La más variada fauna, entre pensamiento, imagen, poesía y erotismo: ¡todo!, en definitiva.

26.12.07

Y YO


Y yo, que florecía en la pendiente de tu espalda mientras la sangre del mordico escribía una ráfaga del deseo calcinado, olía tus ojos que doblaban el espejo y la nada era una ilusión. Contraste áspero de tu gesto entre dolor y placer. El amor se repite en su originalidad. El horror se hastía, se sacia en esa mordedura que arranca flemas aún calientes. Te diste vuelta con la furia de una gata y nos doblegamos hasta que ya no fuimos más que una envoltura de piel conteniendo un volcán. Después, mientras lamía tus pezones ardidos por el solo placer de la gula y nos hundíamos en el sopor, la ventana dejó que entrara la brisa, y con ella nos fuimos a recorrer otros cuerpos.

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19.12.07

TRANSICIÓN

Qué habré dejado caer cuando me sumergí en el día. qué parte de la noche se aplastó contra las hilachas de la madrugada. qué mordedura habré conjurado en la entrevela, en el soplo de la brisa que traicionó el encanto. qué barreras se habrán alzado y qué guardias quedaron colgadas o enganchadas como una molestia en el cepillo de dientes. qué sobredosis de restos diurnos se lavó con la ducha que me trajo desde el otro mundo.

La calle dormía otro sueño, y otro despertar la hollaba, las baldosas escupían su sopor de tormenta mientras un afiche me golpeaba el esternón con un recuerdo intangible. un nombre o el reverso malicioso de un nombre que atropellaba la razón. me dejaba llevar atado por un fino hilo que se quebraría cuando subiese al ascensor y el aroma del café oficinista me abofeteara.

Los papeles rancios, la alfombra rancia, el aire cuajado del encierro. abro la ventana, los pájaros son astillas de un barco fantasma que se hunde con el sol del levante. las sombras dibujan algunos edificios, el sillón espera la ejecución diaria. culpable. culpable de haber abandonado todo. todo aquello que amortajaba el sueño.

Soy tantos que me imagino como una nebulosa.

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16.12.07

OTRO DOMINGO

En un puño aquello que desparramo sobre la mesa. Los pedazos de una vida, pedazos para sumar o restar. Otro domingo, como tantos, con la tentación de ser ese poeta de los días muertos, los días del oprobio. Restos, restos vivos que laten sobre la mesa cada breve e insignificante historia ¿borrarlos? ¿quemarlos en el olvido?, esa excusa perfecta para delimitar un presente permanente. No me parece.
En el puño, una flor se abre como un calidoscopio, y se mueve, y hace al mundo que me rodea, modifica el pasado como en una tirada de dados, le da sentido al futuro. Si hay algo de lo que vale la pena olvidarse, algunas veces, es del presente.

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10.9.07

VISTE CÓMO SON LOS SUEÑOS


Yo te soñé. O vos me soñaste. Quién sabe quién sueña a quién. Es raro, no suelo recordar los sueños, pero anoche estabas allí a esa hora extraña de la madrugada cuando uno se despierta ahogado y se vuelve a dormir. No recuerdo si antes soñé ya con vos. Nos bajábamos de un auto que manejaba un amigo. Lucías rutilante, insolente. Dicen que en los sueños no hay aromas, sin embargo me inundaba el perfume que se difundía desde la piel de tu cuello, yo podía olerte, cerca. Entramos en una construcción extraña, no sé qué hacíamos allí, nuestro amigo caminaba delante de nosotros por un largo pasillo oscuro, que se iluminaba cuando cruzábamos por ventanales que daban a la calle, eso nos permitía mirarnos. Supe enseguida que te habías abandonado al peso dulce de la prohibición y tus dedos, disimuladamente, rozaban los míos cada vez que podías. El pasillo doblaba hacia la izquierda. En algún momento pasé mi mano por tu espalda y vos apoyaste por un segundo la cabeza sobre mi hombro, el cabello acarició mis mejillas como una mariposa nocturna y dejó el polvo de sus alas. Nos fuimos retrasando y en un recodo, en el apuro, mordí tu lengua o tu labio, diste un respingo y trataste de contener la risa, que terminó en una inevitable carcajada que se fue perdiendo con el eco de los pasos. Llegamos a un cuarto que se abría por debajo del nivel del piso. En las paredes colgaban figuras o pinturas de personas que nos miraban. Nos quedamos solos. Viste cómo son los sueños, muy diferentes de la realidad, todo es accesorio pero de una perfección implacable. En el medio de la habitación había una mesa cuadrada y baja, vos te sentaste en uno de los sillones. Llevabas puesto un vestido de una tela liviana, muy suelta. Me paré detrás y acaricié tus hombros para que te relajaras, inclinaste la cabeza hacia atrás y dejaste que despejara tu frente. Así, en esa posición extraña, pude besar tu rostro invertido, muy suavemente, como acariciándote con mi boca, como si ella fuese la mano que se deslizaba hacia delante, por debajo de tu vestido negro. En algún momento estuve sentado a tu lado mirando unas revistas que había sobre la mesa ratona. Buscábamos en las hojas crujientes lo que habíamos venido a buscar, hasta que volvimos a escuchar los pasos de nuestro amigo. Nos preguntó cuándo nos habíamos adelantado y nos quedamos mirándolo risueños, disimulando el temor de que nos haya sorprendido. Agregó que nos apuráramos, que no llegaríamos con lo que nos habíamos propuesto y que ya era tarde. Abrí una puerta que estaba al costado de la biblioteca —en los sueños siempre hay una puerta— y antes de salir escuché tu voz que repetía las palabras escritas en un libro pequeño. Luego tomé un taxi. El chofer me hablaba de fútbol pero yo no quería escucharlo, su voz no me dejaba evocar nuestras manos en el pasillo, el beso rápido en el recodo. Yo quería volver a reconstruir todo el camino que hicimos juntos desde que nos bajamos del auto, tenía la sensación de que si no lo hacía no volvería a verte. El hombre insistía con su equipo local, perjudicado por árbitros dudosos, y yo podía verle los ojos en el espejo retrovisor. A los costados las luces pasaban veloces, la radio emitía más descargas que música. Mi recuerdo volvía a iniciarse como si fuese una película que a medida que la repetía las imágenes se gastaban, perdían definición y color. Por fin llegué a una estación de trenes. Viste cómo son los sueños. La estación estaba muy iluminada, limpia, y el tren estaba a punto de partir. Me senté en uno de los asientos y el chofer del taxi, que me había seguido por la plataforma, se asomó en la ventana para ofrecerme el boleto. Le pagué con unas monedas de colección que había tomado de la biblioteca, un rato antes. La máquina comenzó a moverse y a arrastrar los vagones, primero lentamente. Cuando cobró velocidad miré por la ventanilla, la ciudad había quedado atrás, el campo estaba cubierto por la luminosidad de una gigantesca luna, inmaculada. Intuí algunos animales que dormían acurrucados. El coche se hamacaba y de a poco me fui durmiendo y, quizá, entrando en otro sueño, no lo sé. Uno nunca sabe cuándo está soñando y cuándo está despierto. El día me sorprendió con el frío. Recuperé mi posición de sentado. Por la ventana comencé a distinguir las primeras casuchas de un barrio humilde, a lo lejos, entre la bruma y el humo, se veían las sombras de los edificios. El tren fue disminuyendo la marcha hasta que entró en otra estación. No alcancé a distinguir el nombre en el cartel. Finalmente se detuvo. Nadie bajó, salvo yo. El aire era fresco y corría un viento suave del este. En el andén, debajo de la galería, sentada en un banco, estabas con tu vestido de fiesta negro, los brazos cruzados sobre el pecho tratando de protegerte del frío, esperándome. Me paré delante tuyo y levantaste la cabeza, sonreíste. Viste cómo son los sueños; uno entra y sale y las cosas cambian o son las mismas. Uno quisiera que la vida fuese como un sueño y al final del día dudamos si no lo es. Acaricié tu rostro con la punta de mis dedos, hasta llegar a tu boca, me mirabas, te miraba, y recordé que en el tren había soñado que me despertaba en mi cuarto de siempre; que la ventana de la habitación estaba abierta; que el viento de la mañana agitaba apenas la cortina blanca como un fantasma tímido pero señorial, un sereno vigilante de las riberas sinuosas entre uno y otro plano; que me levantaba y me miraba en el espejo, quitaba de la cara un polvillo extraño y luego me bañaba; que preparaba el café y después salía a la calle, rumbo al trabajo, con el perfume tuyo impregnado en mis manos, un resabio frutal en la boca y un boleto arrugado en el bolsillo, aún sin uso.

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31.5.07

Recordarse

Si se derrama una muerte pequeña y rudimentaria sobre el perfil confuso del horizonte y se incendia para apagarse la tarde que ha demolido esa rara especia de confabulación y destino, de azar y determinismo. Si se derrama en el olvido es porque está obligada a recordarse, a recordarse ilustre un día de otoño previo a la noche en la que, oscuros y anónimos, en una calle cualquiera, nos rozamos, apenas.

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13.5.07

CIENCIA FICCIÓN

“Cuando las últimas y relucientes naves se elevaron, atronadoramente, hacia el abismo de ese destino virgen, lleno de cálidas promesas, la profecía bíblica se cumplió: los desposeídos heredaron la Tierra. Un planeta estéril, envenenado, ardiente y agonizante; un mendrugo”.

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12.12.06

Noctámbulos de día

Como si solo hubiese sido una excusa de noctámbulos.
Como si de madrigueras se tratase, nido abisal, fobia solar o deseo de la sombra.
Pero ella no volvía por las noches porque se quedaba preparando tortas y postres, se dormía tarde, cuando ya las tristezas amanecían.
La esperó cada plenilunio, cada noche más noche, cuando la tormenta crea fantasmas instantáneos, inútiles.
Finalmente, en una encrucijada de la gran ciudad, la vio cruzar apresurada, el semáforo en amarillo, su falda levantada por una ventisca fría. La mirada y del deseo se perdieron en la puerta del bar. Poco le costó estacionar y caminar, con los dientes apretados y los ojos entrecerrados hasta allí, abrir la puerta, desensillar el abrigo, embriagarse con el olor del café matinal, sentarse frente a ella, que lo miró casi como una interrogación.
Los amores prohibidos no suelen ser tan nocturnos, el día prodiga oscuridades sedosas.

(Como eco del post de Noemí: La Vida en lo Oscuro)

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4.12.06

EL MAR ATARDECE


No había olor a mar, por más que el viento, o la brisa apenas fría, nos arañara la piel.
Alicia miraba lejos, con los ojos entrecerrados, el horizonte cansino de la tarde. Yo la miraba a ella y a su mirada, y buscaba, en esa nueva pátina, esa película también acuosa, de un color indefinido entre el azul acero y el verde, otro horizonte. Su rostro apenas coloreado por el sol que se había situado, con cierta pereza, a nuestras espaldas, acompañaba esa mirada que quería ahogarse en el mar. Seria, apenas con un temblor que daba cuenta de sus pensamientos (que no eran para mí), un breve gesto que rompía la lasitud de esa piel naturalmente dorada, dejaba que algunos rizos jugaran sobre la frente amplia y se estiraran como si fuesen lacios.
La playa estaba casi vacía
—Pinamar parece un pueblo fantasma en esta época del año —dije, como para robarle algo de protagonismo al silencio.
Entonces ella se acordó de dónde estábamos y me miró. Yo sabía que detrás de mí, el telón de fondo eran esos majestuosos hoteles, la luminosidad que declinaba en el aire límpido, unas callecitas que subían y se perdían enseguida, los techos de algunos chalets de lujo, los pocos que podían verse desde ese lugar. Más atrás las puntas de los pinares, eucaliptos flacos y altos, y los edificios de departamentos vacíos con sus muebles tapados con sábanas viejas; las alacenas llenas de utensilios y envases de comida, copas, platos de diversos colores; las persianas bajas.
Su rostro alargado, como remate del largo y elegante cuello, aún mantenía la tersura de la adolescencia. Nadie le daría a esta mujer la edad que tiene, pensé, quizá por eso me atrae con la misma fuerza que cuando la conocí. Estuvo unos segundos mirándome, o mirando el pasado, sacándome de foco y eligiendo la profundidad, después volvió la cabeza hacia el mar que comenzaba a oscurecer, al igual que sus ojos.
—Lo prefiero así —agregó —lleno de fantasmas…
Supe que mi comentario había sido un error. Finalmente una sombra tomaba cuerpo en la palabra.
No volví a interrumpirla, dejé que mis ojos se extasiaran con los detalles de su cuerpo como si fuera otro hito del paisaje sinuoso y fluido. La blusa suave y sin mangas copiaba las transformaciones de la piel; dos pequeños volcanes, amenazantes, emergieron desde sus pechos; la brisa era, ahora, más fría. Cruzó los brazos en un intento de abrigarse. En algún momento, cuando el horizonte ya se fundía definitivamente con la oscuridad, pegó su cuerpo al mío e inclinó la cabeza sobre mi hombro. El mar comenzó a agitarse, pero dentro de mí, transformándome en un maremoto. ¡Cuántas vistas cuántos mares cuántos atardeceres así deseé con ella! Ahora que la tibieza y el peso del cuerpo adosado comenzaban a ramificarse como una enfermedad, tuve plena conciencia de que ese era, tal vez, mi momento. Quizá el mar me recompensaba de frustraciones y esperas devolviéndome un fruto, una perla tersa, de brillos satinados y sedosos.
Como una voz imperiosa percibí la demanda de Alicia de un abrazo generoso. Una estrella fugaz rasgó la noche uniendo cielo y agua. Entreví una señal justo en el instante en que estaba por claudicar ahíto de gozo.

No la abracé esa noche, ni la besé.
Nadie podría hacerlo y ocupar el lugar de un fantasma sin devenir en otra sombra.

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29.8.06

Esas Raras Enfermedades Nuevas

Males opuestos con perjuicios semejantes.
Pedro padecía hiperpenis, una rara enfermedad que hacía que su pene, erguido en toda su potencia, al entrar en contacto con la mucosa vaginal, por una indeseable reacción alérgica, acrecentase tres veces su tamaño normal, tanto a lo largo como a lo ancho. Salvo contadas, y descalificadas, excepciones, ninguna mujer toleraba semejante desmesura, por más que en el imaginario popular esto esté desmentido. Pedro estaba condenado a relaciones por vía anal o, eventualmente, al uso de doble condón, porque el más mínimo contacto desencadenaba la terrorífica inflación. Esto último le anulaba toda sensibilidad, y lo primero lo hundía en un mar de culpas; es que Pedro era un hombre muy religioso, con lo cual, en ninguno de los casos lograba una verdadera satisfacción.
Pablo, en las antípodas, sufría de hipopenis. Caprichosa afección que hacía que su miembro viril, literalmente, se arrugase y escondiese por completo apenas lo acercara al flujo vaginal. Le quedaban las mismas alternativas que a Pedro, pero qué mujer que se precie aceptaría así, sin más, ni menos, tan mezquino intercambio.
Pedro y Pablo se conocieron en lo del médico, mejor dicho, en la sala de espera de un consultorio. Entablaron conversación porque ambos mataban la espera coincidiendo en la lectura de un trópico de Henry Miller.
Solían encontrarse y tomar algunas copas juntos. A pesar de esto, ninguno había confiado al otro el motivo de su concurrencia al especialista y las horas se les pasaban, entre brindis y brindis, en medio de relatos de lujuriosas hazañas.
Por las noches, cada cual en su cama, con un estremecimiento, recibía complaciente la visita de Onán.

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26.8.06

Dos x Uno

Sueño.
Soñé que me levantaba y que estabas esperándome dormida, que me acercaba y te besaba para despertarte, pero no estaba en tus sueños.

***

Escena.
El hombre le daba con un palo a la mujer. Ella respondía de igual manera.
La mesa: servida; los hijos: hambrientos.

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22.7.06

ARTIFICIO DE LA MEMORIA

El frío amenaza las tiernas plantas, las hierbas que aún verdean después del verano. No dan ganas de nada, y el aliento se manifiesta como un mensajero de otra realidad, o de otro tiempo; un fantasma, que podría ser un rostro desdibujándose que nuestro espíritu no termina de conjurar.
Evito esta noche mirar el cielo, no quiero ver las formas de la luna, no quiero saber si su ciclo ya se cumplió, prefiero entregarme al llamado interno de un despliegue de luces que me ahoga los ojos de nostalgia.
Es curioso lo que ocurre con los fuegos artificiales; significan un evento particular para las personas que los lanzan al cielo, pero esas efímeras luces se ven desde muy lejos y encuentran los ojos de desconocidos que por azar, o por voluntad, alzaron la cabeza hacia la noche. Escenas mudas. Una coreografía resplandeciente que en lo alto opaca las verdaderas estrellas. Surge un hongo, desde un único punto y como una huidiza red de colores se tejen las vanas figuras.
A aquellos seres encandilados con el espectáculo, los une un asombro, y ese haz de pensamientos breves como las trazas en el cielo, que se dispara en múltiples direcciones.
La belleza, dicen, es un bálsamo para la tristeza, yo creo que su contemplación puede ser también mortal para un espíritu dolido. Para él, por ejemplo, que se ha detenido un instante ante el espectáculo en el cielo, y que ahora continúa su andar, con las manos hundidas en los bolsillos del abrigo; él, que pisa las hojas crujientes y sobre su cabeza las ramas dibujan una tétrica textura. Conmemora, tal vez, un encuentro en medio de la oscura ciudad; la tibieza de otras manos, y las carcajadas que, sin pudor, se perdían entre calles anónimas y a punto de amanecer. Ahora retiene en sus pupilas esa explosión celestial que no llegó a compartir; hay amores que antes de alcanzar su apogeo ya se precipitan en el ocaso.
No, hoy no estoy como para contemplar la luna, por eso no la busco, por eso extraigo del fichero de la memoria el recuerdo de un voluntarioso y esplendente azar.
La memoria tiene esa ventaja: clasifica; secciona; recorta; esteriliza; ordena... Uno arroja al interior de esa trituradora el caos y la inestabilidad del diario vivir, para extraer, luego, pulcro, brillante y pulido, un recuerdo a medida.
Tiene esa ventaja, en detrimento de la propia vida.

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16.5.06

CONTACTO VIRTUAL


Amplié la sombra de su rostro en la fotografía, oscuridad que proyectaba en parte sus cabellos, y los difusos bits me mostraron otra sombra. Tuve un estremecimiento. Lo que creí sus pestañas tenían la apariencia perturbadora de una araña, y sus labios, textura rasgada que se ofrecía apetitosa, eran como la superficie de Marte. Las redondeces delicadas de los pómulos, ampliadas así por obra de la tecnología, cobraban su verdadera realidad ósea. No me atreví a bajar por el elegante cuello. Cerré el correo, y ya nunca respondí a sus insinuantes mensajes.

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9.4.06

Abrí una botella

Abrí una botella de Syrah Merlot. De una calidad media, como para el asado del domingo, no para la copa de sobremesa, la que me acompaña en la noche, mientras fumo el puro, o me dejo llevar por las palabras. Esto me permitió no cometer el sacrilegio de tomar un buen vaso con soda. Quiero decir: pude hacerlo sin culpa. Siempre que compartimos algún evento familiar, suele aparecer quien se horroriza porque la tía le mandó un chorro de agua con gas al cabernet gran reserva (generalmente es un nuevo yerno que quiere impresionar a la parentela). La verdad es que a ciertos vinos no les queda agregarles nada más que el buen momento, la compañía, la charla o la meditación, pero también es cierto que hay una bebida argentina inigualable a la hora de calmar la sed; el vino con soda. Hoy, la sed que me propició la cercanía con la parrilla, no me hubiese permitido disfrutar plenamente del líquido divino si antes no me hubiese mandado ese buen vaso de sangre degradada.
El tema del vino comienza a aburrirme desde el momento en que una agresiva estrategia de ventas (contexto mientras escribo: bajé ocho versiones diferentes de ‘When A Man Loves A Woman’ y las estoy escuchando una tras otra, como si fuesen canciones diferentes: me fascina la variedad) lo instala como moda y lo frivoliza. He visto a niños pequeños leer la etiqueta trasera de las botellas en las góndolas de los supermercados, recitándolas como poemas de actos escolares. Aunque debo decir que soy socio de una parte de dicha estrategia: lejos de alentar la toma de posiciones por un varietal o por otro, la publicidad alienta a inclinarse por variedad y novedad –por obvias razones de ventas–. En eso estamos de acuerdo: nada de encasillarse con el bravío cabernet sauvignon, o defender a muerte nuestro tan afamado malbec. Eso de que el merlot es para putos es de sibaritas de cuarta, que además hablan mal de los putos (aquí es donde no sé si es una degradación del varietal o una manifestación de intolerancia sexual). Me recuerda a otro mito argentino; el mejor espumante es el más seco (y ya que estamos con el tema del sexo: lo beben los bien machos ¡carajo!), mientras que el dulce es para las mujeres y es de menor calidad. El mercado ha sabido sacar provecho de esta ignorancia y ha levantado los precios de los más secos (aunque el costo de producción de unos y otros sea el mismo, porque –no lo duden– es el mismo vino), e incluso ha creado etiquetas acorde (los espumantes ultra extra súper recontra secos).
Otra cosa es el tipo de vino; están los fanáticos del tinto; los que toman blanco (de vuelta podemos regodearnos con nuestras benditas asociaciones prejuiciosas: adivinen quiénes beben vinos blancos...) y los que degustan un buen rosado (también virilmente sospechosos). En mi caso, me ocurre como con las mujeres. Mi primer matrimonio duró hasta que ella, que me celaba solamente de las rubias, descubrió este particular paralelismo. Aprecio un buen tinto, en su infinita gama de varietales y cortes, pero no desdeño la frescura y la fragancia de los diversos blancos y, cada tanto, me regocijo con el equilibrio entre taciturno y festivo de un gran rosado. Eso sí, si tengo que elegir entre un vino muy añejo y uno joven, me quedo con el último, como con las mujeres...

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