirada; los viajes que hacía durante el trabajo; las primeras noches de primavera con su aroma a ozono o a flores de paraíso; una serie de notas sobre la aparición de la luna en el horizonte y hasta una teoría poética sobre su diversidad; los muebles de mi habitación; la ventana abierta (la fragilidad de la noche, el calor, el zumbido del ventilador de techo, las ambulancias que se escuchan en la madrugada, cuando el que no duerme, escribe).
En los meses que pasaron nunca recibí una respuesta. Un día dejé de escribir.

Algunas semanas después recibí la primera carta de Lupe dirigida a mí. Bueno, salvo por el destinatario del sobre, en el interior no había ninguna otra referencia a mi persona. Comenzaba narrando una mañana de domingo vista parcialmente desde la ventana de su cuarto que daba a la calle. Describía el deliberado olvido de la persiana a medio cerrar, la tibieza de las sábanas, el crujido de algunos huesos mientras se desperezaba, el despegue de la cama, las particularidades de su higiene bucal, el desayuno, una lúdica discusión con su madre y después el minucioso detalle de la elección de la ropa que pondría en su valija. Las vacaciones habían terminado, debía volver a estudiar. Al final, en la última oración, se coló un ‘te escribiré cuando llegue’. Increíble la fuerza de un vocablo: sentí que ella me tocaba.
La segunda llegó apenas una semana después. Un poco más extensa, todavía impersonal, aunque ya con señas de la narración firme y espontánea que le conociera de las cartas a Pablo. Relataba el viaje, describía algunas callejas; el pasillo de la casa donde compartía una habitación con otra compañera; la escalera; la vista de los techos de tejas desde la ventana de su cuarto; los adornos en las paredes; la mesa de luz; el cajón de la mesa de luz; el color de las medias que se pondría al día siguiente (estuve tentado de escribir: ‘que se pondría mañana’); un verso citado de algún poeta gálico que yo desconocía; el reflejo del sol a cierta hora de la tarde que daba sobre el espejo e iluminaba el respaldar de la cama y el mismo efecto por la noche provocado por una lámpara en la calle, lo que la obligaba, lamentablemente, a bajar la totalidad de la persiana.
Esta vez, apresurado por responder, me encontré con una inusitada timidez. No había manera de encontrar el término justo para el encabezado, y nombrarla, no podía nombrarla. Comprendí las vueltas que debe haber dado antes de escribir las líneas iniciales de su primera carta. A miles de kilómetros de distancia, separados por agua y tierra, diferidos unos días, ambos nos descubríamos cohibidos. Retomé su fórmula y comencé por hacer un inventario de los libros de mi biblioteca, los datos editoriales de aquellos volúmenes sobre los cuales me sentía particularmente orgulloso de poseerlos, cité algunos fragmentos de algún poeta surrealista que destacaba la necesidad del humor en la poesía. Pero me costaba fluir, dejarme arrastrar por la escritura hasta olvidarme de estar escribiendo. Punto y aparte.
Comencé a describir mi mano izquierda: el ancho, el largo de las uñas, la forma de los dedos, la particular arruga en las articulaciones, los accidentes geográficos de la siniestra. El índice, un poco más torcido que el de su hermana derecha, debido a un accidente cuando tenía un par de años: narré con lujo de detalles el recuerdo que tenía del accidente. Al final, cerré diciéndole, ‘te escribo con la otra’. Tenía una intuición bastante precisa de cual sería el contenido de mis próximas cartas: mi pie derecho; la rodilla izquierda, una aproximación a mi rostro. Con cada mácula, la historia detrás: así, pude contarle el origen de mi cicatriz sobre una ceja; los siete puntos en el muslo de mi pierna derecha; una herida en la cabeza disimulada por el cabello.
Pedazo a pedazo, parte a parte, fuimos rearmándonos. Para cuando llegamos a las zonas más íntimas, ella era nuevamente Lupe y yo, Jorge.

Un año de morosas caricias escriturarias, un año para narrar dos vidas y enredarlas en un complejo juego de composición. Una pequeña obrita escrita en común. El huracán de sensaciones de la primera conversación telefónica. Algunas imágenes que cruzaban el mar en uno y otro sentido. Fotos amarillas, hoy.

Sorprendió mi intempestiva gestión de una licencia especial para viajar a España. ‘Una oportunidad, argumenté’. Aún recuerdo el gesto de Pablo, semejante a una sonrisa. Se acercó antes de que me fuera y me dijo en voz baja ‘decile que me morí’.
Llegué a Vilafranca del Pènedes, en medio de una algarabía catalana y de repiques de campanas, pasado el mediodía de un 29 de agosto. La mágica ‘festa major’ iniciaba, Lupe me esperaría cerca del Ayuntamiento, en lo que las enciclopedias llaman el barrio gótico, pero un mundo de gente, de chicos, de bandas, músicos y bailarines con sus atuendos típicos aún impecables que se trasladaban de un lado a otro en medio de los festejos, impidió que nos encontráramos. Entrada la noche, cuando comenzaban los espectáculos nocturnos, entre el deslumbre y mi consternación, en una callejuela serpenteante de balcones engalanados, bajo una lluvia de fuegos artificiales y en medio del estruendo y del griterío, nos reconocimos. Nos besamos largamente, sin desesperación, como si nos conociésemos de toda la vida y por alguna circunstancia nos hubiésemos visto obligados a vivir un tiempo separados y este fuese el momento del reencuentro.
A nuestro natural estado de excitación debimos agregarle el frenesí de la fiesta. Los bailes se encadenaban, corrimos de un lado a otro, nos sumamos a las bandas espontáneas que marchaban abrazados al costado de los grallers y saltamos hasta el agotamiento al compás de su música. Aún con mi torpeza trepé por encima de acalorados desconocidos que improvisaban una de esas torres humanas que al día siguiente los grupos de castellers exhibirían orgullosos a la salida de la basílica de Santa María.
Empalmamos la noche y el día nos encontró desayunando en un barcito cerca de la Casa de la Vila. Yo estaba embriagado con su cabello, sus ojos, su larga boca, su olor. El mozo preguntaba algo en su catalán natural y luego probaba con un español cerrado pero no podíamos apartar la mirada uno de otro. El café que había traído unos minutos antes se enfriaba mientras un humillo se desvanecía en filigranas. Algún vitreaux arrojaba un tono rojizo sobre el rostro que mis dedos acariciaban morosos. No necesitábamos hablar, solo estar allí uno cerca del otro.
Después caminamos por veredas angostas, nos fuimos perdiendo por callecitas curvas hasta alejarnos del centro histórico hacia los bordes de la ciudad. Los suaves caminos que enlazan las viñas acompañaron con su silencio nuestro embelesamiento, descansamos al costado de un puente, apoyados sobre mi destartalada mochila. La tarde comenzaba a declinar, pasó una camioneta cargada de gente que se dirigía al centro, a la fiesta. Nos gritaron algo que Lupe tuvo que traducirme. El polvo que levantó se estacionó en estratos como hilachas fantasmas a un metro del suelo, después el silencio volvió a reinar. Retornamos sobre nuestros pasos; la noche del 30 volvía a estallar en la ciudad y nosotros también estallaríamos pero en un cuarto de piedra y madera, sobre una cama cuyo perfume no olvidaré jamás, ni los cánticos que nos fueron adormeciendo mientras mirábamos el techo y hablábamos aquello que nos reservamos en la escritura de nuestras cartas.
Durante una semana recorrimos las callejas y admiramos los viejos edificios de la ciudad; sus familiares perfeccionaron mis rudimentos en la cata del vino y sus amigos me tradujeron al español las obscenidades de los campesinos catalanes y las de los mercaderes musulmanes prorrumpidas en la feria de los sábados. Luego viajamos a Barcelona donde nos alojamos en una pensión rústica y ocupamos otros tantos días en deambular y amarnos hasta la extenuación. Hasta que llegó el momento de mi regreso.
Amagué una promesa, que no era una mentira puesto que yo estaba convencido, pero Lupe apoyó el dedo sobre mi boca para que no continuara (sus ojos se parecían aún más a un lago).
—No esperaré —murmuró, con esa dignidad que yo le imaginara cuando respondió al mensaje que le escribí en nombre de Pablo— Ya esperé una vez a la persona equivocada. No sé si el azar, o qué, me devolvió a la persona correcta, a la persona que logré amar aún antes de verle los ojos, aún antes de poder escribir su nombre por miedo a que se desvaneciese. La vida es así, como el mar, te lleva y te trae cosas, y muchas veces solo te deja la espuma.
Me besó, la besé, y me dejó sólo, en el aeropuerto.

El problema no es si uno cumple las promesas o no, el problema es cuándo uno las cumple. Volví a España. Volví a Vilafranca, algunos años después. La ciudad era casi la misma, un poco más grande, un poco más moderna aunque lo disimulara, un poco más producida. Me dirigí a la plaza Jaume I, y tuve nuevamente esa experiencia de descubrimiento, en los dos sentidos, el literal y el metafórico; caminé por una estrecha y oscura callejuela, que se retuerce un tramo, amurallada por casas de dos o tres plantas y de indiscretos balcones. En la esquina todavía sobrevive una vinería a la que se accede por una pequeña puerta enmarcada en piedra y bajando unos pocos escalones, piedra y madera, como el hotel de nuestra primera noche juntos. En frente, el museo en el viejo Palacio Real. Algunos adolescentes caminaban a mi lado fumando hachís. Seguí mi derrotero hasta llegar al monumento a los castellers. Allí me quedé mirando a la gente que se movía por el lugar, con el enigma de sus vidas como otra vestimenta. Ella ya no estaba en la ciudad, nadie supo indicarme dónde encontrarla, o no quisieron. Pocas veces la ausencia se me hizo tan presente. De a poco los sonidos de la ciudad comenzaron a llegarme, el bullicio, las voces, las palabras de esa otra lengua. Lo escribió en alguna de las cartas y no volvió a repetirlo, sin embargo lo recordé en su voz; ‘Jordi, no me llames gallega, soy catalana’.

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1.4.08

¡¡ Perdí un premio !!

Por lo que se dice en el Blog Un Mundo Sin Jorge, me enteré tarde de que para ganar un concurso hay que presentar algo escrito, y terminado...
Lo interesante debe ser ganar sin hacer un carajo!

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21.3.08

Estados de Conciencia

a propósito de Jorges
“¿Desde cuándo aceptamos que nos digan qué día amar, qué día ser felices, qué día acordarnos de nuestros amigos? ¿Desde cuándo necesitamos un día específico del año para sentirnos hijos o padres? ¡Desde que el mercado, señores, el Dios Mercado, impuso su lógica, lógica de ritual, de religión! Amigos: ¡no dejemos que hasta nuestros sentimientos formen parte de un escaparate! Si no claudicamos, si no nos dejamos seriar…”
La voz de Marconi se colaba desde la galería y se iba perdiendo hacia el pasillo principal.
El hombre en el interior bajó las persianas de la ventana que daba al patio. Sin embargo, la luz del mediodía reverberaba creando una penumbra deliciosa, líneas luminosas escribían las paredes del cuarto e, invariablemente, terminaban en capullos, hojas iridiscentes. Cerró la puerta. A esa hora estaban todos en los comedores y se podía estar tranquilo, el teléfono no gritaría, su asistente, Marisa, debía estar con las enfermeras, en la cocina, seguro.
Se desparramó en el sillón detrás del escritorio y abrió el último cajón. “Ya no fumo tabaco”, repitió en voz baja, para regocijarse con su pequeña victoria, mientras liaba el porro. Encendió el aire acondicionado, no porque hiciese calor —era un día espléndido— sino para que no quedasen rastros del patchouli. “Patchouli”: en cuanto surgió la palabra, el aroma inconfundible, dulzón, se le hizo presente junto con el recuerdo de su madre, que no toleraba el perfume de los “jipis”. “Una manera de torturarla”, sonrió, con una breve culpa.
Leer Completo

Encima del escritorio esperaba el informe sobre la última experiencia con ayahuasca que había supervisado la semana anterior; “Alternativas Terapéuticas: nuevas viejas prácticas”. No estaba convencido del título, aún debería darle un par de vueltas. No es lo mismo un paper para la academia que una nota de divulgación para un diario. Y en el texto ¿no estaba dando demasiado crédito al tema de los estados de conciencia ampliada? Hay un hilo muy delgado entre ser considerado innovador o loco.
Se acordó de Sergio. Le pedía el alta, pero no estaba seguro de dársela. Los resultados fueron demasiado rápidos, quizá debiera seguir el tratamiento tradicional por más tiempo, hasta lograr un dictamen certero. Algo del recuerdo lo perturbó. Tal vez fue una alucinación, pero la voz de Sergio, cuando todos entraron en trance, le llegó directa, como si hubiese ingresado por el medio del pecho abriéndose camino hasta su cerebro, o en donde quiera que el pensamiento se forme, como si fuese su misma voz. No había sido la primera vez que se establecía esa comunión en el rito de la ayahuasca. Aunque estaba muy alerta a los efectos de la sugestión, esta vez hasta alcanzó a ver las imágenes del sueño como si fuera propio. Reconoció, en el dibujo que trajo al otro día, la mantis gigante que le había hablado a Sergio en su otro estado de conciencia. Algo era cierto, el paciente ya no padecía la claustrofobia que lo acompañara desde la infancia. Él mismo se encerraba para demostrárselo a todos. Igual, no estaba seguro, podría ser una mejoría pasajera. Por más que sus seguidores lo negaran, y él mismo, la experiencia, con fines terapéuticos, no dejaba de estar provocada por una mezcla de alcaloides, y poco se sabía de los efectos secundarios. Se dice que la alteración que provoca el rito abre un canal a un estado de conciencia ampliada. Sin embargo, él tenía otra teoría: lo que se abría no era un camino a una sensibilidad mayor, sino a estados diversos de conciencia; sostenía que nuestra percepción no permite más que la experiencia de uno de ellos, eso nos impide entender que muchos de los problemas se deben a que un lazo entre un estado y otro ha quedado fijo, y en uno de los extremos el devenir no fluye, gira en torno a sí mismo, como un loop. Las implicaciones de esta versión no eran menores: otra conciencia significa otra realidad; desde el punto de vista terapéutico, y hasta filosófico, el horizonte de investigación se ampliaba impredecible. Estos lazos suelen establecerse y fijarse en algún momento de nuestra vida, merced a algún hecho crítico que logra angostar las fronteras entre una y otra realidad y que, por supuesto, no recordamos. En el rito, la conciencia personal se hace múltiple y comunitaria, todos los participantes entran en sincronía; así pueden pasar entre las diferentes capas mientras el terapeuta asume el rol de guía para ayudar al paciente a desenredar el lazo, asumirlo, resolverlo. Podría confundirse, en el psicoanálisis, con el trauma, la diferencia es que para el psicoanálisis el trauma pertenece al pasado, aquí, en cambio, se trata de estados diferentes de uno mismo, que fluyen. Borroneó, a un costado del informe, un esquema gráfico de su teoría: dos líneas paralelas que en un momento se tocan y vuelven a abrirse, una sigue y la otra, en lugar de avanzar se vuelve sobre sí.
Le dio una calada profunda a la puntita del porro que quedaba y contuvo la respiración. Desde el patio ya no llegaban voces, la siesta se establecía como un manto invisible, el barniz del sopor comenzaba a relajarlo, sentía un ardor en la punta de los dedos, era una sensación confusa; no alcanzaba a ser un dolor, se acercaba más al hormigueo, como si se le estuviesen durmiendo y las uñas se le desprendiesen. Al costado del informe había un aparato análogo a uno de esos reproductores de música portátil, un poco más grande, con un cable que terminaba en un casco con electrodos. Lo tomó entre sus manos, lo dio vuelta, luego abrió la carpeta con las especificaciones técnicas y una descripción de las pruebas realizadas con los pacientes elegidos. En un sobre anexo a la carátula había un chip de memoria y un breve listado; el número uno correspondía a Daniel Marconi, el dos a Carlos Ferreti y el tres a Jorge Barrantes. “No se privaron de nada”, pensó, en especial cuando leyó el nombre del último, el caso más complicado de la clínica.“No sé cómo me atreví a autorizar las pruebas sobre él”.
Los dos primeros no presentaban muchos problemas; Marconi tenía la fantasía del político, arengaba todo el tiempo; Ferreti hasta era divertido, vivía una fiesta permanente; Barrantes… no, con Jorge la cosa era distinta, las pesadillas lo perseguían hasta en la vigilia. Vivía aterrorizado, había que estar siempre alerta con él, la vez que las enfermeras se descuidaron hubo que buscarlo por toda la clínica hasta que lo encontraron en uno de los baños, arrinconado, con una crisis, gimiendo como un perro apaleado, tenía marcas y lastimaduras en brazos y piernas, como si se las hubiese autoinfligido, y las encías le sangraban. “Generalmente, este tipo de casos agudos provoca alguna tendencia suicida; para escapar del dolor que parecía estar atormentándolo en todo momento, Barrantes podría intentar darse muerte, pero creo que no está en condiciones de montar una idea tan compleja. Igualmente, lo controlamos durante bastante tiempo hasta estar seguros.”, les había explicado a los investigadores cuando le pidieron la autorización para la prueba de campo.
En realidad no se conocía su nombre verdadero, era un indocumentado. Lo habían traído años atrás, derivado desde otra clínica. Una de las practicantes, Georgina, se había encariñado; alguna vez tuvo un primo unos años mayor que ella, nunca supo qué fue de él, desapareció de un día para el otro, así que, en honor al inquietante parecido físico, le dio el nombre y el apellido de su primo.

Dudó en colocarse el casco. Si bien una de sus funciones en la institución era evaluar las nuevas propuestas de tratamiento, algunas, como en este caso, le exigían demasiado. ¿Si fuese peligroso? ¿Si fuese otra estafa?
La teoría no era mucho más absurda que la que sostenía las experiencias con la ayahuasca, pero reconoció que haciendo siempre lo mismo no se podía pretender resultados diferentes. Llevó el casco a la cabeza. Antes de introducirlo recordó que había visto una buena película en donde utilizaban un aparato similar, la actriz era preciosa .
Presionó el casco sobre su cabeza, introdujo la memoria en la ranura y puso en funcionamiento la máquina. Acomodó el cuerpo al sillón y se inclinó hacia atrás, estirándose. No pasó nada, salvo que por un segundo la habitación se cerró en un fundido en negro. Después, todo estaba allí. Sintió deseos de levantarse. Fue hasta la puerta y la abrió.
Dio un paso hacia fuera. Un centenar de personas lo miraban desde abajo, estaba subido a alguna tarima. La gente llevaba carteles y agitaba banderas, se escuchó hablarles, gritarles que él no era uno más, no era un político más, que confiaran, que no había llegado hasta allí para mentirles. El cielo estaba encapotado y amenazaba con caerse a pedazos. Un pequeño tumulto debajo desvió su mirada y se calló, algunas personas forcejeaban entre sí “¡Hey! —gritó de pronto —¿Acaso vamos a pelearnos entre nosotros? ¿Acaso nunca nos dedicaremos a hacer lo que hay que hacer en este país? ¿Vamos a vivir permanentemente en un presente pequeño y absurdo? ¿Nunca nos animaremos? ¿Vamos a seguir hablando de activar fábricas que al otro día se cierran sin atrevernos a fabricar un auténtico futuro? ¡Señores, somos unos cobardes, unos reverendos cobardes, nuestros hijos se mueren y nuestros abuelos también, pero seguimos tras esos fantoches inútiles como si fuésemos idólatras ciegos! ¡Si! ¡Ustedes! ¡Ustedes a los que los oídos les sangran cada vez que algunos de los pocos que nos atrevemos les gritamos la verdad!”. Debajo, el tumulto se fue transformando en una batalla. “¡Idiotas! —volvió a gritar, ya enfurecido —¿A qué han venido? ¿A qué he venido? No vine a esto, vine para que nos ayudemos…” Alguien le arrojó una piedra y le dio justo entre los ojos, alcanzó a escuchar el estallido de su cráneo antes de que la lluvia se derramase sobre la plaza y el día, o él, oscureciera vertiginosamente.

Ahora está en medio de una pista de baile. Hay luces de colores y mucho humo. Busca en derredor la banda de música, se da cuenta de que el sonido llega desde unas columnas blancas distribuidas por todo el salón, las luces de los flashes lo encandilan. Ya no está quieto, alguien lo arrastra, una mujer grande, con el rostro cargado de maquillaje donde las gotas de sudor pugnan por encontrar un lugar donde aflorar como un geiser. Es su madre, que ríe, ríe borracha. Lleva puesto un sombrero ridículo con un cuchillo de goma que lo cruza como si atravesara la cabeza, los labios pintados son una herida roja, desmesurada. Serpentinas y papeles caen creando un caos de colores y luces. Su padre —quien pareciera haber olvidado el permanente enojo con su esposa— se lleva la compañera de baile. Sabe que es feliz, aún aturdido es feliz, feliz porque esa mujer vestida toda de blanco, atrapada entre la multitud de coloridos danzantes desfigurados por la agitación y los apósitos plásticos, le sonríe. Sus ojos tienen un lazo con los de él, nada podría romperlo, es como un elástico invisible que los mantiene unidos dentro del caos de la fiesta. De pronto lo circundan aquellos que sabe son sus amigos de siempre, hacen una ronda, le gritan, se le acercan, lo empujan, retroceden. Clarisa entra en el círculo y sus amigas se suman a la ronda, la música compite con el griterío. Está radiante con su traje de novia, las mejillas sonrosadas y el peinado que comienza a soltarle algunos rulos. La abraza y la besa, vuelve a besarla mientras el círculo se cierra y se abre y él hunde la mano derecha entre el cabello y palpa la tibieza casi afiebrada de la nuca de su amada. Siente que lo toman de los brazos y lo llevan al medio, lo levantan en vilo y comienzan a balancearlo. Alcanza a ver los ojos de Clarisa, que siguen unidos a los de él, mientras lo lanzan hacia el techo de reflejos, arriba, abajo, arriba, abajo, cae acolchado sobre los brazos de sus amigos, arriba, abajo, de nuevo, allí va, más alto aún, se le hace un vacío en el estómago, se acuerda de la vez que subió a la montaña rusa y vomitó, esta vez tardó más en caer “¡Más alto, más alto!”, oye que gritan todos; arriba, abajo, arriba, abajo, balanceo y el techo se cae sobre él, el techo de colores rápidos y calientes, el techo estrellado, que ahora se aleja rápidamente, y el elástico invisible se estira al límite, y se corta.

Siente que lo toman de los brazos y lo llevan al medio, lo levantan en vilo y comienzan a balancearlo, lo arrojan y cae pesadamente, con un ruido sordo, amortiguado. Le duelen las muñecas que lleva atadas con algo que le lacera la piel. Está ciego, o mejor dicho, está oscuro, y tiene la cabeza cubierta con una capucha de tela áspera, mojada. Aquello blando sobre lo que cayó es otra persona, que no se quejó: está dormida o muerta. No, muerta no, su cuerpo emana cierta tibieza. Con las manos juntas palpa el piso, la superficie es rugosa, de piedra, o de adoquines. Ahora recuerda algo, borroso, estaba cruzando la calle Entre Ríos cuando se lo llevaron. El olor de la habitación es nauseabundo, los sentidos se van poniendo en funcionamiento de a poco, de a uno por vez, el tacto, el olfato, en la boca tiene un gusto entre amargo y salobre, aunque por ahí parece dulce; le arde la lengua, se la ha mordido innumerables veces. Ensaya una palabra, para saber si es su lengua, si aún la tiene, o es meramente una sensación refleja, como cuando a uno le cortan un brazo y sin embargo sigue percibiendo un ardor en la punta de los dedos. Le sale un sonido gutural, pero es por la hinchazón, no porque le falte la lengua, de eso está seguro. Se tranquiliza. En ese lugar que está hay otros; se oyen las respiraciones esforzadas. “Es sábado o domingo”, se dice, y recuerda por qué lo dice: “El jardín de infantes. No se escuchan las risas de los chicos de la escuela de al lado, y tampoco los gritos de los otros que están en los cuartos contiguos, hoy no se trabaja. Es domingo. ¿Los chicos escucharán nuestros gritos como yo escucho los de ellos?”. Se arrastra mientras va palpando el piso y las paredes. Topa con un cuerpo frío, es uno que está muerto. ¿Quién será, el Poliya? “¡Poliya! ¡Poliya!”, susurra.
Despierta. Le cuesta respirar, la capucha de arpillera —está seguro de que es de arpillera— se le ha secado contra el rostro. Le duele todo, la boca está tan inflamada que parece que estuviera masticando una pelota de tenis. Hoy es otro día, lo sabe porque escucha los ruidos, huele el aroma del mate cocido, imagina un sol tibio que le calienta las pelotas mientras se adormece tirado en la hierba, en una plaza, en un pueblo que no reconoce. Siente que lo toman de los brazos y lo llevan. ¿Dónde? Lo arrastran, las rodillas golpean el piso; cree que por un largo pasillo.
“¡Buen día! —le saluda una voz aflautada que finge ser de mujer— ¿cómo estamos hoy? ¿Mejor? La verdad es que el pichón de abogado está haciendo quedar bien a su tío… Bueno, es un decir, porque, por lo visto, a Barrantes, lo cagaste lindo… Te salvó cuando te estábamos por dar la cana en La Plata, te sacó del país, y el pelotudo del sobrinito, ¿qué hace? Vuelve a aparecer… ¿Qué carajos hacías en Rosario, me querés decir? Tu tío es de los nuestros, ¿sabés? Es un hombre que debe cuidar su prestigio, un hombre de bien… Está aquí, ahora.”. Otra voz, impostada también, asume el rol del tío, lo saluda y le anuncia el menú del día: “Sobrino, hoy el chef nos ha preparado una interesante versión de submarino seco”. Le parece que en la habitación hay por lo menos dos personas más. Le meten una bolsa de plástico sobre la de arpillera, la respiración se le dificulta, el aire entra por debajo, por el cuello, su propia respiración comienza a condensarse, el calor le hacer arder las lastimaduras de la cara. Vuelve a escuchar las mismas preguntas: “¿Su nombre de guerra es el boga? ¿Qué relación tenía con los carpinteros con los que compartía la habitación en La Plata? ¿Por qué volvió del Uruguay? ¿Cuál era su misión en Rosario? ¿Quiénes son sus contactos allí? ¿Conoce a alguien llamado el ingeniero? ¿Su contacto en Venado Tuerto?”. Le cierran la bolsa para que no pueda respirar. La abren cuando la desesperación hace que vuelvan a sangrarle las muñecas atadas con cable. Esto lo repiten varias veces, pierde la cuenta de cuántas. Cuando ya no resiste, le sacan la camisa, lo auscultan, le toman la presión, luego le bajan los pantalones y le tiran agua fría. “Terminó por hoy”, piensa, pero no. “Vamos a ver cómo anda Jorgito para el postre”, escucha de aquel que fingió ser su tío, mientras palpa sus testículos. “A mi, los huevos, me gustan fritos, ¿y a vos?”, dice, riéndose. Lo sientan y le atan los pies a las patas de la silla, desanudan las muñecas y las vuelven a atar, esta vez a su espalda, fijas al respaldo. Hacen las preguntas de rigor y como no contesta, le meten la bolsa nuevamente en la cabeza y la cierran. Cuando ya no soporta más siente la descarga en los genitales. El cuerpo se le contrae, se retuerce, los pulmones y la cabeza le van a explotar, eso siente, si puede realmente discernirlo así. Una vez, dos, hasta que el cielo se llena de estrellas y ya no escucha gritos, ni niños jugando, ni voces impostadas, y se duerme, pero con la terrible certeza de que volverá a despertarse en el infierno.
Cuando lo hace, aún está atado. Entre todos los dolores, sobresale el del cuello, como si la cabeza, de un latigazo, hubiese estirado la columna. No escucha ruidos, debe ser de noche, ya no siente la lengua, pero alcanza a percibir la viscosidad de esa masa que se le desliza por la barbilla y alimenta el caudal del arroyo que baja por la parte externa de la garganta. Sin embargo, en la habitación, aún hay otra persona, cerca de él, puede oír su leve respiración y hasta, le parece, percibe el ardor de su mirada. Trata de enderezar la cabeza. Una voz firme y seca le dice: “Cuando cruzaste te advertí que no volvieras al país”. Reconoce, esta vez sí, con espanto, la voz de su tío.
No supo si fue el frío o el ardor de la quemadura en la punta de los dedos lo que lo despertó. La habitación estaba helada, ya debían ser como las tres de la tarde. Apagó el aire acondicionado, limpió los restos de cenizas y abrió la ventana. Sonó el interno; Marisa le preguntaba si le pasaba la llamada de un tal Aguirre, de un diario de la provincia de Santa Fe. “Pásemelo, y traiga un café doble”.
Mientras acomodaba los papeles del escritorio, con el teléfono atrapado entre oído y hombro, corroboró que en el aire no quedara ningún vestigio. Sintió un malestar en el estómago; la angustia suele expresarse físicamente.

JA 2007 (versión corregida por Verónica Spoturno)

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16.3.08

Matemos a Jorge

Quizá los Jorges se terminen, como todo el mundo, muriendo solos.
Quizá entre un Jorge y otro, el abanico de posibilidades no deje de tener un lazo, un nexo que los vincule. Tal vez el blog de referencia sea un intento de documentar la sospecha de que somos apenas nodos de una maraña (red) universal.
No sé si un Guinzburg debiera compartir un espacio con Videla, de hecho la Argentina fue un espacio en el que convivieron ¿fueron iguales? ¿fueron tan diversos? la sola nominación, el homónimo no basta, pero, como diría Borges (otro Jorge) todo es posible en la vida, hasta la existencia de Dios. 'Matemos a Jorge' es un interesante espacio en el que se plantean interrogantes que van de uno a otro Jorge. La verdad no es necesaria, solo la especulación; su búsqueda.

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9.3.08

Abelardo Castillo y sus cuestiones de estilo

Leo a Abelardo Castillo, y aún para expresar sus posiciones ante temas tan lustrados de la teoría escrituraria, no puede escaparse a la maquinaria ficcional. "Por el sendero venía avanzando un viejecillo..." ¿es una nota biográfica, o una breve fábula para poner de manifiesto una opinión? No importa mucho ¿verdad?
El texto, en Lecturas y Miradas

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Novelas / Fragmentos

Mi dificultad para escribir novelas. Acabo de descubrir que sueño novelas enteras. Me desperté sabiéndolo, con toda la conciencia de una trama completa y equilibrada. La fugacidad es atroz. Me permitió asociar las otras veces que me desperté así y el viento del día se llevó el sueño, la novela, a otra parte. Ahora, con ese ojo alerta, reviso lo que he escrito y compruebo que son fragmentos aislados de esas novelas.

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9.2.08

TRAZAS 14

Son los violines
Que no entran en escena

Son los soles solitarios
Los ojos de dios

Un solo deseo
Que hace mella
En los hombros de la maravilla

Piel, pista de las yemas
De papilas enloquecidas
Del ardor

Señuelos como cuadros decantados
Como osamentas vestidas

Recuerdos de una conferencia
Donde llover está desfigurado

Hablan los sueños
Atados a una interpretación
Morir de pie

El desencanto
Hace melodía
En tu boca precavidamente roja

El diablo no respeta
Aberturas
Imagina deslices

Yo duermo arrollado
Cruzado
Y brindado

Las llagas de la escena
Sin violines
Sin miradas

Son rápidos como la obviedad
Son lucidos
Y desencajados

Frágiles famas
Incendian las pasarelas
Tu belleza mata

Tu belleza muere
Muere en mí
Adormecido y esbelto

Flaco como una guirnalda
Atornillado al color

Los francos batientes
Del alma
Que no descansa en un tango

Llueve.

Llueve desprolijamente
Con ritmo nostálgico
La música calla

Versos entreverados
Adeudados al poeta
Somnoliento y furtivo

Endemoniado mojón
Un espacio es nada
Como el mundo

Somos apenas una nube
Que descansa
Sobre otra nube

Que se vacía.
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24.1.08

BOLETOS PASES Y ABONOS

Otra vez. Esa manía de marcar las páginas del libro que leo con pasajes; boletos; entradas a espectáculos…
Como en el caso de Ada or ardor, abrí un libro de Francisco Madariaga, “el tren casi fluvial”, y cayeron dos entradas para el cine El Cairo, fechadas el 29 de mayo de 1991…
¡Dos entradas! Si hubiese sido una solamente, creo que lo hubiese tomado a la ligera, como otra de las tantas cosas que caen cada vez que abro un libro, pero dos… ¡cuántas preguntas a mi paupérrima memoria! Lo inquietante es que fui con otra persona, y que la entrada probablemente la haya abonado yo, que no tengo por costumbre pagarle a hombres. Por el contrario, en general me gusta asistir solo, salvo que me acompañe alguna mujer, y no cualquier mujer.
Le doy vueltas, pero no recuerdo quién. Si al menos recordase la película, sería más fácil. Busco en la Web alguna referencia a la programación del cine en esa fecha, alguna reseña histórica, y me encuentro con los avatares de la lucha, durante el pasado año, para que El Cairo no cierre. Por el momento, se salvó del triste destino de la arenga religiosa o de las estanterías de un supermercado.
Por otro lado me sorprende el tiempo que hace que no releo a Madariaga. A su muerte, Floriano Martins, desde Brasil, se preguntaba cuántos brasileños conocían a este poeta argentino, yo me preguntaría cuántos argentinos lo conocían.
Tuve que transitar el litoral, en especial Corrientes, para asociar el frenesí de mis años de descubrimiento del Surrealismo, con el paisaje, y maravillarme con la perfecta fusión de la poética de Madariaga.
Tengo un recuerdo, pero no puedo precisar la fecha. Ocurre en el salón de actos de Humanidades y Artes de la Universidad Nacional de Rosario, colmado por estudiantes y adictos a la Poesía. Uno de los expositores fue Francisco, quien subió totalmente borracho y en el transcurso de su declamación, poseído, golpeó el micrófono y tumbó la jarra de agua sobre los otros lectores desbaratando el acartonamiento del evento. Después bajó y se sentó entre el público, mayoritariamente femenino. Algunas de mis compañeras de estudios, futuras atildadas e insufribles maestras de lengua que asistían porque, con seguridad, la jornada sumaba a su currículo, fueron las destinatarias de sus abiertos elogios a la belleza. De pronto, un murmullo generalizado y las que lo rodeaban comenzaron a levantarse, en medio de exclamaciones y risas histéricas, y lo fueron dejando sentado solo. Ahí estaba, Francisco Madariaga, en uno de sus últimos atentados poéticos, risueño, entre los sonoros pedos que, deliberadamente, dejó escapar. No recuerdo nada más, con lo cual, deduzco, debe haber sido lo único interesante de esos días.

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18.1.08

Soy Multitud

Me pierdo de vista en el gentío que soy.
(6/1/2008- La Cumbrecita)

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8.1.08

TRES AL HILO

Omar no había cambiado mucho desde la última vez que lo vi, hace un par de años. Me refiero a que no había cambiado físicamente. Nos sentamos bajo una sombrilla en un bar de la peatonal. Un primer intercambio de textos, algunos propios, otros de conocidos o viejos amigos. El silencio que se desliza con el paso de alguna mujer, de esas que provocan suicidios al mediodía; descubrir que no hemos cambiado, después de todo.
—La belleza— disparo —la belleza no tiene límites, en especial la belleza femenina.

Un simple dardo tirado en medio de un burbujear de cerveza helada, tan efímera como la belleza a la que uno se refirió genéricamente.
Y seguimos, hasta desbordar.
(...)

—Mirá Jorge, si se te sigue poniendo dura, eso es lo importante, quiere decir que algo todavía funciona, que tu pareja te sigue calentando.
—Pero ahora existe el viagra, lo que haría que siempre funcione ese “algo” que te calienta ¿no es un error?
—No. No, pará loco. Hablamos de que se te pone dura sin pastillitas, a lo sumo un poco de whisky como vasodilatador, nada más.
—Yo no uso…
—Tampoco yo, y eso que no soy un pendejo. Pero ¿viste cuál es el promedio de edad de los consumidores de viagra?
—No, desconozco el promedio, pero imagino que no debe ser tan alto…
—…treinta pirulos. Ese es el promedio de consumidores.
—Otro fenómeno del porno enlatado y accesible
—…
— La estética del cine porno es la que se impone: sexo atlético; horas y horas dándole rosca sin que se te baje; poses para la cámara, aunque sea la webcam. Ilusos, no tienen en cuenta que las películas se editan, que un polvo de esos extra largos se arma en varias sesiones…
— ¡Se afeitan, boludo! ¡Se depilan! los hombres no tienen más pelos. ¡Hasta los pendejos se arrancan para que la pija parezca más larga! ¡La cantidad nos avasalla en todos los sentidos!
—Agregale el desordenado deseo de exhibirse y ya tenés el cuadro completo...
—En cambio yo comencé a valorar otros aspectos del sexo. Cojer, coje cualquiera. Pero hay otras cosas que van quedando afuera y uno quiere recuperarlas porque sabe que las ha perdido. No hablo de batallas perdidas sino de caricias ganadas, de ese deseo de quedarte, aunque hayas terminado, aunque sea un polvo ocasional ¿será que uno está viejo?
—No sé, pero es un problema. Me siguen gustando las mujeres que me gustaban a los veinte. Digo: me siguen gustando las mujeres de la edad que me gustaban a los veinte. Pero es jodido, por esto de la estética del porno, como hablábamos…
—Bueno, no pasa solo con las pendejas. A veces me encuentro con alguna, de más de cuarenta, que quiere otro, y otro, y “esperá, aguantá un poco más, no acabés todavía”, y vos que venís enardecido dale que te dale desde hace veinte minutos. No, pará, loca, no estoy para eso. Es fácil, poné unos mangos, y llevate a la cama un pendejo maratonista. Yo estoy para otra cosa…
—Cantidad…
—Sabes, Jorge, últimamente mi relación con las mujeres, es diferente. Cambié. Luego de que se rompiera con A., y mi vida, toda mi vida, comenzara a transcurrir en la calle, incluso la relación con mis hijos, porque no tengo un lugar propio ¿sabés lo que significa no tener un lugar tuyo y que tu vida pase por los bares, las librerías o los cines? Ahora, simplemente me dejo querer. La relación dura mientras alguien me quiere, y yo me dejo querer. Y si se termina, se terminó y listo, me voy, hasta que alguna otra mujer me quiera, y yo tenga ganas de dejarme querer, sin apuros, sin alardes, sin records…

El mediodía se desplomaba sobre las baldosas y el aire caliente comenzaba a recordarnos qué tan cerca estábamos del infierno. Una de las últimas muchachas, quizá empleada de una de las tantas tiendas del centro, corría hacia el último colectivo dejando a su paso una fragancia de jazmines. Era hora de meternos en algún rincón con aire acondicionado si queríamos seguir hablando, mientras esperábamos el 2008.

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26.12.07

Y YO


Y yo, que florecía en la pendiente de tu espalda mientras la sangre del mordico escribía una ráfaga del deseo calcinado, olía tus ojos que doblaban el espejo y la nada era una ilusión. Contraste áspero de tu gesto entre dolor y placer. El amor se repite en su originalidad. El horror se hastía, se sacia en esa mordedura que arranca flemas aún calientes. Te diste vuelta con la furia de una gata y nos doblegamos hasta que ya no fuimos más que una envoltura de piel conteniendo un volcán. Después, mientras lamía tus pezones ardidos por el solo placer de la gula y nos hundíamos en el sopor, la ventana dejó que entrara la brisa, y con ella nos fuimos a recorrer otros cuerpos.

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19.12.07

TRANSICIÓN

Qué habré dejado caer cuando me sumergí en el día. qué parte de la noche se aplastó contra las hilachas de la madrugada. qué mordedura habré conjurado en la entrevela, en el soplo de la brisa que traicionó el encanto. qué barreras se habrán alzado y qué guardias quedaron colgadas o enganchadas como una molestia en el cepillo de dientes. qué sobredosis de restos diurnos se lavó con la ducha que me trajo desde el otro mundo.

La calle dormía otro sueño, y otro despertar la hollaba, las baldosas escupían su sopor de tormenta mientras un afiche me golpeaba el esternón con un recuerdo intangible. un nombre o el reverso malicioso de un nombre que atropellaba la razón. me dejaba llevar atado por un fino hilo que se quebraría cuando subiese al ascensor y el aroma del café oficinista me abofeteara.

Los papeles rancios, la alfombra rancia, el aire cuajado del encierro. abro la ventana, los pájaros son astillas de un barco fantasma que se hunde con el sol del levante. las sombras dibujan algunos edificios, el sillón espera la ejecución diaria. culpable. culpable de haber abandonado todo. todo aquello que amortajaba el sueño.

Soy tantos que me imagino como una nebulosa.

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16.12.07

OTRO DOMINGO

En un puño aquello que desparramo sobre la mesa. Los pedazos de una vida, pedazos para sumar o restar. Otro domingo, como tantos, con la tentación de ser ese poeta de los días muertos, los días del oprobio. Restos, restos vivos que laten sobre la mesa cada breve e insignificante historia ¿borrarlos? ¿quemarlos en el olvido?, esa excusa perfecta para delimitar un presente permanente. No me parece.
En el puño, una flor se abre como un calidoscopio, y se mueve, y hace al mundo que me rodea, modifica el pasado como en una tirada de dados, le da sentido al futuro. Si hay algo de lo que vale la pena olvidarse, algunas veces, es del presente.

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29.11.07

Budgie: se permite el oxímoron Mítica y Anónima

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25.11.07

DETRAS DEL MOSTRADOR

No puedes envolverte en el tejido ambiguo de las palabras sin supurar sentidos concretos y demorarte compungida en versos de almacén. Mirarás por la ventana torpe de la cocina y el humo de la esquina la mesa que arde en la esquina rosada del café donde el tabaco aúlla de dolor ante la brasa devoradora como el mirar de un ciego. Buscarás oculta en tu gratitud y tu olor a frito, en ese rito de estar detrás de las mesas como un ocaso, el sol intuido pero borrado. El humo elevará una historia y la llevará a morir contra el cielorraso del bar, contra el techo tan igual a la última vez, la última vez que disfrazada de lo que eres enjuagaste tu sexo pletórico de jugos en la cara del hombre que piensa, no no piensa, tal vez recuerde, tal ver muerda la cuerda silenciosa de la pérdida, de la ausencia y quisieras correr y sentarte frente a él que fuma, que quema su tiempo y gritarle que allí estás con tu olor a pescado frito, dispuesta a la ceremonia eterna de olvidarlo cuando dé la vuelta, cuando la ceniza haya exterminado hasta la idea de la existencia, cuando el humo y el perfume rancio de tu cuerpo y el agua de la acción o la fragancia francesa de él que sueña que muere cada cinco minutos que desbroza no la margarita sino la vida que se le va en la imagen de la sangre, de la sangre que dibuja los mismos dibujos del humo pero en la tersa piel de la locura y se pierde en las canaletas oscuras cuya interfase son los inodoros de los hoteles baratos, cercanos a las fondas, a los bares donde el solitario se siente más solo y asume el castigo e intensifica un desvarío, una desidia. La sangre y el humo copian tu mirada, y el hombre copia el destino curvilíneo y azaroso de reloj de arena de la vida en un papel. El hombre imita la sangre y el humo con su estilográfica. La tevé despierta una canción y vos desde el rincón más rincón que el de la esquina en el extremo del bar pensás que tendrías que haber sido cantante pero ya nadie canta en los bares sin karaoke, que tendrías que haber sido cantante y compositora, para tejer con la sangre de la estilográfica que humea ahora rastros en manos de ese hombre, para enhebrar el olvido en un blues, el blues del escritor solitario, del escritor fracasado, del escritor que fumando espera en la esquina rosada como una figura de cera que te meterías en la boca hasta que en la garganta se ablande, hasta que chorree, hasta que la cera tenga el sabor del semen y tape todos tus otros olores, los olores de la vida, de tu vida detrás de un mostrador, o un poco más lejos, en la cocina, mirando al hombre para el que te disfrazaste de lo que sos, a través de un hueco rectangular, como un gran televisor, un espantoso televisor.

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Ay en Uruguay

"Tras la decisión de ayer de cerrar el puente artigas, que une Colón con Paysandú, el gobierno uruguayo repitió la medida este mediodía en el paso que une Concordia con Salto Grande, el único de los tres accesos terrestres que permanecía abierto. Así, frustró la iniciativa de los asambleístas de Gualeguaychú, que intentaban cruzar al vecino país para pasar el día en el balneario Las Cañas de Fray Bentos, cercano a Botnia."
Me pregunto: la farándula, tan plegada a causas populares, adhesión sospechosamente demagógica, esta cruzada ¿no la juegan?. En lugar de veranear y exhibirse en Punta, este año, ¿no cambiarán la sal del mar y la pasarela de arena por el aroma pegajoso del río Uruguay? De políticos y grandes empresarios, ni hablar... ¿o sí?

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21.11.07

Cuento con fantasmas

Envueltos
en sábanas
los fantasmas se abrigaban
del mundo
y por la mirilla
nos espiaban.

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12.11.07

Un domingo con noticias secretas

Yo miraba hacia el cielo, y la vida caía de un modo extraño. No sé cuántas veces me repetí que la vida te da sorpresas, y no es mentira. Yo miraba el cielo, que a veces se engrisa y otras ilumina; un barrilete se descolgó de su límite y el viento se lo llevó lejos, un hilo invisible rompía la rigidez de la tensión: habrá lágrimas en algún lugar, me dije, y alegrías. El domingo se desplomaba sobre mi transitoria soledad, seguí camino…, sin dejar de sonreír.

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7.11.07

TRAZAS 13

Qué difícil amague
en la ropa de otro
al que nada le atañe

Casi meditabundo
de graffitis ahorrados
la pared blanca tienta como la hoja

Pero por los poros
de noche urbana
anda y desanda hastíos

Con puñales en los ojos
abro la espesura del río verde

El sillón se desploma
bajo la turbia mirada
los vahos desalientan

Como perros
muerden el aire diáfano
los colibríes

Nadie cuenta nada
nadie amaga
derrumbar todo, de una buena vez

Las bicicletas
suman una estampa
al dibujo caprichoso del camino

La boca como catarata
te espera en la sombra del monte
mi boca

Pero cada poro
escalda un ahorro de pasión

No pasaré por ese ojo de aguja
no pasaré sin antes demorarme
en los deslices de tu falda

La grieta en el cielo
es un rastro, una huella
los días mueren de a pedazos.

No intentaré atraerte
a este cadalso de palabras
ellas solas escapan.

Navegar por el río inflamado
con los ojos cerrados
y los brazos abiertos

La tempestad me deja en la orilla
los sueños abren un juego diabólico
ya no estás.

No hay tango que silbar
ni milonga que bailar
el silencio es como la siesta

No hay tango que silbar
no hay eco donde volcarse
de un manotazo borramos la estirpe

Menos mal que los desahogos
terminan con la mañana
con la lentitud de la mañana

Por repetir una imagen
el espejo se quebró
mil realidades fragmentadas

Es cierto que los perros
no se parecen a los colibríes
menos cuando muerden

A orillas de la ruta
los párpados descansan
el disturbio del mundo tal cual es.

Es cierto que no se repiten
los abrazos los besos los amores
Quizá sea cierto.

La pelusa del damasco
se lleva en el tacto
toda la vida

La esfinge
ya no pregunta.

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31.10.07

UN DERROTERO POSIBLE

(estoy revisitando viejos textos) (25/09/05)

Ya estoy lejos de aquél que ensayara poses extravagantes para llamar la atención de los demás. (Acabo de pisar una hormiga que se paseaba por el living).
Como Marco S. Fogg, en El Palacio de la Luna, no solo dejé de citar oscuros poetas del siglo XVI, o de mechar mis escritos con citas en latín, decanté paulatinamente toda mi erudición universitaria y alternativa hasta quedarme solo con la arena.

He abandonado mi aspecto estrafalario, los años me ayudaron un poco; por más que quisiese cambiar el color de mi pelo no podría hacerlo. Hoy mi aspecto no arrojaría sospechas; ni gris ni extrovertido delirante, apenas un ciudadano más, con un nivel socioeconómico relativo (relativo a qué) que se desplaza por la ciudad como cualquier otro ciudadano (el gato se cayó a la planta baja cuando abrí el postigo de la ventana del alféizar en el que tomaba sol. Rebotó en la cornisa y cayó golpeando la nariz ruidosamente contra el suelo. Sangra, está como atontado, y me apena su repentina fragilidad felina. No me mira; creo que está avergonzado).

Dejé pasar un tiempo prudencial que me permitiera desaprender aquello que me ensoberbecía. Desaprender en profundidad, hasta sentirme sin derecho a opinar. Sin derecho a la expresión.

Ahora construyo casas. Me gusta construir casas. Y las casas que construyo tienen un aire minimalista, aunque alguna irrupción clásica desacredita ese estilo. Las casas que me gusta construir son de líneas y volúmenes simples, abiertas a la luz. Por ejemplo, en estos días estoy terminando una que habito: los espacios dedicados al living, al comedor diario y a la cocina son espacios amplios, francos y comunicados entre sí, no hay puertas que los separen, apenas un pasillo con un gran ventanal al jardín de invierno (de este patio interno las paredes aún están sin pintar, y no me decido por las plantas ni por la iluminación, aunque creo que el color será un naranja casi amarillo, muy luminoso) y una especie de isla separa la cocina del comedor (recién pisé una hormiga que se señoreaba por el piso del living). Sin embargo he cerrado un cuarto para la biblioteca y el escritorio, donde me hallo en estos momentos. Allí sí quiero sentirme aislado, en otro mundo, con una ventana, esta, a otros mundos.

Algo que no pude desaprender es la vanagloria cuantitativa: la biblioteca debe de tener más de 1000 libros y revistas especializadas. Muchos de esos volúmenes tienen más un valor personal que intelectual. Están aquellos de mis épocas malas, que obtenía en librerías de viejo, comprando o robándolos; una buena cantidad de libros editados por amigos de otros tiempos; los que pude comprar cuando pude, y elegí, y los que compro por curiosidad siempre y cuando no tengan un costo dispendioso. Por ejemplo, los saldos de los supermercados me han permitido, en diferido, leer por módicas sumas a todos los premios anuales de grandes editoriales, o de fundaciones prestigiosas. Salvo algún que otro caso donde la ansiedad pudo más que mi precaución y me dejé llevar por las promociones de los suplementos culturales, meras extensiones de los departamentos de marketing de las editoriales, nunca arriesgué un peso de más en títulos y autores fantasmagóricos. En definitiva, de esta práctica no me arrepiento; la gran mayoría no valía el precio de tapa al momento de su lanzamiento, en especial en cuanto a narrativa argentina se refiere.

Como decía, abandoné las lecturas de Barthes y Foucault; me borré de los círculos de autogestión de estatus intelectual, dejé que el río corriera y arrastré mis libros de mudanza en mudanza para dedicarme a construir casas.
En realidad (la hormiga no estaba definitivamente muerta y con una pata se arrastra, mi gato no debe estar tan mal porque logró interesarse en ella, aunque ahora abandona el objeto de su intriga y, de un saltito, se acomoda en el Berger blanco ubicado en el rincón de la habitación, cerca de donde estoy. La luz mortecina de la tarde lo baña de un celeste tornasolado) más que construir casas creo que soy un habitante de casas, un hombre que acomoda su vida a los espacios y a las luces de la casa hasta que le duele algún músculo, alguna articulación y decide que esa casa ya no es para él. Entre construir y habitar, la casa se modifica y el hombre también. Hay como una articulación entre el carácter, el humor y la habitabilidad que se modifica según pasa el tiempo, según cambia el contexto. Por ejemplo, he habitado casas en las que yo no tenía un gato sino un perro. Un perro que me esperaba por las noches para saltarme encima y ensuciarme la ropa de la oficina. Un perro hembra, grande, incapaz de morder a nadie, pero que lograba disimular muy bien su mansedumbre. Un perro que alguien quiso mucho y luego debió, con todo el dolor que implicó para ambos, entregarme, por motivos de mudanza. También habité una casa en la que no había ni perro ni gato, pero había cuartos para niños, y los pasillos estaban impregnados del bullicio de la siesta. Gritos, chillidos, carcajadas, riñas. Por las noches los habitantes de las risas se sentaban al costado de mi cama y, de a uno, me contaban historias que inventaban o que leían en los libros de la biblioteca del colegio, hasta que me adormecía arrullado por el coro de esas voces delgadas y cristalinas. Por las mañanas no había nadie, y mi esposa dejaba una taza para que desayune, sobre la mesa aún quedaban los restos apurados de otros desayunos, grumos de cereal diseminados sobre el mantel manchado, una regla que alguien olvidó de guardar en su mochila. La casa me acogía en soledad, entonces me sentaba el sillón que ahora ocupa el gato con mi taza de café, a pensar en ese escritor que fui.
He habitado camas del mismo modo que habito o construyo casas. Y esas camas las he habitado con mujeres que me esperaban al anochecer cuando llegaba de la oficina para saltarme encima y ensuciarme la ropa.
Hace unos años construí una gran vivienda junto a dos mujeres que eran mis amantes. En esa oportunidad tampoco teníamos un gato o un perro, pero un amigo en común había rescatado un papagayo en el noreste, en un operativo conjunto entre gendarmería y fauna sobre la ruta 11, con lo cual el pobre bicho, que era un pichón al que se le asomaban una plumas de espléndidos tonos azules amarillos y rojos, no podía ser devuelto al monte, por lo que nos lo obsequió. Criamos al pájaro como si fuera nuestro hijo imposible, un hijo de los tres. Y el animal nos retribuyó con creces nuestra dedicación. Por las tardes agitaba con la pata su lata de comida contra la jaula (abierta) reclamando un poco de coca cola. Era un maldito vicio ese, al que lo malacostumbraron sus abuelos. Insistíamos en que no había que crearles a los chicos necesidades que no tenían. Por eso nos oponíamos con furia a la obsequiosidad de los viejos que llenaban sus bolsillos de golosinas antes de venir a visitarnos. Pero es como que los abuelos tienen todo permitido.
Nos hacía gracia porque cada vez que sonaba el teléfono él comenzaba a gritar ‘¡hola! ¡hola! hable por favor! ¡Quién es carajo!’ en lo que nos parecía un eco sarcástico de nuestras propias voces.
El trajín de esos días evitaba que pudiésemos estar durante el día en la casa, con lo que el papagayo sufría horrores. Contratamos a otra mujer para que se hiciera cargo de los quehaceres domésticos y lo alimentara mientras nosotros nos ocupábamos de otros asuntos menos importantes. Mujer con la que después me fui a habitar otra casa, pero que mientras estuvimos todos juntos alimentó al animalito como si fuera un perro; ‘yo siempre crié perros’, nos dijo luego. Con la dieta exclusivamente de carne, el pájaro perdió todas sus plumas y se quedó calvo. Las madres dijeron que eso hacía más sexy al querido papagayo, algo que no me atreví a contradecir. La relación terminó porque nadie soporta la infidelidad. La rara avis vive con ellas desde hace unos cuantos años y yo me conformo con llamar por teléfono cada tanto. En una de las cajas de la mudanza quedaron sus últimas plumas, las utilizo como marcadores de páginas.

Pero ahora estoy en una etapa en la que me he liberado de todos los lastres. Estoy liviano y ágil (el gato se revuelve incómodo en el sillón). De mi vieja actividad de escritor me quedó un reflejo que se traduce en esos textos convulsivos, a veces rabiosos, donde la poesía se tensa con la prosa sin resolverse, y esos poemas que me asaltan a las 23: 42 hs, invariablemente.
Entre tanto, ocupo y construyo, casi con un dejo de timidez ya que como bien dije al principio me siento ‘sin derecho a la expresión’, esta casa, este espacio que ustedes leen, quizá.

Por supuesto, viajo por los blogs y reconozco a algunos personajes de antaño, y veo un espectro nuevo de poses, un pandemónium de extravagancias, pedestales de soberbia que comienzan a edificarse en torno a nuevas religiones y sectas infranqueables. Tanto que me dan ganas de comenzar a citar en latín.
(finalmente el gato vomitó sobre mi querido sillón, señal de que está peor de lo que imaginaba después del golpe. Una araña cruza impertérrita desde la biblioteca hacia el living).
‘Semper tenus’

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25.10.07

SOY EL ASESINO

En esta mortal melancolía bizarra que arrea el colérico sueño del verano, ya el cuchillo hendió el muérdago de felpa y como diarrea la esperma roja dejó su rastro en la rala espesura. No hay más que rastro y la duda que ahonda cualquier herida, hasta la de la purga inverosímil de unicidad. Todos podrán escarchar el lago de la opinión, la noche está perdida y las estrellas se desfiguran. Ulular, merodear la espuma de luces, la cana que rompe la magia. Sangre sangre sangre y ritmo en la traza. No indagues más el asesino soy yo que he visto subir y bajar con mortal desparpajo la hoja la sierra la dura cuchilla de la orfandad. Restregaba y arrancaba moles y lombrices espaciales eufemismos y admirativos adverbios. No insultes a mamá que duerme la nana entre algodones de clorofila. Licor de mentas que rezonga en la garganta cortada en dos. No quiero que me nombre ante la gente, no quiero que brille el pulido objeto, no quiero que nadie cree un espacio publicitario mientras las banderolas de la acusación amordazan la libre interpretación.
Qué llagada. Que vasta ambigüedad la niña y el niño, que ocultos en el desdoblamiento encontraron mi furor tanino, mi fuente de agrio desafío.
No me mires a los ojos si quieres la verdad.
La muerte que en el callejón embellece la historia. La transida calumnia que deshueva el monstruo de múltiples cabezas. El ojo que ensarta la aguja de la poesía y la proeza. La canción que arma el argumento. El despojo que ronda la ilusión del héroe.
Qué soberano desperdicio. Ni pegando papel con papel desbroza el uno a uno el principio y el fin. Porque magia del tiempo, allí estaba, allí no estaba. Y ahora recojo la visión desde la calleja solitaria. Tumulto, hormigas en melaza, tan distantes, tan devueltas a sus hoyos, tan desdentadas de motivos.
Runrún, conversación, sonrisas y estupor.Ahí, caminando en lo obscuro, con fino deslizarse, y delicado aroma de solitario sonriente, allí entre sombras que juegan a ensombrecerse, entre figuras que se devoran en otras, quizá devuelto a su plutónica licantropía, con un camino largo y brillante, pero curioso, el duende, la carga de los celos orgásmicos, el detalle de un deseo, el micro organismo de una pasión, hecha carne y a tu nombre. Sin la costilla iniciática, sin el paraíso brindado, sin sentido ni horror, afilando su segundo estupor, niña, niño o animal. Ciego y vidente a la vez. Sordo por sobre todas las cosas, duerme el durmiente, el eterno dios, que de un parpadeo nos acaba.

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22.10.07

Despiértenme!

...cuando el bajón haya pasado...

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Belleza

Sorprendido en un giro callejero, alguien me reprochó la alevosía.
-No hay modo de estar seguro si la belleza es completa hasta que uno se da vuelta -contesté.

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7.10.07

Mickey Recargado


25.9.07

ESTA RUTINA

No tengo más
que una boca que rememora
que se ahoga en la baba del recuerdo
que boquea lasa en la nada
porque otra boca se ha llevado
esta saliva
esta sal que da vueltas
y espumea en el vacío.

No tengo más
que la ansiedad
que agrieta las puertas
demuele los ascensores
quiebra el olvido

No tengo más
que el acento sobre la á
y apenas
una entrepierna herida
de soledad
de zeppeliniana soledad
maldita
como la cocina de la locura
como un blues perdido
en el desierto de la esquina
untado de orines y escupitajos
de almendras que nadie
recolectará

No tengo más
que la rutina de sentirte
perdida eternamente en la piel
lo que no es poco.

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24.9.07

Cumbia Metalera

Antes, la Cumbia era objeto de parodia, ahorita ...

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22.9.07

Orlando Van Bredam

Van Bredam, un entrerriano de perfil muy bajo y excelente prosa, recibió el Premio Emecé 2007. En su Formosa de adopción, virtud también de un jurado compuesto por Andrés Rivera; Abelardo Castillo y Vlady Kociancich, Orlando recibe un reconocimiento que vas más allá, al menos así lo percibo en mi alegría, de esta novela en particular.
Copio, en Lecturas y Miradas, el primer texto que leí de él, quizá el mejor que haya leído sobre uno de los mitos regionales del litoral, que me llevó a conocer algo más de su obra: COSTUMBRES DEL POMBERO

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10.9.07

VISTE CÓMO SON LOS SUEÑOS


Yo te soñé. O vos me soñaste. Quién sabe quién sueña a quién. Es raro, no suelo recordar los sueños, pero anoche estabas allí a esa hora extraña de la madrugada cuando uno se despierta ahogado y se vuelve a dormir. No recuerdo si antes soñé ya con vos. Nos bajábamos de un auto que manejaba un amigo. Lucías rutilante, insolente. Dicen que en los sueños no hay aromas, sin embargo me inundaba el perfume que se difundía desde la piel de tu cuello, yo podía olerte, cerca. Entramos en una construcción extraña, no sé qué hacíamos allí, nuestro amigo caminaba delante de nosotros por un largo pasillo oscuro, que se iluminaba cuando cruzábamos por ventanales que daban a la calle, eso nos permitía mirarnos. Supe enseguida que te habías abandonado al peso dulce de la prohibición y tus dedos, disimuladamente, rozaban los míos cada vez que podías. El pasillo doblaba hacia la izquierda. En algún momento pasé mi mano por tu espalda y vos apoyaste por un segundo la cabeza sobre mi hombro, el cabello acarició mis mejillas como una mariposa nocturna y dejó el polvo de sus alas. Nos fuimos retrasando y en un recodo, en el apuro, mordí tu lengua o tu labio, diste un respingo y trataste de contener la risa, que terminó en una inevitable carcajada que se fue perdiendo con el eco de los pasos. Llegamos a un cuarto que se abría por debajo del nivel del piso. En las paredes colgaban figuras o pinturas de personas que nos miraban. Nos quedamos solos. Viste cómo son los sueños, muy diferentes de la realidad, todo es accesorio pero de una perfección implacable. En el medio de la habitación había una mesa cuadrada y baja, vos te sentaste en uno de los sillones. Llevabas puesto un vestido de una tela liviana, muy suelta. Me paré detrás y acaricié tus hombros para que te relajaras, inclinaste la cabeza hacia atrás y dejaste que despejara tu frente. Así, en esa posición extraña, pude besar tu rostro invertido, muy suavemente, como acariciándote con mi boca, como si ella fuese la mano que se deslizaba hacia delante, por debajo de tu vestido negro. En algún momento estuve sentado a tu lado mirando unas revistas que había sobre la mesa ratona. Buscábamos en las hojas crujientes lo que habíamos venido a buscar, hasta que volvimos a escuchar los pasos de nuestro amigo. Nos preguntó cuándo nos habíamos adelantado y nos quedamos mirándolo risueños, disimulando el temor de que nos haya sorprendido. Agregó que nos apuráramos, que no llegaríamos con lo que nos habíamos propuesto y que ya era tarde. Abrí una puerta que estaba al costado de la biblioteca —en los sueños siempre hay una puerta— y antes de salir escuché tu voz que repetía las palabras escritas en un libro pequeño. Luego tomé un taxi. El chofer me hablaba de fútbol pero yo no quería escucharlo, su voz no me dejaba evocar nuestras manos en el pasillo, el beso rápido en el recodo. Yo quería volver a reconstruir todo el camino que hicimos juntos desde que nos bajamos del auto, tenía la sensación de que si no lo hacía no volvería a verte. El hombre insistía con su equipo local, perjudicado por árbitros dudosos, y yo podía verle los ojos en el espejo retrovisor. A los costados las luces pasaban veloces, la radio emitía más descargas que música. Mi recuerdo volvía a iniciarse como si fuese una película que a medida que la repetía las imágenes se gastaban, perdían definición y color. Por fin llegué a una estación de trenes. Viste cómo son los sueños. La estación estaba muy iluminada, limpia, y el tren estaba a punto de partir. Me senté en uno de los asientos y el chofer del taxi, que me había seguido por la plataforma, se asomó en la ventana para ofrecerme el boleto. Le pagué con unas monedas de colección que había tomado de la biblioteca, un rato antes. La máquina comenzó a moverse y a arrastrar los vagones, primero lentamente. Cuando cobró velocidad miré por la ventanilla, la ciudad había quedado atrás, el campo estaba cubierto por la luminosidad de una gigantesca luna, inmaculada. Intuí algunos animales que dormían acurrucados. El coche se hamacaba y de a poco me fui durmiendo y, quizá, entrando en otro sueño, no lo sé. Uno nunca sabe cuándo está soñando y cuándo está despierto. El día me sorprendió con el frío. Recuperé mi posición de sentado. Por la ventana comencé a distinguir las primeras casuchas de un barrio humilde, a lo lejos, entre la bruma y el humo, se veían las sombras de los edificios. El tren fue disminuyendo la marcha hasta que entró en otra estación. No alcancé a distinguir el nombre en el cartel. Finalmente se detuvo. Nadie bajó, salvo yo. El aire era fresco y corría un viento suave del este. En el andén, debajo de la galería, sentada en un banco, estabas con tu vestido de fiesta negro, los brazos cruzados sobre el pecho tratando de protegerte del frío, esperándome. Me paré delante tuyo y levantaste la cabeza, sonreíste. Viste cómo son los sueños; uno entra y sale y las cosas cambian o son las mismas. Uno quisiera que la vida fuese como un sueño y al final del día dudamos si no lo es. Acaricié tu rostro con la punta de mis dedos, hasta llegar a tu boca, me mirabas, te miraba, y recordé que en el tren había soñado que me despertaba en mi cuarto de siempre; que la ventana de la habitación estaba abierta; que el viento de la mañana agitaba apenas la cortina blanca como un fantasma tímido pero señorial, un sereno vigilante de las riberas sinuosas entre uno y otro plano; que me levantaba y me miraba en el espejo, quitaba de la cara un polvillo extraño y luego me bañaba; que preparaba el café y después salía a la calle, rumbo al trabajo, con el perfume tuyo impregnado en mis manos, un resabio frutal en la boca y un boleto arrugado en el bolsillo, aún sin uso.

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4.9.07

HOY TEMPRANO

Hoy temprano
cuando salía como todos los días
hacia el trabajo
unos policías trepaban por el frente
de la casa del vecino.

Hay un hombre muerto en la terraza.
En la casa no hay nadie
pero los del edificio vieron
al muerto.

Dijo la señora de la lavandería.

Desde la vereda solo pude ver
tres agentes de la ley
con unos guantes especiales.
Se hacía tarde, comencé a caminar

En la esquina, unas estudiantes
bellas como uvas maduras
soltaban cascadas de risas
la mañana cálida invitaba
a la ilusión
la camisa rozaba apenas mis tetillas
que, estimuladas, gritaban que el invierno fracasó.
Pronto llegué al edificio donde trabajo.
El guardia me saludó erróneamente.
Abrí la puerta de la oficina
y me acerqué a la ventana
sobre el oeste se desperezaban las sierras
la ciudad no alcanzaba a proyectar su sombra

Me senté frente al escritorio
Como todos los días.

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26.8.07

Abelardo Castillo

Un declarado homenaje a Cortázar, de este no menos excelente narrador argentino
"De él, de Griffiths, he sabido que todavía en 1969 tocaba la trompeta por cantinas cada vez más mugrientas de Barracas o el Dock, acompañado ahora (naturalmente) por algún pianista polaco, húngaro o checo —uno de esos pianistas bien convencionales, a los que no cuesta mucho imaginarios cuando el último cliente se ha marchado y los mozos apilan las sillas sobre las mesas, tocando abstraídos, solos y como fuera del mundo, notas de una mazurca, un aire de Brahms o una frase del Moldava: con una botella de vino sobre el piano y una multitud de porquerías imperdonables sobre la conciencia—, algún viejo pianista tan fracasado y canalla como él, como Israfel Sebastian Griffiths, y acaso tan capaz de un minuto de grandeza. "

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12.8.07

Batatas con Champiñones Negros

(Receta para dos personas, viernes o sábado por la noche)

Cortar en juliana una cebolla; un pimiento mediano; una zanahoria y poner a saltear con un poco de aceite de oliva (sin exceso). Cuidar que no se queme. En lo posible tapar para evitar que el agua de los alimentos se evapore rápidamente.

Cortar en rodajas una calabaza verde del tipo zuquini, cortar las rodajas en dos o en tres, según el diámetro de las mismas.

A la primera preparación agregue un chorro de vinagre o acceto balsámico apenas note que la cocción esté requiriendo líquido.

Por otro lado, cortar dos batatas, o camotes —como se les suele llamar en algunas regiones— en rodajas gruesas o a lo largo (depende del lugar en que las vaya a grillar) y poner al fuego sin ningún tipo de condimentos o agregado de aceite.

Cortar al medio unos siete u ocho champiñones grandes y frescos, cuidando de que no se desarmen (según el tamaño, pueden prepararse enteros). Saltear con muy poco aceite de oliva (vuelta y vuelta), agregar un chorro de vino tinto (merlot es lo aconsejable), unas agujas de romero, bouquet de pimientas y sal. Dejar que se terminen de cocinar en ese jugo hasta que prácticamente desaparezca. Los hongos deben quedar armaditos y color borravino oscuro, esto les dará el aspecto de negros.

A la primera preparación le agregamos los zuquinis cortados, condimentamos con pimienta y las hierbas que más nos gusten. Agregamos ahora la sal, que liberará mayor cantidad de líquido. En lo posible tapar el sartén o la olla para que se terminen de cocinar en sus jugos. Sobre el final agregar un poco de salsa de soya.

Presentación:
Con las batatas recién quitadas del fuego (es importante porque tendrán una corteza crocante y un interior muy tierno, como un bombón, debido al tipo de cocción) armamos un colchón o una base en el plato. Encima agregamos las verduras salteadas y su jugo y por sobre ellas los hongos.

Servimos con rodajas de pan negro para acompañar.

Vino: el mismo tinto con el que preparamos los champiñones. Mi recomendación: un merlot patagónico (antes era apenas un merlot…) de la bodega de Humberto Canale, de gama media para arriba.

Y por supuesto, el acompañamiento no termina aquí, está supeditado al otro comensal, al que hay que elegir muy bien.

Cualquier variación o sugerencia, dejar en los comentarios.

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28.7.07

AHORA

I

Ahora que nadie escribe aunque todos lo hagan
Ahora que el furor y la oportunidad han pasado
Ahora que la cosmética es un arte popular y que la tecnología accede a la perfección estética como un pincel sin pintor
Ahora que, en el mejor de los casos, nos asalta alguna revisión dictada por cuestionables convenciones temporales y por una necesidad ventral de los mass media de hacer del pasado una novedad
Ahora que, quizá, ni lo cursi sea cuestionable, aunque un exceso de sensibilidad siga multiplicando sospechas
Ahora que todo está absolutamente permitido y que el desborde es un apósito, no ya una vanguardia
Ahora que nadie escribe sobre aquello que se creía necesario minar, develar, denunciar, ahora que esa cercanía resbalosa entre la pose y el compromiso intelectual se ha disuelto en síntesis, ahora que el mérito no se lo lleva la mera actitud, ahora, ahora recién escribo, cuando ya no tengo dudas, aunque sí muchas preguntas.

II

Ahora que la música es un continuo
Y las miradas ya no son importantes para el grueso de la gente
Ahora que nos debatimos entre el fuego y el juicio de los otros, aunque ya no existan juicios posibles
Ahora que aún pesa como un virus del pasado —en aquellos que venimos de una época tan cerca y tan distante— ese algo que puede parecerse a la culpa
Ahora que nos hemos roto la nariz contra la muralla del único aquí y ahora
Ahora que tampoco nos resignamos a ese espejo plano
¿qué tiene de malo que te escriba que vos sos mi otra realidad? Aquella que me permite ir y venir por esa simpleza física de vivir lo complejo, lo arbitrario, lo absurdo, de vivir para la muerte.

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Klaus Kinski

'Yo Necesito Amor': crudas memorias de un actor que merecen ser leídas. En Lecturas y Miradas, un fragmento que inicia así:
"¡Ser crítico no es ninguna profesión! Los críticos no son más que una plaga que va extendiéndose porque se les deja actuar impunemente. Nunca se sabe dónde tiene su origen una epidemia. Lo importante es encontrar una vacuna contra ella. Siempre es lo mismo: el que no puede ser juez o miembro de un jurado y entregar a alguien al patíbulo, quiere al menos poder poner nota a una película, o a un cantante o a un bailarín o a un pintor o a un libro. Criticar, corregir, decorar, plastificar, analizar, diseccionar, embalsamar, cualificar, esterilizar... Para la mayoría, criticar significa que uno sabe más cosas y puede hacerlo mejor, pero sin tenerlo que demostrar de inmediato (...)"

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18.6.07

NO

Dentro de tu boca

No he abierto mi boca


No he dejado que tu cabello

Me estrangule

Ni he domado la brisa fresca

De tu aliento


No exploré la topología de tus dientes

Ni mordí tus hombros

Ni descendí húmedo

Por tu floresta casi tropical


No nos ahogamos de verdad

En una mirada de siesta larga


Tus minúsculos y agresivos pezones

No actuaron el poema en los renglones

de mi pecho anhelante


No he acelerado tu pulso

Como se acelera un bólido

A 240 Km por hora.


No he encontrado las palabras

Que te incendiarán

Para iluminar la noche.


No nos hemos buscado

Los rincones de sal y sol

Ni dejamos que el látigo

Se encabrite sobre el deseo.


No nos arrobamos

No nos empalagamos

No nos despertamos

No nos enfrentamos para unirnos

No nos consumimos

No nos olvidamos

de los deberes de la formalidad

No dejamos que el mundo se vaya


No todavía.


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10.6.07

Necesito personal

'Muchacha buena presencia, entre 20 y 26 años, ojos claros, agradable, mimosa, busco
para tareas domésticas en mi departamento de un dormitorio. Carga laboral: media jornada semanal. Buena remuneración. Dejar mensaje o teléfono en el box de mi valija.'

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31.5.07

Recordarse

Si se derrama una muerte pequeña y rudimentaria sobre el perfil confuso del horizonte y se incendia para apagarse la tarde que ha demolido esa rara especia de confabulación y destino, de azar y determinismo. Si se derrama en el olvido es porque está obligada a recordarse, a recordarse ilustre un día de otoño previo a la noche en la que, oscuros y anónimos, en una calle cualquiera, nos rozamos, apenas.

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28.5.07

Pretérito Ilustre

Surrealismo; dadaísmo
¡no jodan!!
También adherí,
cuando vivía en el siglo pasado.

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13.5.07

CIENCIA FICCIÓN

“Cuando las últimas y relucientes naves se elevaron, atronadoramente, hacia el abismo de ese destino virgen, lleno de cálidas promesas, la profecía bíblica se cumplió: los desposeídos heredaron la Tierra. Un planeta estéril, envenenado, ardiente y agonizante; un mendrugo”.

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Ayer, en el colectivo



Verónica comentaba un párrafo que leyó viajando en el colectivo. Hoy, después de muchos años volví a utilizar un colectivo urbano. Unas cuantas cosas han cambiado. Me senté en el asiento que da al pasillo, y, como Verónica, abrí un libro, mientras el micro comenzaba a llenarse de pasajeros que se amontonaban parados. No hubo un pasaje del libro que mereciera una reflexión digna de este blog, pero en algún momento mi lectura se vio turbada. Hacía frío, aún así, la piel tibia rozó mi oreja en uno de los tantos empujones que se producían con cada frenada. Inmediatamente me embriagó el perfume de esa piel. Casi a la altura de mi boca, una prenda demasiado corta exponía el abdomen plano, delicadamente curvo y sedoso de una muchacha de no más de veinte años. El destello de la joya en su ombligo, y el declive luminoso hacia un jeans con el botón superior deliberadamente abierto, oscureció cualquier idea racional. Pensé en Verónica, cuyo texto le hizo evocar a Kafka, a la puerilidad y a la grandeza de la literatura como una manera de demorar o poner en suspenso a la muerte, y me pregunté, y me seguí preguntando aún cuando ya me había bajado del colectivo, si el deseo, el terrible deseo, no sería, también, una manera de conjurar a la muerte.

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29.4.07

Pesadilla

La pesadilla que me persigue
desde siempre como una diaria rutina
es la belleza.
Es inmisericorde.
A veces en el sueño
otras en la calle
o en un recuerdo que no puedo precisar
dibujado
en el fondo de la retina.

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TRAZAS 12

Como si la ternura
Fuese de los cazadores
El canto explota en los bosques

Las sendas áridas
De la belleza
Se suicidan

Y a destajo abre paso
La voz de un arrabal

El silencio de la noche
Escatima otros cantos

La esperma gloriosa
Del antílope
Desgrana el póster

Arrebatadas por los voraces
Degolladores, ojos
Las rendijas de carne estallan

Y los cuadros que cuelgan
Trepanan el vacío de la sala.

La memoria
Es el milagro de la vida
Y su tumba

Al borde del cementerio
En orden marcial
Las margaritas florecen

De rara apoplejía
Amanecer
De raro contoneo

Tibieza de manos
Y desmayo de panza
Deslices suaves como sendas en la nieve

Hay una mariposa
Que intima a la belleza
El pintor se muere

Y ya no sabremos
Como incorporarnos
A la flema de la poesía.

Al escupitajo inflamado
De la palabra que salta
Que divaga.

Los horizontes
Demuelen la ignominia
De los cazadores

Pero la diatriba
Enloquece
A cada gesto

No hay horror
Más profundo
Que el de la ternura

Entre orilla y campo
Entre suburbio y horizonte
Nos forjamos amor

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Interrogarse

¿Quién soy?
¿Qué hago aquí?
No solo los desmemoriados
repiten estas preguntas
periódicamente.

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28.4.07

Interrogante

¿Cómo es la grafía de
la ironía?
¿Tengo que evocarte
en cursiva?

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14.4.07

LLUVIA





No todavía no todavía, la brisa me ahoga en el perfume del futuro inmediato y a la vuelta de la esquina me sorprende la lluvia como si el cartero hubiese llegado de improviso con noticias tuyas calientes como el pan de la mañana, la voracidad del agua que despelleja la calle ardua por donde las chicas viajan en sueños de pasarela o en ansia de exposición me envuelve con un escudo frío de centellas húmedas. Te miro (imagino que te miro) como se mira desde las vidrieras y estás quieta reluciente brillante como una estrella pintada en el cielo de cartón de los desanimados que viajan impertérritos en trenes de vaselina que se sacuden con los desniveles de las calles y las encrucijadas. Otra vez la urbanidad demuele el deseo y los vidrios son como las cuencas vacías de los muertos que agusanan la mirada crítica, el aroma de los quemaderos, los archipiélagos de ahogos, la estancia resbalosa, el blindex, te miro a los ojos pero estás como perdida mirando la nada y la calle te acuna y los pasajeros pasan se olvidan de que eres bella como una estampa como un cartel publicitario como mi madre cuando era mi madre y como mi hermana cuando era mi hermana y como el sol cuando era el sol y todos nos movíamos al son de una canción liviana que arremolinaba los manteles de las mesas en el campo y los arrojaba contra los alambrados donde las gallinas por la noche dormitaban un sueño ajeno a las comadrejas y los disparos nocturnos no significaban un festejo sino una muerte.
Llueve como si fuera una sorpresa, como si en este planeta no hubiese llovido nunca y no pudiésemos guarecernos bajo la copa de un árbol gentil donde nos amontonamos con un poco de frío mientras en el escaparate cercano los abrigos nos tientan. Entre tanta mansa muchedumbre te arrecio con una mirada pertinaz de esas que demuelen paredes de esas que agitan las ilusiones y en medio de la mansa muchedumbre, en medio del hedor, me contestás con un giro de los cabellos que danzan en medio de gotas preciosas y te acercás y me demolés como siempre quise ser demolido por esa boca que se abre dentro de la mía y hurga mis caries y explora levemente las papilas mientras mis manos se escapan por los deslices del vestido y la mansa muchedumbre nos mastica hasta que la lluvia logra, por fin, desteñir el día para que nos olvidemos definitivamente en esa espontánea explosión

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Alberdi por Ana Brus




Se agradece Anita!.



La ilustración fue publicada en el blog de la autora: Ana Brus, ERASE UNA VEZ , junto al poema 'Ventrílocuo'

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11.2.07

En boca cerrada, no entran moscas






Volví a degustar, luego de muchos años, ‘Angel Heart’, la película de Alan Parker. Lamentablemente, la adaptación española del título la traiciona porque adelanta, en alguna medida, el golpe de efecto final.





Si el director hubiese leído la ‘Tesis sobre el cuento’, de Ricardo Piglia, y se hubiese propuesto aplicarla a la trama de un filme, no podría haber obtenido mejor resultado. La película cuenta dos historias; la historia uno, el relato visible, esconde otro, secreto, cifrado. Historia que aparece al final y en un revés obliga a apretar el play, y volver a verla. Porque uno, que estaba viendo un policial, termina preguntándose, inevitablemente, si vio la película correcta.
Narrar dos historias implica considerar dos sistemas causales diferentes, diría Piglia, y aquellos elementos secundarios en una, son esenciales en la otra.
Quien ya vio la película, pudo comprobarlo, quien no, por favor, no siga leyendo y asegúrese de conseguir una copia en su club de cine amigo, vale la pena.

Hay un elemento en particular que llamó mi atención desde la primera vez que la vi: la proliferación de imágenes de ventiladores. Es sabido que es un objeto caro a muchos directores (recuerdo una escena en una película de Antonioni filmada desde arriba de un parsimonioso ventilador de techo). Pero esa insistencia en la legión ¿es un mero recurso estético en ‘Angel Heart’? Tecnología doméstica mediante ¿cuántas apariciones del simbólico círculo podremos contar? ¿6; 66 ó 666 fotogramas como sumatoria de la infernal multiplicación?
Durante la Edad Media el diablo, Satanás, el demonio (o su plural), es concebido como de carácter inmaterial; espíritu, esencia pura, y como tal puede adaptarse a multitud de formas, las cuales dependerán de la finalidad que persiga. Se manifestará físicamente de muchas maneras, para librar su batalla contra dios, arrastrando cuanta almita pueda para su molino. Las apariciones más comunes varían entre figuras humanas y animales, pero puede adoptar cualquier otra. Tres son los tópicos fundamentales de su accionar; la corrupción del alma; la posesión violenta y el pacto satánico. Así, simular una figura humana, preferentemente femenina, para socavar el alma por medio del engaño o la tentación para que cayera en numerosos pecados (principalmente la lujuria), era común. Los muchos testimonios acerca de ‘súcubos’ lo corroboran.
El universo entero estaba imbuido de la presencia de Belcebú (cuya acepción se remonta miles de años atrás, hasta el hebreo Ba´al zebub, el dios mosca, el señor de las moscas). Uno de los gestos que nos llegan hoy, bajo la norma de un modo adecuado de comportamiento social —el taparse la boca, o hacer la señal de la cruz, al momento de bostezar— tiene un claro origen es esta época: el demonio podía transformarse en viento, entrar por los orificios del cuerpo y consumar la posesión. Parker cifra, de ese modo, la presencia del demonio. Ya no se trata solo de las palas de un ventilador que lo denuncia, le basta con un leve movimiento de cortinas para decirlo.
En la otra historia, los tres tópicos se cumplen: hay posesión a través del ritual donde Epiphany (¿otro código? Epifanía significa también manifestación) copula con los dioses y de cuyo trance nace un hijo sin padre; hay engaño cuando Harry, arrebatado por la lujuria, tiene sexo con su propia hija; y hay un pacto demoníaco, que Johnny Favorite pretende incumplir, que es el eje de esta trama secreta. Pacto que no puede consumarse mientras Harry no recuerde quien es realmente.

‘Angel Heart’ es el relato de un viaje iniciativo donde conocer ‘la verdad’ para el personaje, implicará su segura condenación.
Quizá lo que termine decepcionando de la película es la persistencia del concepto cristiano de que el conocimiento está relacionado con el mal. Este Louis Cyphre; ‘Lucifer’ (que, curiosamente, significa ‘portador de luz’), no se asemeja en nada al Prometeo griego, que fue castigado por robar el fuego a los dioses y entregarlo a los hombres para el desarrollo de su ciencia.

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27.1.07

VENTRÍLOCUO

Mienten!
Cuando dicen
Que soy o blanco o negro
Cuando
Me llaman
Oscuridad o luz

Mienten
Cuando al hombrecito gris
Le niegan su brillo gris

Soy ceniza de lo que soy
Soy fuego y cartón
Soy humo e incienso
Soy rayo
Y soy luz
Soy cenizas
Soy penumbras
Soy polvo
Soy el polvo en el rayo de luz en la penumbra
Soy la brasa recién soplada
Soy la brasa y su volátil ceniza
Y el soplo
Soy fuego
Soy el fuego que ya ardió
Soy humo
Soy el humo que no fue ceniza
Y soy ceniza
Soy restos, estos restos
Y aroma
Y perfume
Y neutra sombra
Soy cuanto se nombra
Soy lo que no soy
Soy, simplemente, soy.

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21.1.07

TRAZAS 11

La luz que en el espectro se desbordaba
Arco iris

Persisten los luminosos verdes
Y los grises que contrastan
Extrañeza inaudita

Tormenta

Plúmbico color de horizonte
Con su ozónico aroma
Anuncia el inmediato futuro.

En las inmediaciones del baile
La bici al costado del camino
Sombreros y alientos de fiesta

Correr por la tangente
La vergüenza del día que desmaya
Y el amor de otros no alcanza

La velocidad del olvido
Ametralla la persistencia de la memoria

Los ríos cruzan los caminos desbordados
La aridez se desdice
Con cada cielo azul

Las muchachas lucen gotas
Y destellos de miradas
Fragancias y colores de domingo

Me adormecen los lugares comunes
Y disfruto de las risas
Fragmentos de suspiros

Dientes blancos encandilan
El escozor arranca deseos
Abren los capullos

Como maravillosas aves
La carcajada se eleva
La lluvia apresura

Los techos estallan
Las chapas chapotean
Ritmo, sangre y piel.

El peso del recuerdo
Juega con la ojeada
Hay un viento que me aligera.

La espesura de la obviedad
Ha dejado leña de palabras
Lugares comunes, lugares de fuego.

En la noche
Las estrellas espantan
La humedad estimula.

No sé
No se si mirarte o tocarte
Te intuyo en la oscuridad del cuarto.

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14.12.06

La posta de la pasta bloguera


No voy a poder estar en muñeco presente
Para los que se quieren agregar, dejar un mensaje en Plaza Constitución

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12.12.06

Noctámbulos de día

Como si solo hubiese sido una excusa de noctámbulos.
Como si de madrigueras se tratase, nido abisal, fobia solar o deseo de la sombra.
Pero ella no volvía por las noches porque se quedaba preparando tortas y postres, se dormía tarde, cuando ya las tristezas amanecían.
La esperó cada plenilunio, cada noche más noche, cuando la tormenta crea fantasmas instantáneos, inútiles.
Finalmente, en una encrucijada de la gran ciudad, la vio cruzar apresurada, el semáforo en amarillo, su falda levantada por una ventisca fría. La mirada y del deseo se perdieron en la puerta del bar. Poco le costó estacionar y caminar, con los dientes apretados y los ojos entrecerrados hasta allí, abrir la puerta, desensillar el abrigo, embriagarse con el olor del café matinal, sentarse frente a ella, que lo miró casi como una interrogación.
Los amores prohibidos no suelen ser tan nocturnos, el día prodiga oscuridades sedosas.

(Como eco del post de Noemí: La Vida en lo Oscuro)

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11.12.06

¡¿Cómo?! al final fue por el vil metal...

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6.12.06

Alegría por la muerte de Pinochet

'Si se muere, será la alegría de muchos ¡se hizo justicia finalmente!'.
Un absurdo. No me alegrará la muerte de Pinochet porque no hay justicia para un tipo que después de haber hecho lo que hizo, se muere tranquilamente, a los 91 años, de un infarto, o de muerte natural. Ya no hay justicia posible. Es una mala lección.
Pensemos para adentro cuántos Pinochet tenemos; es la cuenta de nuestros fracasos.

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4.12.06

EL MAR ATARDECE


No había olor a mar, por más que el viento, o la brisa apenas fría, nos arañara la piel.
Alicia miraba lejos, con los ojos entrecerrados, el horizonte cansino de la tarde. Yo la miraba a ella y a su mirada, y buscaba, en esa nueva pátina, esa película también acuosa, de un color indefinido entre el azul acero y el verde, otro horizonte. Su rostro apenas coloreado por el sol que se había situado, con cierta pereza, a nuestras espaldas, acompañaba esa mirada que quería ahogarse en el mar. Seria, apenas con un temblor que daba cuenta de sus pensamientos (que no eran para mí), un breve gesto que rompía la lasitud de esa piel naturalmente dorada, dejaba que algunos rizos jugaran sobre la frente amplia y se estiraran como si fuesen lacios.
La playa estaba casi vacía
—Pinamar parece un pueblo fantasma en esta época del año —dije, como para robarle algo de protagonismo al silencio.
Entonces ella se acordó de dónde estábamos y me miró. Yo sabía que detrás de mí, el telón de fondo eran esos majestuosos hoteles, la luminosidad que declinaba en el aire límpido, unas callecitas que subían y se perdían enseguida, los techos de algunos chalets de lujo, los pocos que podían verse desde ese lugar. Más atrás las puntas de los pinares, eucaliptos flacos y altos, y los edificios de departamentos vacíos con sus muebles tapados con sábanas viejas; las alacenas llenas de utensilios y envases de comida, copas, platos de diversos colores; las persianas bajas.
Su rostro alargado, como remate del largo y elegante cuello, aún mantenía la tersura de la adolescencia. Nadie le daría a esta mujer la edad que tiene, pensé, quizá por eso me atrae con la misma fuerza que cuando la conocí. Estuvo unos segundos mirándome, o mirando el pasado, sacándome de foco y eligiendo la profundidad, después volvió la cabeza hacia el mar que comenzaba a oscurecer, al igual que sus ojos.
—Lo prefiero así —agregó —lleno de fantasmas…
Supe que mi comentario había sido un error. Finalmente una sombra tomaba cuerpo en la palabra.
No volví a interrumpirla, dejé que mis ojos se extasiaran con los detalles de su cuerpo como si fuera otro hito del paisaje sinuoso y fluido. La blusa suave y sin mangas copiaba las transformaciones de la piel; dos pequeños volcanes, amenazantes, emergieron desde sus pechos; la brisa era, ahora, más fría. Cruzó los brazos en un intento de abrigarse. En algún momento, cuando el horizonte ya se fundía definitivamente con la oscuridad, pegó su cuerpo al mío e inclinó la cabeza sobre mi hombro. El mar comenzó a agitarse, pero dentro de mí, transformándome en un maremoto. ¡Cuántas vistas cuántos mares cuántos atardeceres así deseé con ella! Ahora que la tibieza y el peso del cuerpo adosado comenzaban a ramificarse como una enfermedad, tuve plena conciencia de que ese era, tal vez, mi momento. Quizá el mar me recompensaba de frustraciones y esperas devolviéndome un fruto, una perla tersa, de brillos satinados y sedosos.
Como una voz imperiosa percibí la demanda de Alicia de un abrazo generoso. Una estrella fugaz rasgó la noche uniendo cielo y agua. Entreví una señal justo en el instante en que estaba por claudicar ahíto de gozo.

No la abracé esa noche, ni la besé.
Nadie podría hacerlo y ocupar el lugar de un fantasma sin devenir en otra sombra.

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14.11.06

Robert Desnos

Nació en París el 4 de julio de 1900. Murió el 8 de junio de 1945 por la desnutrición y el tifus en el campo de concentración de Terezin (Checoslovaquia) adonde lo habían llevado los alemanes en su retirada con los reclusos del campo de Buchenwald. Militó en la resistencia durante la ocupación alemana de Francia. Fue capturado y enviado al campo de ocupación. Su muerte se produjo a los pocos días de ser liberado por las tropas rusas. Fue un actor importante en el grupo fundador del Surrealismo. Escribía en estados de trance.

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11.11.06

ARDER

Ya no sé si Yo
Ardo entre tus dedos
O es una falsa brasa la que me quema
Queda el olor desagradable del roce incendiado
Ardido mordido en franca agonía
La pequeña muerte ¿es ceniza?

Ya no sé si demolerme en el abrazo
Que me quema
La debilidad del segundo
Y la fortaleza de la eternidad
Entre dos estados el pivote de tu cuerpo

Ya no sé
Qué me quema
En el centro más jugoso de tu cuerpo
El caldo aromático
El humo de la esperma
Duerme y se agita
No es pesadilla no es sueño
Es un fósforo que está
Siempre encendiéndose

Ardo enredado en tu lengua imperdonable
Liberado de los espacios abiertos
Sentado sobre tu vientre
Oscurecido por la luz de tus ojos
La repetición es bálsamo

Puertas que se han abierto
Hacia la espesura en v
Simetrías sin espanto
Ni juegos nuevos
No hay novedad en el espasmo
Pero siempre nacemos

Entre las brumas
Ahumadas
Nos encontramos
Para quemar
Definitivamente
Al mundo que nos rodea.

Entonces sí
Yo sé.

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7.11.06

Amante de vientre

No es ella quien jadea:
es su ventrílocuo.

Eduardo Mileo

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Jack Daniels por La Paz

Desde el punto de vista de la utilización de la capacidad, tres hombres solitarios, uno en cada mesa con un mísero cafecito, desconociéndose y esperando a más conocidos sin rostro, no habla bien de la productividad del café de La Paz, Corrientes al 1500.
Viernes 23 hs. Suelo ser puntual hasta en Bs As. No importa que llegar me haya llevado apenas 1000 km dentro de una caja. Me asomo antes de entrar, luego de un par de miradas previas, y ocupo una mesa sospechando de los otros dos. Uno de ellos se levanta para volver luego. Minutos después entran unas chicas que llegan de una despedida de soltera o de viuda alegre, no sé, eso parece. El que quedó en la mesa cogotea tan disimuladamente que hasta me doy cuenta.
Antes que terminen de sentarse, creo reconocer a Silvia, y también a SS Beltrana. Pero aún no me animo. Leandro (después voy a saber el nombre de este muchacho livianito, tan livianito que apenas si llega a los seikilos) se para y se acerca, las interroga, le piden la passaword y el recita no sé qué cosa en inglés. Arman otra mesa mientras me acerco y el mozo me persigue con la cuenta del cafecito por temor a que me raje. En algún momento se agrega otro hombre (o ya estaba allí). Cuelgan el cartelito con el logotipo de Café con Muá. Carlos, Carlos se llama el otro hombre. Así me dijo cuando comencé a saludar extendiendo mi mano dolorida ¿y vos quién sos? preguntan las chicas. Soy muchas personas ¿cómo lo explico? Cara de desilusión. Sí, no hay ventriloquia sin multiplicidad y sincretismo ¿no son dos caras de una misma moneda? Nos sentamos mientras les presento a mis hermanos y llega el otro solitario de la mesa, el de barba, que dice que ese no es su nombre.
Carlos, todo un experimentado en esto de los encuentros de blogueros, me dice que al principio se habla poco, y entre pocos. Pero que luego, a medida que el alcohol nos socializa y hermana, no hay manera de entender nada porque todos hablan al mismo tiempo.
Me estoy acomodando cuando hay que abrirle paso a un ropero (un marido celoso, pensé) pero no, el barbudo grandote que al principio me pareció que tenía cara de pocas pulgas, se llama Luís. Del Doke soy, vivo allí ¿conocés? Hay cierto tono de obviedad en la pregunta. Le pregunto alguna otra obviedad, me contesta que vive debajo del puente de hormigón y es feliz. Finalmente Silvia es Silvia y su calabaza; Beltrana ya es Beltrana para todos los que quieran escuchar su ¡ay, dejemé!. La mesa es larga, tan larga que las conversaciones se pierden para desesperación de los sordos. Un poquito en el extremo y extremada por el coñac está Vero, verdadera artífice de esta reunión. Después cambiamos sillas y lugares, nos repartimos de otra manera, queda frente a mí Haydesa, cuyo rostro trato de asociar al de una foto quebrada. La escucho hablar, la escucho con especial atención, quiero oírla tartamuda (tengo debilidad por las tartamudas), pero no, su voz sale dulce a borbotones. En algún momento de la noche nos sienta a su padre en la mesa, entonces Sué Beltrana también trae a su padre y lo sienta con nosotros y ese que dice que no es su nombre también trae a su padre y lo suma a la charla. Nos contamos cuentos de miedo; no tanto de aparecidos como de desaparecidos.
Las conversaciones se arremolinan, a Silvia se le vence el tiempo y una carroza la espera en la puerta. Se hace humo Silvia. Suena una llamada, es Tino que, recienvenido de Los Ángeles, quiere saludarnos.
Ahí, en ese preciso momento, creo, recién estamos comenzando…

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31.10.06

Humillo de Café...



Esta vez Sí, vamos a estar allí, con muñeco y todo!



Diseñó: Haydée Berón

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29.10.06

ARRITMIAS

Tenía un poco desordenadas las Arritmias, así que, hoy domingo, reacomodamos un poco los cajones y le dimos un nuevo espacio en blogger.

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Destino de río


Imagino que muero orinando en un callejón oscuro mientras el ojo escrutador desencanta su mirada detrás del vidrio empañado donde anidan furores retorcidos por el celo ignominioso. Los muelles descarnan el agua podrida que arremete contra la memoria de nuestra memorable noche de glorioso espanto y desangra la tierra y sus humores nocturnos. Las huestes del deseo se han aplacado pero no los ardores endemoniados, no la bilis abierta de la sinrazón. Los edificios construyen el cementerio de la desdicha, sin embargo la raza milagrosa que sangra voraz en el apetito desmiente tanta mortandad. El frío no dejará que se seque, no dejará de penetrar la escoria cancerígena que nos vuelve cadáveres una vez satisfechos. Imagino que escribo tu nombre antes de dormir la siesta eterna y desmayo el ardor de las roídas y enjuago los jugos de los disfrutes en la pampa de tu cama acogedora. Escribo en la nada los encuentros furtivos y tallo esculturas donde solo hay silencios. Trazo un itinerario de absurdo dolor cuando debería ir caminando por las callejas carcajeando este doble estigma de abrasarte cada vez que el nombre te resuelve mágica, iluminada en tu desnudez, en el fuego que me quema y me arremolina, me abraza y me viste de adrenalina.
El agua corre como el reflujo de un fluido eternizante. Cada momento de la pequeña vida se opone a la cultura, se opone a la interpretación y como una loca arritmia pienso y deseo, escribo y dibujo, sueño y vigilo. Vigilo cada centímetro de mi excitación elocuente, de mi voraz despliegue de pirotecnia estilizada, mi hambre de sentido y olvido del sentido.
Imagino que los laberintos se estiran en un único plano donde igualmente me sorprenderá el hilo, aunque me niegue, aunque quiera ser parte de la trama y no el hueco significante, el estorbo de la asociación, la calidez del ritmo o el plano de todo lo que puede ser. Esa potencia de diseñar soñando, esa raíz de todo, esa cadena de malolientes resabios arrojados a la cara del ojo escrutador para su rencor y justificación. Matarme y morir no es lo mismo, sino un obligado destino de oposiciones donde la malla de los enjuagues se nos parece, se nos aparece. Sonríes cuando te vas borrando entre la bruma de la despedida hasta que vuelva como un fantasma para acuciarte con los tajos de la locura. Allí, entre roces y estampidas, entre babeos y cadencias repetidas, entre tu voz queda, sensual y lánguida, plegada a un respirar tardío y elocuente, adormecida y vivaz, estallarás nuevamente, detonarás.
Y yo seguiré orinando en la puerta del calabozo o en la boca del cazabobos, pero ya sin enmendar el recuerdo, ya sin amenazar al destino, sino, tragando cada suspiro, para que me acompañe cuando, sumergido en las aguas de un río extraño, compare el placer, y lo muerda, y quiebre esa cápsula de gozo.
Para ofrendarlo, sin ser yo el mismo, a otra mujer.

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21.10.06

Piedra de toque de la poesía brasileña

NO MEIO DO CAMINO

No meio do caminho tinha uma pedra
tinha uma pedra no meio do caminho
tinha uma pedra
no meio do caminho tinha uma pedra.

Nunca me esquecerei desse acontecimento
na vida de minhas retinas tão fatigadas.
Nunca me esquecerei que no meio do caminho
tinha uma pedra
tinha uma pedra no meio do caminho
no meio do caminho tinha uma pedra.

Carlos Drummond de Andrade.

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17.10.06

VENTRÍLOCUO

Durante la Edad Media, la Iglesia católica no veía con buenos ojos las actividades de los ventrílocuos y hubo quien afirmaba que hablaban con el demonio

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12.10.06

TRAZAS 10

Las palabras se han quebrado
y estallan en esquirlas de versos bravos

Nadie encendía esas lámparas
nadie dibujaba el azar en el humo
nadie lloraba en la alborada

Los santos espacios de la pradera
donde un mojón es la sombra
de quien ya no te nombra

El blues de las palabras rotas
o el humor de la encrucijada sin juramento
enhebrar el sentido verso, sin son.

los rostros del agua son
como el retorno de un sueño inocente
las arrugas los arroyos del olvido.

Ante la cima de la imagen
que dormita en la yema de los dedos
en el lóbulo de la oreja del gigante

las araucarias que se mecen
entonando un silbido fúnebre

y en la arena el artista
construye su mejor obra
para que la lluvia la barnice

Los soles se cuadran a la espera
del paisaje de otro mundo
nos encontrará trémulos

A la sombra de las galerías
de la casa en el campo
donde el libro despierta la aventura

Un relincho mece en su esplendor
el ojal de la flor marchita
en su última exhalación lúbrica

Juegos de luces
sombras que no se rinden
espanto que no arde, y se desplaza

Tu herida
acaso tu famélica sonrisa
de diosa regurgitada. El tiempo.

Siento
mil salobres bocas
que acosan el dormir. La piel.

Y las palabras que se rearman
en un final banal
Cartel publicitario. Dolor.

Entiendo la razón de lo irrazonable
imposible escucha del mar.

La arena perpetrada
en un dibujo expuesto. Efímero.

Somnolencia.
La espera y el logro
Otro silencio. Levanto la vista hacia atrás.

En la plaza de pueblo
los niños chillan
y yo te leo. Te extraño.

Quiero y quieres
oír el sonido herrumbrado
de esas palabras. Rotas.

Como la arena. Seca
dispersa en el viento
Hecha lágrima. Molestia.

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3.10.06

EL TESORO

A través de los ventanales digitales, desde la remozada sala de espera, vio corretear por última vez al viejo Boeing hasta que la nariz lo subió al cielo y se perdió entre la espuma de las nubes.
Instintivamente miró hacia la pista. Gesto que nunca podía controlar, como tampoco ese deseo imperioso de asistir a cada partida del vuelo de las 08:53, Corrientes - Buenos Aires.
En la pista, a empujones, sacaban a dos chicos que habían violado la ordenanza de seguridad del aeropuerto. Sonrió, casi con amargura. Sabía muy bien qué habían querido hacer.
Hace muchos años, cuando él era un pibe y el mundo apenas la muestra gratis de lo que hoy es, se coló en la pista luego de que el avión levantara vuelo. Los controles no eran tan estrictos como ahora y si el personal se descuidaba, o hacía la vista gorda, se podía, en pocos minutos, recorrerla palmo a palmo.
–Siempre se encuentra algo luego de un vuelo –le decía su padre, cuando aún pertenecía al personal de mantenimiento del aeropuerto–. Remaches, un pedazo de metal, un trozo de manguera. Nunca sabemos muy bien a qué parte del avión pertenecen, ni si alguna vez se reponen los faltantes, pero lo cierto es que revisamos la pista antes y después de cada vuelo, y es raro no encontrar nada.
Ese día, con la excusa de visitar a su padre, se coló también luego del despegue y encontró su pequeño tesoro: un pedazo de servo lustroso como un diamante.
La nave no llegó nunca a destino; nadie supo explicar los motivos del accidente.
Él guardó la joya junto a sus objetos más preciados, y aún hoy la conserva en un baúl, escondida entre atados de cartas ajadas, cuidadosamente ordenadas. Conserva también los recortes de los diarios que su padre leía y releía silencioso y concentrado en la mesa de la cocina mientras masticaba un repentino insomnio.
En esas amarillentas y frágiles páginas, o quizá en su memoria, las imágenes de metales retorcidos y oscuros han ido perdiendo contraste con el paso del tiempo, pero aún pueden transmitirle algo de aquel lejano horror, cada vez que abre el baúl y levanta el trozo de metal para limpiarlo y devolverle un viejo fulgor.

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27.9.06

TRAZAS 9

No hay humo sobre la llamarada
Ni esteros encendidos
Que idioticen la noche

En las alforjas del sentido
Unas nubes te recuerdan

Antenas, radares, grafismos
La patria es la infancia feroz
La feroz patria es eso

Y en los ojos del último resplandor
Se arremolinan las hartas planicies

Es la nada.

Devolveré la belleza al mundo
Son otras vanas promesas
Que hacen mis dedos indisciplinados.

En el estruendo de la tormenta
La música me olvida

Yacés en la madriguera de la memoria
Como una guitarra enloquecida
Apretando a este pobre deseo

Pero las pestañas
El brusco telón
Al fulgor verde

Pero las entrañas de ese dulzor
Que mana de tu pezón ortodoxo
Devoran mi voluntad de hombre digno

Yacer es bañarse en tu luna
Yacer es hacer alianza con la sangre
Y domeñarla hasta detenerla

Olvidar es un atributo de los dioses
Amar, un castigo
Desear, un abismo

Sí, el infierno tan querido

Una bicicleta rompe la tela
Un escombro de la quietud
Un rayón en la noche

La cometa dibuja el azar
Y el azar tiene nombres
Nombres de espanto o de candor

A cada estallido una flor
Una sombra sin referente
Un color agrio.

La estampa vuelve a dibujarse
Sin nostalgia
Nueva por última vez

La velocidad duerme en mi mano

El cielo no puede desmayarse
No puede reflejar las moradas de la mirada

Y como una bandera
Una visión opaca la realidad
¿qué realidad amor mío?

No he escrito estas palabras
Para tentar a la lluvia
Sino para enloquecer tu piel

Paisaje.
Siempre se trata de paisajes
Anidados, aniñados.

Tú eres nosotros
Nosotros ellos
Ellos no están aquí

Solo espectros

El paisaje es una puesta en escena
Actuada por fantasmas
Tejen una torre (Babel una circunstancia)

Las palabras no se hacen cargo

La muerte
¿la muerte?
El rostro de la muerte, tentado.

Mis pies en otros continentes
Los dedos en otros países
La lengua en otras lenguas

No hay historia
Todo ocurre
Cementerios afianzados en la tinieblas

Armas vivas que se desplazan
Sensaciones

Pasos del ocaso que ya se han ido
Hacia allá
Donde no estoy hoy

¿dónde estarás?
La raya del horizonte es apenas
Una intuición.

El bosque
El espeso bosque de los por qué
El qué de vos.

Vértigo de la atención
Todo ocurre
Es magia, es magia.

Mirame
Mirame si el conjuro lo permite.

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12.9.06

POR LA MIRILLA

Por la mirilla de la puerta la calle parece aún más imperfecta. El mediodía quema la imagen muda: una mujer medio encorvada revuelve una bolsa de basura en la casa de enfrente. La vecina sale gesticulando y se acerca a la otra mujer. Le patea la bolsa en la que guarda sus pequeños tesoros. No se escucha, pero los gritos son evidentes. Mi vecina la insulta, se acerca cada vez más, la toma de un brazo y la sacude. De pronto el reflejo de acero se transforma en una saeta que corta el cuello de la dueña de casa. Se toma con las dos manos en un vano intento de contener esa catarata de sangre borboteante, lo que le impide atajar las tres o cuatro cuchilladas que le abren el pecho y los pulmones vertiginosamente. Cae, y la asesina la monta con sus andrajos para seguir con la carnicería. Un hombre corre, mudo,
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desde la esquina. Pega una patada entre las costillas del jinete. Y otra en la cabeza. Y otra en la cara ya desfigurada por el dolor. Se revuelca. El hombre, en su frenesí, tropieza sobre mi vecina y cae en la vereda. La andrajosa se levanta y, oscilando, comienza a cruzar la calle en mi dirección. La calle está cubierta de cartones y papeles, botellas de plástico y latas apretujadas de aluminio, la bolsa destrozada y abierta muestra sus entrañas ahora casi vacías. No hay viento, las hilachas, los hilos descocidos de las vestimentas caen como si fueran de plomo. La mujer se acerca, ya cruzó la vereda y se mete por el pasillo, apoya su rostro sucio y ensangrentado sobre la puerta, el ojo inyectado quiere entrar por la mirilla.
El timbre de la casa estalla en la penumbra gelatinosa, el ventilador de techo se ha detenido y mi cuerpo está bañado en transpiración. Vuelve a sonar el timbre. Miro a través de la mirilla. El rostro de Sandra se muestra impaciente. Abro. Te dormiste, te volviste a dormir. Es mediodía. Ya no hacés a tiempo. Cambiate y andá. Aunque llegués tarde.
Me visto una camisa y un pantalón de hilo. El calor de la siesta es insoportable. No termino de acostumbrarme, por más que ya lleve unos cuantos años aquí, en esta ciudad que se resiste al infierno, pero que está tan cerca. Camino por la calle Pellegrini, no es tan lejos. Además, no tiene sentido apurarse; nadie se apura aquí en el verano. Los movimientos son lentos, hasta las hojas de los árboles caen con parsimonia. Uno puede quedarse a contemplarlas, como parte de un paisaje japonés. Los pájaros no vuelan, y si lo hacen, parecen imágenes en cámara lenta. Uno de los tantos, infinitos, ciclomotores rompe la pegajosa masa del silencio. Tabletea y se pierde en una de las calles perpendiculares. En la esquina unos muchachos están echados a la sombra, bajo el toldo de un comercio, haciendo circular una botella de gaseosa barata. Adelante, reverbera el aire fabricando fantasmas; a un costado, sobre el cordón de la vereda de enfrente, un hombre en una bicicleta habla o discute con un remisero. Apenas percibo un deslizamiento, el inicio de un desplazamiento. Pienso en el sueño, no recuerdo por qué yo estaba mirando por la mirilla ¿Era yo quien miraba?.
Suena el celular. Cuando atiendo, a un costado siento un estallido como de un reventón, que vuelve a quebrar la siesta.
–Hola
–Hola…¿Jorge?
–Sí Roberto, habla Jorge. –mientras me concentro en el inicio de la conversación miro hacia mi costado derecho, buscando el origen del ruido. El hombre de la bicicleta se pone en movimiento mientras el remís, con un pasajero, sale del estacionamiento y acelera por el medio de la calle.
–Hola! Hola! Me escuchás Jorge!!
–Sí, te escucho, Roberto, esperá. –hay un pequeño baile del hombre con su bicicleta, como una vacilación, busco con la mirada cuál de las cubiertas se le reventó, pero ambas están bien. No entiendo, o sí.
–Qué pasa, che.
–Aguantá Roberto. Me parece que acaban de pegarle un tiro a un tipo, al lado mío. –El hombre se cae con su bicicleta en medio de la calle Pellegrini, a dos cuadras de la avenida 9 de Julio, y se queda allí, quieto como el aire de la siesta chaqueña.
–Entonces corto, Jorge!. Llamame en cuanto puedas. ¡Clic! –Los tiros no viajan por celular, pienso, y guardo el teléfono.

El hombre, una persona de unos cuarenta o cincuenta años, tiene la bicicleta destartalada encima de su pecho. Está boca arriba, con los ojos abiertos. Los muchachos que estaban bajo el toldo, en la misma vereda, se acercan de a uno y nos rodean. Desplazo el caño y saco la bicicleta de encima. Una persona que no había visto me dice que ya llamó a la ambulancia. El sanatorio está a tres cuadras, por suerte llegarán rápido. El hombre en el suelo, inmóvil, mira el cielo, y pestañea. Está vivo. ‘discutió con el remisero porque lo chocó cuando quiso arrancar con el pasajero’ dice uno de los chicos de la esquina. ‘Sí, se putearon lindo, y cuando el otro salió le mandó el cuetazo’. ‘Para mí que ya se junaban de antes, debe haber un problema de mujeres en el medio’. ‘Estos remiseros son jodidos, están todos enfierrados, dicen que porque les roban’. El coro de voces se adormece. El hombre intenta levantarse, pero no puede, llega la ambulancia y su sonoridad. Uno de los médicos le pregunta algo, los ojos del herido buscan un lugar de su cuerpo y vuelven al cielo, como si el esfuerzo fuese excesivo. Levanta la camisa gastada y se baja un poco, como puede, el pantalón; en la ingle izquierda, un punto rojo nos mira antes de comenzar a derramar sus rojas lágrimas. Un ojo, o una mirilla.

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8.9.06

DONDE

Donde nos rozábamos
Donde arder era la excusa
En aquellos rincones
Ocultos de tan visibles
En las frondosas plazas
O en la fría tranquilidad del teatro
Que se vaciaba
A cierta hora
Y nos despedíamos
Sin decirnos
Ni los nombres.

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4.9.06

David y su Honda

En los tiempos en que vivimos, nunca viene mal una grajea despabilante del magnífico Augusto Monterroso > > en Lecturas y Miradas

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2.9.06

Mujeres leídas, mujeres que leen

Otro que lee y es leído

...Marguerite que besa
la negra piedra
de los conjuros.
La sangre que se vierte
como una escritura...

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29.8.06

Esas Raras Enfermedades Nuevas

Males opuestos con perjuicios semejantes.
Pedro padecía hiperpenis, una rara enfermedad que hacía que su pene, erguido en toda su potencia, al entrar en contacto con la mucosa vaginal, por una indeseable reacción alérgica, acrecentase tres veces su tamaño normal, tanto a lo largo como a lo ancho. Salvo contadas, y descalificadas, excepciones, ninguna mujer toleraba semejante desmesura, por más que en el imaginario popular esto esté desmentido. Pedro estaba condenado a relaciones por vía anal o, eventualmente, al uso de doble condón, porque el más mínimo contacto desencadenaba la terrorífica inflación. Esto último le anulaba toda sensibilidad, y lo primero lo hundía en un mar de culpas; es que Pedro era un hombre muy religioso, con lo cual, en ninguno de los casos lograba una verdadera satisfacción.
Pablo, en las antípodas, sufría de hipopenis. Caprichosa afección que hacía que su miembro viril, literalmente, se arrugase y escondiese por completo apenas lo acercara al flujo vaginal. Le quedaban las mismas alternativas que a Pedro, pero qué mujer que se precie aceptaría así, sin más, ni menos, tan mezquino intercambio.
Pedro y Pablo se conocieron en lo del médico, mejor dicho, en la sala de espera de un consultorio. Entablaron conversación porque ambos mataban la espera coincidiendo en la lectura de un trópico de Henry Miller.
Solían encontrarse y tomar algunas copas juntos. A pesar de esto, ninguno había confiado al otro el motivo de su concurrencia al especialista y las horas se les pasaban, entre brindis y brindis, en medio de relatos de lujuriosas hazañas.
Por las noches, cada cual en su cama, con un estremecimiento, recibía complaciente la visita de Onán.

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26.8.06

Dos x Uno

Sueño.
Soñé que me levantaba y que estabas esperándome dormida, que me acercaba y te besaba para despertarte, pero no estaba en tus sueños.

***

Escena.
El hombre le daba con un palo a la mujer. Ella respondía de igual manera.
La mesa: servida; los hijos: hambrientos.

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24.8.06

Alcohol y Mujeres

Decimos que hay miradas que 'embriagan', y tenemos la certeza de esa sociedad implícita entre alcohol y mujeres, pero ¿de dónde viene esta relación?
De La palabra del día, copio:

"Autores castellanos del siglo XIII describían el alcohol como «un polvillo
finísimo de antimonio empleado por las mujeres para ennegrecerse los ojos» y
explicaban que el término provenía del árabe vulgar 'al kohól' o 'al khul' en
árabe clásico, que significaba antimonio.
El antimonio era largamente
triturado para lograr aquel polvillo pero, por los años del Descubrimiento, la
palabra ya era usada para referirse también a «cualquier esencia obtenida por
trituración, sublimación o destilación».
Fue Paracelso el primero en llamar alcohol al «espíritu del vino» ese
sutilísimo vapor exhalado por algunas bebidas, que llena de alegría y exalta el
espírtu de quien las bebe, como se sabe desde los tiempos bíblicos. De ahí el
calificativo espiritoso o espirituoso, aplicado a las bebidas
alcohólicas."


Más claro, echale soda...

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Blogueros y... ¡Muzza!!



Mañana por la noche, muchos de los que andamos por 'ahí', nos encontramos por segunda vez para vernos las caras, charlar, brindar, conjurar y armar una tercera, y así...

Quien esté cerca, quien tenga ganas, quién pueda... solo tiene que acercarse...

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22.8.06

BLOGS: Diversidad y Resistencia

(...) el blog es el espacio sin prohibiciones para que tengan voz aquellos que la han perdido, o a los que se la han arrebatado o a los que los han discriminado o los que eligen ser sus propios patrones transitando el camino quizá menos seguro pero sí más libre de la autogestión (...)
Fragmento del texto que Cristina Civale expuso durante el mes mayo, en Madrid, y que sirvió de base a su ponencia, justamente en Resistencia, en una mesa compartida con Orlando Barone; Mempo Giardinelli y Mónica Ambort. Cristina desplegó "Nuevas Tecnologías: la vida horizontal" –con acertadas y polémicas improvisaciones – ante un teatro colmado de docentes de 16 provincias; escritores y, fundamentalmente, lectores, previo al cierre, en el que también fue orador el ministro Daniel Filmus.
El texto será editado, junto con el resto de las ponencias de todas las jornadas, por la Fundación Mempo Giardinelli dentro de un par de meses. Cristina nos cedió ambos textos, disponibles, completos, en Lecturas y Miradas.

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19.8.06

Fábula

No sé si existe una lógica ineluctable entre el rojo de caperucita y el daltonismo del lobo.

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17.8.06

Ya todo ha sido escrito

Reiteradas veces uno escucha la sentencia del título. Por suerte me queda todo por leer.

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11° Foro Internacional Fundación Mempo Giardinelli

En lo que fue hoy una de las mesas del 11° Foro Internacional por el Fomento del Libro y la Lectura, en Resistencia y Corrientes, 2 textos:
A) La presentación de una propuesta a las autoridades nacionales basada en seis grandes pasos para avanzar en la materia:

1) Que en la próxima reforma constitucional se incluya, entre los Derechos y Garantías, el Derecho Constitucional a Leer;
2) Que se ponga en marcha un Programa Nacional del Libro de Texto Gratuito (...)
Ver completo aquí
B) rescate de una expresión de Marcelo Birmajer:
'mientras uno lee no puede estar haciendo algo peor. Por eso, es mejor que los que se maten sean los personajes'

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14.8.06

TRAZAS 8

Para Claudia d. b.

La belleza es interminable

La dinastía de los bosques oscurece el nombre
Pero la belleza se doblega a la belleza

Las iracundas hojas de la deriva
Y el lazo ocurrente de los atardeceres
Nos circundan veloces

No hay fiebre que no se embriague
Con salsa de frambuesas sobre camembert

La mesa está servida
La ira es el tapete del espeso sopor
Tus ojos devoran los míos

Y qué habremos conjurado
Al encontrar en el azar estas pobres
Palabras

Trazas de mal estorbo
Trazas de belleza explosiva
Trazas de otras trazas que se entrelazan

Las vías muertas
Las orillas de un camino
El borde de tus labios desastrados

En la voz loca de un sueño
Que cada vez flojea más y más
Como un rock and roll que se aleja

El cuadro tácito de la fragancia
Emanar el oleaje de tu pecho
Que se expande y ofrece hasta demolerme

De tanta belleza estresada muero
De tanta mortandad la imagen
Se difumina

Es esa salsa sonrosada que entra en la sangre
En la mesa servida
Y sobre ella, vos.

La ventana abierta a la brisa
Y a los recuerdos que se desbrozan
En la perla del bordado

El llanto del viento acobarda
Y oculta el ojo de la tormenta
Que traerá la maravilla del escozor

Las sierpes mueren retorcidas ante nuestro amor
¿Y qué palabra es esa?
Qué designa esa traza ignominiosa

Amarillos y ocres sobre verde

Dedos que se entretienen navegando
En el oleaje de tu pecho
De tu cálida suavidad ahondada

La tormenta en ciernes
Las bicicletas veloces espantan

El morado de los caballos
Los que vuelan en la pampa despellejada
Un rumor de locura llega a través del correo

Los aviones caerán ahí nomás
Cerca de nada

El sol pasea su esbeltez de invierno
Y me duermo sobre tu perlado borde

La profundidad de esa belleza evocada
La superficie del abismo
El barro de la esperanza

El deseo es carmesí
El deseo espeso de la topología
De tu belleza

La belleza es interminable.

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10.8.06

SÁBANAS AJADAS

Los ojos me devuelven al estiércol de la matina, al estéril tapiz de la mañana doblada por la neblina. Como ánimas las manos animan el fuego en torno al cual los monjes de la intemperie y los perros se calientan y descubren el olor picante de las ramas quemadas, la efervescencia de la yerba mate, la urgencia de la garganta, el escozor del tabaco rancio y el prurito de la sarna. Los muelles desencantan su muerte, el sonar del agua que baja invisible llevando olvido y esperma tan lejos como sea posible. Después la calleja se abre para engendrar bicicletas montadas por seres desflecados y encubiertos cuyas arrugas condensan el agua que corre como por canales o surcos confundiendo sales, intercambiando lágrimas, lluvia y transpiración. El sabor del orégano descansa en el fondo de la lengua entumecida y los músculos sueñan con una balsa que se deja empujar por el mar, a la deriva, como la voz de los descabezados por las explosiones en el Líbano, pero la realidad estropeada en el hondo suceder sacude la espera inaudita, la perspectiva incompresible con fondo de humo y niebla que se aman y retuercen como una dínamo de confusión. Los dijes, las perlas y las joyas naranjas de la enredadera empalidecida que insiste con su savia entusiasta, para quebrar tanta monocromía, tanta sinuosa aspereza, tanta blanca matanza del color.

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7.8.06

ESCRITORES DESUSADOS

Aprovecho para inaugurar un nuevo espacio: Lecturas y
Miradas.
Un lugar donde dejar aquellos recorridos y
anotaciones que uno quisiera compartir o entrecruzar.

A decir verdad la idea la
tomé del
felisbertiano Jorge Mayer y de su 'Libro
sin Tapas', título que le envidio sanamente.


Las editoriales mantienen escritores en desuso a quienes les encargan la lectura de las novelas dactilografiadas que reciben para que emitan juicio. Estos escritores en desuso son mantenidos en secreto para que no puedan ser corrompidos con regalos, dinero o chantajes sexuales por parte de los aspirantes a escritores. De hecho representan el lado oscuro de las editoriales, que en relación a este tema se muestran evasivas, incluso si los escritores en desuso tienen la tarea fundamental de señalar las mejores novelas que, una vez impresas, serán la jactancia de las editoriales y su fuente de sustento económico ...

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4.8.06

EL MALVADO VENTRÍLOCUO anual!


Estamos de cumpleaños! El 4 de agosto del 2005 el ventrílocuo inauguró su espacio, luego de dar algunas vueltitas solitario entre lugares ajenos.
Quizá no haya onda de festejos, ni la inspiración sea generosa, pero la realidad es que hace un año que venimos tejiendo voces.
A modo de conmemoración, volvemos a un post de esos días, que quizá expresaba brevemente una idea, apenas clara:
EL MALVADO VENTRÍLOCUO
Gracias a todos aquellos que fueron y siguen llenando esta soledad.

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3.8.06

VENTRÍLOCUO, Historia de un rechazo reciente

A Falta de contenidos, una historia virtual, fresquita, con vicios (sí, vicios) de realidad

Prólogo:
Lo relato en cuatro breves, muy breves, capítulos y un epílogo. Es el rechazo de este blog por parte de un emprendimiento de Indiesign; concretamente su nueva propuesta: BUZZEAR.
Es una apelación a ustedes amigos, visitantes y entendidos sobre la blogósfera: necesito imperiosamente otro punto de vista, que me aporte mayor claridad.


Capítulo 1

Este muñequito lee en otro blog, la existencia de una nueva propuesta en la blogósfera: Buzzear.
Ignorante de muchos términos técnicos, la propuesta parecía interesante, además, entre los blogs que ya figuraban inscriptos, aparecía Nación Apache, que merece mi respeto, por lo que sugerí la inclusión de Ventrílocuo, para no ser menos.
Por respuesta tuve el clásico cartelito en el que se me informa que la sugerencia ha sido puesta a consideración de los directores o dueños o gerentes y que espere… (algo así; ustedes saben). Esperé. Esperé un tiempo prudencial.

Luego pregunté:

8/1/06, Jorge Alberdi <jorgealberdi@hotmail.com> wrote:

Jorge Alberdi wrote:
He sugerido la inclusión del blog, pero no lo he visto ¿existen impedimentos? Me gustaría conocerlos.
Gracias.

Capítulo 2

Respuesta a mi pretencioso e-mail:

De: Indiesign info@indiesign.com.ar
Enviado el: Miércoles, 02 de Agosto de 2006 12:40:21 a.m.
Asunto: Re: Contacto desde Indiesign.com.ar

Jorge:
De momento, como indican los términos y condiciones, sólo aceptamos blogs que se ajusten a alguno de los canales disponibles. De momento no aceptamos blogs meramente personales o con temáticas diferentes. Tu blog podría entrar en una categoría de "ficción", que tal vez implementemos en un futuro. Los términos figuran enlazados al completar el formulario. Este es el enlace: http://buzzear.com.ar/terminos Disculpa las molestias y gracias por escribir.

Capítulo 3

Muy en caliente, mi respuesta:

8/2/06, Jorge Alberdi <jorgealberdi@hotmail.com> wrote:

Leandro:
Lamento tan flaca respuesta; hubiese preferido 'no es de mi simpatía' con lo cual, en mi modesta opinión, estaríamos hablando de un criterio mucho más concreto y verosímil de selección que los 'Términos y Condiciones'. Por supuesto que, como son los dueños, se reservan el derecho de admisión, como en cualquier boliche de onda, y El Ventrílocuo no viste corbata y encima anda en zapatillas.

Muchos de los blogs hoy incluidos en Buzzear, por ej. http://passamonte.blogspot.com/, desmienten los argumentos por los cuales este blog ha sido descalificado (todos los blogs, o son 'personales o son colectivos', si excluimos los de los medios y a los corporativos): este cumple el requisito de ser argentino, estar escrito en argentino -no solo en castellano-, estar estructurado fuertemente en una actividad literaria, con contenidos propios -hay 5 proyectos avanzados de narrativa y poesía-; no es pornográfico, aunque en algunas imágenes y en los textos se concrete un acercamiento al erotismo; no se limita a reproducir contenidos de otros blogs, aunque suelen existir links a páginas webs o a otros blogs, relacionados, etc., etc. Quitarle los aspectos personales a un blog sería, en alguna medida, ir en contra de este medio: que no es un periódico; que no es un libro; que no es una enciclopedia; que no es tantas cosas y sí es muchas otras, tantas que se escapa a cualquier clasificación. Sí, quizá, una de sus características innegables es la diversidad.

También podríamos reflexionar acerca del concepto de 'Ficción', 'categoría que tal vez se implemente en un futuro', y donde este humilde espacio tendría alguna chance. ¿Cómo deslindaríamos luego 'Literatura' de 'Ficción'? No solo en la primaria, en toda mi carrera universitaria cuando hablábamos de Literatura, hablábamos de ficción, entre otras cosas.

Y podríamos seguir; quizá con el criterio que utilizaron para incluir Literatura dentro de ¡Ocio!, y excluirla de Cultura. Y por supuesto, la pregunta de rigor: Poesía ¿lo consideran Literatura? ¿Es una mera expresión del ocio comparable a las tapas de Playboy (uno de vuestros blog incluidos trata de la última tapa de la revista, y toma contenidos de allí)? ¿Es una expresión genuina de la cultura de un país; de una región? ¿O directamente no existe consideración?

Leandro:
te pediría una reflexión, tanto de la exclusión, como de los términos con que ustedes hacen la propuesta a la comunidad de blogs, por respeto a sus autores, que en definitiva van a alimentar el proyecto, cuyo cuerpo es, sin más, una selección y evaluación de los contenidos de estos, una paradoja, si se quiere, porque es uno de los términos de exclusión: 'Sitios que se limitan a referenciar brevemente contenido de otros sitios'
Saludos

Jorge Alberdi
Capítulo 4

Nueva respuesta de mi amigo Leandro:
De: Indiesign
Enviado el: Miércoles, 02 de Agosto de 2006 04:42:23 p.m.
Para: "Jorge Alberdi"
Asunto: Re: Contacto desde Indiesign.com.ar

Jorge:
Lamento que mi respuesta te haya parecido flaca. No tengo mucho tiempo de sentarme a redactar los mails como quizá me gustaría, pero evidentemente prefiero hacerlo de forma simple a nada. La cosa me parece simple: El sitio es un experimento, y hacemos lo posible por que funcione. Abarcar TODO tipo de blog sería un despropósito y no llegaríamos a nada, por lo que para empezar seleccionamos algunos canales, y pensamos ir viendo como evoluciona. Es evidente que todo blog tiene algo personal, simplemente me refería a blogs en los que lo personal es el tema. Tal vez me haya equivocado en clasificar tu blog de esa forma, es la impresión que me dió en el momento que lo abrí. Y en cuanto a la ficción, como verás, la idea de los canales es más bien la de la realidad, las noticias, las opiniones y la novedad. Los cuentos, poesías o cualquier otro tipo de literatura entran en una categoría aparte. Simplemente porque son diferentes y porque no tienen nada que ver con otro tipo de contenidos. Pensalo así: Si alguien se suscribe al canal de cultura, esperando leer sobre distintos aspectos sobre sociedad, educación, ciencia, o lo que sea, definitivamente una poesía en el medio no encajaría. En cuanto a la reflexión que pedís, es simple, e insisto: Dado el tipo de proyecto que encaramos (con sus cosas buenas y sus cosas malas) es imposible incluir todo tipo de blog porque si. Por supuesto no pretendemos faltar el respeto a nadie ni quitar valor a los contenidos de nadie. Es simple: Esto es un experimento, con una idea concreta, e irá creciendo de a poco (o no), pero trataremos de mantenerlo organizado, para que no pierda su valor. Evidentemente Buzzear no es un "directorio de blogs", donde se agrega cualquier sitio y ahi quedan archivados, nuestra idea es otra, algo más dinámico, más relacionado con los contenidos. Tal vez ni siquiera sea una buena idea, pero de momento, es lo que hay.
Saludos!


Epílogo:

No sé. Sigo pensando que la respuesta está llena de contradicciones, de muchas simplezas y confusiones y, como corolario, las reglas de juego de Buzzear no tienen la claridad que les exigen a los blogs en otro de sus ‘Términos y Condiciones’ (Que sus contenidos estén escritos de forma clara y en castellano). Por otro lado, la rigidez de algunos criterios y conceptos que subyacen me hacen pensar que se están perdiendo lo que el presente tiene de ya de futuro.

Me cabe el interrogante de que, ante mi imposibilidad de aceptar un NO, no esté siendo todo lo objetivo que deba, y prejuzgue un emprendimiento loable.
Ahora comprenderán por qué lo expongo, y la necesidad que tengo de las opiniones de ustedes al respecto, que pueden dejarlas como comentarios, o, si prefieren, en mi correo personal.
Gracias.

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30.7.06

Ternuras

No acostumbro a referenciar, a obligar lecturas, pero, ante la duda de la dispersión del sentido, o conteniendo la interpretación de la última traza, no dejen de lado este post en Santos y Demonios: el dolor ¿es gratuito?

"...
Las barreras de hierro
Acunando estupidez y honor
Más estupidez

Dará trabajo arrancarme
De los ojos
El mundo

Dará dolores
Quitarme la mácula de tu piel

Fatales los combates
¿Quién tiene razón?
¿alguien la tiene?

Los hongos son errores
Que se alzan
Esculpiendo fantasmas de humo."

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Aquella solitaria vaca



Santa Ana, a 12 kilómetros de la ciudad de Corrientes, pueblo histórico. Desde el bar, frente a la plaza.

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26.7.06

TRAZAS 7

Incrustaciones
Luminosas palabras
El haiku mima

Acometen las muecas
De los niños derramados
En otra nueva vieja guerra

Como a pedazos
De emociones
Flashes. Solo cicatrices

Antes de que el cielo
Se escalde
Hambriento de frío.

El ojo no duerme
Mi amor tampoco

Deseo que se doblega
Tus labios sangran

Las barreras de hierro
Acunando estupidez y honor
Más estupidez

Dará trabajo arrancarme
De los ojos
El mundo

Dará dolores
Quitarme la mácula de tu piel

Fatales los combates
¿Quién tiene razón?
¿alguien la tiene?

Los hongos son errores
Que se alzan
Esculpiendo fantasmas de humo.

La fragancia de la piel
Esconde otro perfume
Y quizá un color

Nadie está mirando
Lo que todos miran
Nadie muerde el polvo solo.

Incrustaciones
Caen astillas dolientes
Y nos doblegan

Todo es como
Un roce delicado
Fuego y pavor.

El sol cobija
el haiku destemplado
la nada queda.

No se puede decretar belleza
Sí, odio

No se puede callar
Esta salitre realidad

Hacerla poesía
No siempre
No siempre.

Los dedos del escultor
Se han quebrado.
La noche se cierra oscura.

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22.7.06

ARTIFICIO DE LA MEMORIA

El frío amenaza las tiernas plantas, las hierbas que aún verdean después del verano. No dan ganas de nada, y el aliento se manifiesta como un mensajero de otra realidad, o de otro tiempo; un fantasma, que podría ser un rostro desdibujándose que nuestro espíritu no termina de conjurar.
Evito esta noche mirar el cielo, no quiero ver las formas de la luna, no quiero saber si su ciclo ya se cumplió, prefiero entregarme al llamado interno de un despliegue de luces que me ahoga los ojos de nostalgia.
Es curioso lo que ocurre con los fuegos artificiales; significan un evento particular para las personas que los lanzan al cielo, pero esas efímeras luces se ven desde muy lejos y encuentran los ojos de desconocidos que por azar, o por voluntad, alzaron la cabeza hacia la noche. Escenas mudas. Una coreografía resplandeciente que en lo alto opaca las verdaderas estrellas. Surge un hongo, desde un único punto y como una huidiza red de colores se tejen las vanas figuras.
A aquellos seres encandilados con el espectáculo, los une un asombro, y ese haz de pensamientos breves como las trazas en el cielo, que se dispara en múltiples direcciones.
La belleza, dicen, es un bálsamo para la tristeza, yo creo que su contemplación puede ser también mortal para un espíritu dolido. Para él, por ejemplo, que se ha detenido un instante ante el espectáculo en el cielo, y que ahora continúa su andar, con las manos hundidas en los bolsillos del abrigo; él, que pisa las hojas crujientes y sobre su cabeza las ramas dibujan una tétrica textura. Conmemora, tal vez, un encuentro en medio de la oscura ciudad; la tibieza de otras manos, y las carcajadas que, sin pudor, se perdían entre calles anónimas y a punto de amanecer. Ahora retiene en sus pupilas esa explosión celestial que no llegó a compartir; hay amores que antes de alcanzar su apogeo ya se precipitan en el ocaso.
No, hoy no estoy como para contemplar la luna, por eso no la busco, por eso extraigo del fichero de la memoria el recuerdo de un voluntarioso y esplendente azar.
La memoria tiene esa ventaja: clasifica; secciona; recorta; esteriliza; ordena... Uno arroja al interior de esa trituradora el caos y la inestabilidad del diario vivir, para extraer, luego, pulcro, brillante y pulido, un recuerdo a medida.
Tiene esa ventaja, en detrimento de la propia vida.

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9.7.06

Te aviso!


Como la publicación en este blog no solo está regida por la inspiración y la posterior dedicación sino también por las sucesivas interrupciones a las que me debo gracias a mi trabajo (aquello que me permite pagar el servicio ADSL, entre otras cosas), y esto hace irregular su actualización, lo mejor que puedo ofrecerles a mis amigos visitantes es avisarles cada vez que El Ventrílocuo se actualice. Para eso he creado una entrada en la columna de la derecha. Aquellos que me dejen su e-mail, recibirán un correo con el título del nuevo post.

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EL SEÑOR DE LA NOCHE

Cuando crucé, a oscuras, el pasillo que separa la puerta de ingreso del cuarto de la biblioteca, tuve la sensación de que algo había cambiado en la casa vacía.
–No es necesario que enciendas la luz –me alertó una voz en algún lugar del estudio. La luna se colaba por la ventana, fileteaba en plata el perfil de los muebles y destacaba tenuemente los lomos de los libros. La misma luz recortó la figura casi grotesca que se deslizó, en silencio, por encima del espaldar del sillón. En ese momento, recién en ese momento, mi cuerpo se hizo cargo de lo que estaba ocurriendo. Noté el oleaje de mi piel erizándose.
–Si te hace sentir más seguro –me dijo la cosa –podés encender la lámpara del escritorio.
La lámpara sirve únicamente para leer o escribir, no alcanza para despejar las sombras de la habitación, no obstante, la encendí.
–Ponete cómodo. Hacé como que estás en tu casa.
Su voz gutural tenía como un soplido; el silbido del viento en los bosques, que le daba un tono quejumbroso, casi triste. Mientras me sentaba en la butaca frente al escritorio, me atreví a mirarlo. Sentado allí, aún en medio de las sombras, en lo alto del respaldar, como si fuese una gárgola inmemorial, su vista se me hizo insoportable. Los ojos ardían bajo el sombrero de paja y su cuerpo desnudo estaba cubierto por mechas de pelos hirsutos. Reuní como pude la energía necesaria para emitir una pregunta, que sonó como un quejido
–Cómo entró.
Me pareció intuir, bajo el ala del sombrero y el fuego de su mirada, una mueca en afán de sonrisa.
–Deberías saberlo, nada es imposible para el señor de la noche. Bueno, al menos esto de entrar por donde se me antoje…
–Pero… ¿qué es lo que quiere de mí?
–Será mejor que me tutees, nos vamos a sentir más cómodos. Como querer, no quiero nada, ya me has dado suficiente, aunque debo confesar que lo que más valoro es la intención: hoy día, con la cantidad de venenos que le ponen al tabaco, mascarlo hubiese sido un suicidio, así que , como habrás notado, de lo que me dejaste, solo me serví de la miel de yateí. Eso sí, ¡en lugar de tabaco podrías haber incluido un buen cubano! A propósito ¿no tenés nada bueno para fumar ahora?
Le extendí una caja con cigarros dominicanos para que se sirviese y saqué los fósforos de madera del cajón del escritorio. Comenzaba a sentirme más tranquilo. Después de todo –pensé– vivo rodeado de personas tan extrañas y ajenas a mí…
–Está bien –dije, ya con cierta firmeza en la voz. – pero, a qué has venido.
–Me gusta la calidez y la amplitud de tu casa, es un desperdicio que la dejés tan sola. Me gusta el olor del puro impregnado en las paredes; el perfume de la tinta de las revistas que se te caen de la cama; el modo en que las luces de los autos se reflejan como relámpagos en el techo. Podría darte muchos otros motivos por los que vengo, pero creo que el más pertinente, además del deber de ayudarte, es porque estoy aburrido, o desesperanzado quizá. En cuanto a eso de ayudarte; hago un tremendo esfuerzo, porque, la verdad, esa mujer que deseás, tiene las curvas más sinuosas que he visto por el barrio, su piel huele como flores silvestres sin necesidad de artificios ¡y sus ojos! ¡Madrecita! ¡Sus ojos dan ganas de bebérselos! Sí. Sí, amigo, me enciende la sangre, y no sé cómo contenerme muchas veces. Pero no te pongás ansioso, dentro de poco será toda, toda, tuya. Podés darlo por seguro, conozco trucos infalibles.
– ¿Viniste sólo porque estás aburrido?
–Después corregí: desesperanzado, te dije. Cada vez me siento menos de este lugar. Es como que pierdo una batalla todos los días. Ya casi no quedan montes ni bosques que cuidar. Y si bien antes me las arreglaba para castigar y expulsar a los depredadores, ahora vienen en patota, traen sierras a motor, topadoras que en un santiamén desbastan, destruyen, arrasan ¿Para qué? En el mejor de los casos, para cultivar esas semillitas, en el peor, queman, talan irresponsablemente para vender la madera de mis queridos árboles milenarios. ¿Qué soy sin el monte, sin los animales, los pájaros que ahora sueñan la muerte embalsamados o encerrados en jaulas mientras los colores de las plumas se le destiñen en su tristeza? ¿Quién soy si la modernidad ha terminado hasta con las creencias? Porque, como imaginarás, querido amigo, si nadie cree en mí, dejaré de ser. ¿Y las mujeres? ¿A quién le importa quien las embaraza? He perdido hasta el don de preñarlas por adúlteras. Eso no es nada, a veces logran asustarme a mí. Gritan mi nombre en la siesta, desesperadas, gimen, imploran que las doblegue con mi picho mítico, sin ninguna vergüenza. Hace poco me cansé de tirar piedras en el techo de una casa, hasta que, finalmente, sin haber logrado espantar a sus habitantes, entré por la noche, para cobrar mi pieza. ¿Con qué me encontré? Dos monstruos; ni macho ni hembra ¡eran las dos cosas a la vez! Un verdadero espanto. Se me pone la costra de gallina de solo recordarlo.
No, amigo, no. Estoy como perdido en este mundo. Pero aún estás vos, y esta casa que me gusta…
–Sigo sin entender…
–No hay nada que entender, es como la poesía, dejala fluir, no le pidás explicaciones. Lo que más me gusta de tu casa es la biblioteca. Es un buen refugio. Si ya no puedo andar asustando a la gente; si tampoco puedo encontrarme con otros seres como yo porque ni duendes quedan; si cada vez se me hace más difícil proteger a quienes viven del monte, el tiempo se demora, siento cómo el fracaso comienza a envejecerme… Pero eso no es todo: el bochorno más grande lo sufro cuando me confunden con el diablo: me hacen propuestas de pactos escandalosos; se hacen cruces cuando creen que estoy presente; riegan con agua bendita los lugares en los que sospechan que me escondo y tratan de exorcizar a las pocas personas que creen haberme visto encaramado en un techo, o a aquellas mujeres que me dejaron compartir, inocentemente, su lecho y su cuerpo.
A esa altura, la luna entraba con impertinencia e iluminaba su grotesca figura, la adrenalina se diluía; comencé a pensar que, frente a mí, en lugar de una amenaza, tenía a un probable amigo de quién compadecerme.
– ¡No me compadezcas! –Dijo casi gritando y haciendo temblar los cuadros ocultos, como si hubiese leído mi pensamiento –En lugar de eso, podés hacer algo por mí.
–Qué –respondí antes de que continuara.
–Hacerme conocer el mundo al que pronto perteneceré, indefectiblemente.
–Qué mundo
–El de los libros. El de las historias, el de la ficción.

Desperté con la cabeza apoyada sobre el escritorio, la luz de la lámpara aún iluminaba un libro abierto al medio, la luna ya había abandonado el cuarto y se vislumbraba un tenue color rojizo. Amanecía. Estaba solo; en el aire se olía el perfume agrio del tabaco mezclado con un dejo de moho.
Antes de salir a trabajar, hice una selección de los libros que leería en voz alta durante las próximas noches.

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8.7.06

Breve edad

Finaliza el domingo, y aún así, luego de vueltas y vueltas, me resisto a dejar un post breve, de esos llamados a pescar comentarios.

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1.7.06

En caso de que el mundo se desintegre

Un par de noches solitarias, viajando por la ruta 11, por azar, la emisora que cayó en el dial me acompañó con este programa. Para el que no lo conoce, una recomendación de amigo.
En Caso de que el Mundo Se Desintegre - El Cyber Talk Show


>>>> Para Escuchar el último programa.

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30.6.06

TRAZAS 6

No he dicho aún
de la ambivalencia de los abanicos
ni del desprestigio de los vestigios

No he ahondado
en el garabato de las trazas
del ahogado

Ni ejecutado un aria
en el palacio nocturno
del monte quejumbroso

No he escrito
raras melodías gráficas
en honor a tu amor

Ni he jugado
con los sentidos más sentidos
del palpitante corazón

Ni apuestas he jugado
aún sabiéndome ganador

No estaré más que un segundo
en tus retinas

No sabré dónde te has ido
ni si ha sido
por dolor

No tendré esperanzas
me lo prometo hoy
solo certezas de mañanas

No he dicho aún
la última palabra en tecnología
ni en magia ni en rumor

No hay fuego que queme
este fulgor endeble
no hay luz más precisa

No espantaré al pájaro
que canta con su color
en la rama inexistente

No dibujaré
palabras que no estallen
hasta encandilar el sol

No rimaré
no creo que me anime
no lo haré

No buscaré por este medio
que me encuentres
despabilado

No sabré lo que es el sabor
de tus labios mordidos

No libraré batallas
planteadas de antemano
no dejaré de mirar las estrellas

No imaginaré colores neutros
ni he de creer que el mundo
se acaba. Todos los días florece

No he dicho que los vahos
enturbian la belleza
¡nunca lo diré!

No habrá ponzoña
que arrugue
esa melodía iracunda

Ni clamor que me haga claudicar
de los rostros que amaré.
La divinidad me ahoga, la de ellas.

Por las mañanas me levantaré
luego de haber dicho No
tantas veces.

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28.6.06

Una de Jesús

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27.6.06

QUIÉN

No mirarás el reflejo porque la contemplación estallará en miríadas. No volverás sobre los pasos porque la espina se hundirá aún más. No dejarás que el gesto se escape: el poema se burlará.’

¿A quién pertenece la cita? ¿Quién propone un autor, aunque imaginario? ¿Quién arriesga?

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25.6.06

NO DECIR ESTAS BOCAS SON MÍAS


Entonces la boca.
Ajada en su descarnada negligencia de severidad y enturbiada por el color de los cosméticos que no ocultan la armada estrategia de atracción, quizá sonríe, pero no lo sabremos ni aún saboreando la película húmeda de su efectividad. Habrá señuelos más eficaces pero perecederos, y habrá olvidos inmediatos que nos hagan volver a caer al seno sinuoso de la trampa. Porque entre trampas y tramas vive el hombre.
Porque desde el brillo y desde la curvatura se llega a la locura.
Entonces la boca
Besa otra boca como en un juego de espejos y dos lenguas se hablan un código de salivas y arrebatos eléctricos domesticados en la morosa ternura. Un códice de jugos y fervores que aletargan el sentido y abren la marcha hacia el horizonte de la demencia. La demandada demencia.
En esos labios se yerguen los míos ahondando y traduciendo el habla brujeríl de placer de sensualidad táctil y visual. Y en esos recortes del cuerpo quiero ahogarme, en esa invitación dibujada en la primer palabra o en el primer mohín, en la sangre que fluía por los canales ocultos y acelerados de nuestro original roce cuando de puta te pintaste cuando de puta me ensordeciste como una sirena que me ata al palo mayor de mi propio sexo sin necesidad de emitir ningún canto a menos que llamemos canción a los gemidos entrecortados que se abren cuando esas frutas gelatinosas se despegan un segundo para que el aire fluya y me golpee en el vientre.
Entonces las bocas.
Esas bocas locas como abismos que me interrogan ingenuas ¿Qué espero? Qué espero para suicidar la razón y dejar que me arrebaten estereofónicamente.

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23.6.06

Aliento

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22.6.06

ADIOS

Ocultándome
en la jungla de la imagen
Me dije
volviéndome fracción
y allanando el tiempo
Me dije
y volví la mirada con horror
al vacío
‘Me dije
adiós
en el espejo’ (*)


Jorge Alberdi 19/06/2006
(*) JLB

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