La más variada fauna, entre pensamiento, imagen, poesía y erotismo: ¡todo!, en definitiva.

2.4.08

LUPE, amor a primera lectura

Fue un chiste. Un breve comentario en respuesta a un post que arremetía contra el amor a primera vista. Una opinión rápida en el blog. Sin embargo, esa efímera marca en el post de la blogger desató el recuerdo de Guadalupe, la gallega, que habiendo estado sumergida en un olvido culposo emergió a la superficie como un cachetazo.
Es curioso como trabaja nuestra cabecita; cuando uno cree que puede lanzar las palabras así porque sí, sin consecuencias, generalmente, se está equivocando. ¿Hay azar; abandono, o destino? ¿Es cierto que el universo no es caos sino una articulada red de nexos de la cual solo percibimos una mezquina muestra gratis? Y en ese somos lo que leemos, o somos lo que escribimos ¿cómo se teje este universo?: con entradas y salidas de esa malla sin espacio ni tiempo.
Hace unos cuantos años trabajé en una empresa estatal y entre mis compañeros había uno con quien, por sensibilidad artística, llegamos a ser amigos. Pablo decidió un día de esos malos muy malos que solemos tener en Argentina cada dos por tres —o mejor: cada tres por dos—, alcanzar mejor suerte en España. Solicitó el beneficio de una licencia sin goce de sueldo por tres meses, y partió con su Pentax 1000 y un amigo fotógrafo. Su primer destino era Palmas de Mallorca.
Tres meses después se reincorporó al trabajo, pero era otra persona. Había vuelto para ultimar detalles, dijo. Tenía que arreglar algunas cuestiones de negocios que compartía con un hermano y un primo. Su idea era vender todo lo que tenía y volverse a la península, había conocido a una muchacha a la que le prometió regresar. A pesar de que no era una persona de enamoramientos repentinos, ni de relaciones duraderas con las mujeres, le creí. A fuerza de su propio entusiasmo, le creí.
Conocí a Guadalupe en unas logradas fotos en blanco y negro, fiel al estilo de Pablo, que odiaba las fotos en colores. El impacto de la imagen es muy fuerte, y uno llega a entender ese mito del enamoramiento a primera vista. Guadalupe era una chica que había salido de la adolescencia y transmitía toda la belleza y la frescura que se puede transmitir a los veinte años. Rotunda cabellera que enmarcaba un rostro con una leve tendencia a la cuadratura; frente despejada y grandes ojos, mirada de lago transparente; boca larga, acostumbrada a la sonrisa franca.

Leer Completo

Pablo fue reconstruyendo, en nuestros interminables viajes al interior de la provincia de Santa Fe, el derrotero de su estadía en España; cómo la conoció, los lugares por donde encaminaron sus pasos antes de llegar a una ciudad cerca de Barcelona, —donde pasó los últimos días antes de volverse al país— en casa de sus padres. A la semana llegó la primera carta, que Pablo leyó y releyó mientras trataba de acelerar los trámites de la venta del auto y esperaba la cancelación de un préstamo que había hecho a su primo. Me fue leyendo fragmentos, hasta que finalmente me dio la carta para que la leyera completa. Nunca había pasado por algo así; acceder, sin más, a la intimidad de una escritura dirigida a otro. Al principio me ganó la incomodidad, una repentina vergüenza hacía que demorara en zambullirme en la lectura, pero mi amigo insistía de tal manera que temí que tomase como un desaire mi inicial negativa; Guadalupe era su orgullo personal.
Si dije que el impacto de una imagen es muy fuerte, no tienen idea de lo que me provocó recorrer esa grafía azul, esas palabras, una tras otras, en perfecto dibujo, con una leve inclinación hacia delante. A esa edad ya había intercambiado cartas con unas cuantas amigas, y sabía qué podía esperar de una epístola amorosa. En realidad, casi todas se parecen, pegoteadas y perfumadas, llenas de signos que pretenden transmitir o exagerar expresiones; sentimientos; ahogos; deseos. Había una diferencia desde el inicio en la carta de Guadalupe; el texto estaba formulado desde otro lugar, no abordaba la cuestión sentimental directamente. Unos cuantos rodeos narrativos bien construidos; descripciones precisas de los días posteriores a la partida de Pablo, las actividades cotidianas y el color que le imprimía un estado de ánimo entre la pérdida y la espera. No había amontonamiento; el orden de la narración y de los argumentos era tan preciso como cada palabra redondeada por la lapicera fuente. La impresión que me causó fue que escribía tan naturalmente como (yo sospechaba) se reía o caminaba por entre las viñas del Penedès.
Pronto llegó la segunda carta, y Pablo aún no había respondido a la primera. La historia volvía a repetirse: me leía algunos fragmentos y trataba de proporcionarme el contexto necesario para que yo me hiciese una idea más precisa. Finalmente me entregó el papel para que lo leyera. Con un poco más de confianza, casi como un hábito, recorrí el derrotero de la letra de Guadalupe que, al final, se animaba a preguntarle por qué no le había respondido. Creo que un grafólogo hubiese registrado esa casi imperceptible claudicación gráfica de la última frase y hubiese interpretado una primera angustia. Una a que se aplastaba más de lo normal, una l que se caía demasiado hacia la derecha, la falta del punto final, apenas estas imperfecciones delataban que la carta fue escrita solo para poder expresar esa último interrogante.
Le pregunté por qué no había contestado. Luego de algunas excusas insostenibles, terminó pidiéndome que le ayudase a contestar. La escritura de Guadalupe lo intimidaba; una cosa era ella y otra cómo escribía. Pablo estaba al tanto de mi vocación inicial de escritor, creyó que podría ayudarle en algo que él no manejaba tan diestramente como ella.
–No– dije – no escribiré la respuesta que solo vos debés dar.
Lo orienté, eso sí, en cómo estructurarla; le di algunas ideas, revisé el resultado final, corregí algunos errores ortográficos, transcribí el manuscrito a un procesador de textos, y eso fue todo.
El diálogo epistolar se fue sucediendo; ella escribía con su maravillosa letra, desgranaba en cada carta la compleja amplitud de su persona y él contestaba escuetamente las impresiones del procesador. Generalmente salíamos por la mañana, pasábamos por el correo a revisar su casilla postal, si eventualmente nos esperaba una carta la leíamos y releíamos durante el trayecto hacia el lugar a donde debíamos ir ese día. De a poco comenzó a transformarse más en una espera mía que en una de Pablo.
Los costos postales a España eran elevados, y el tiempo que transcurría entre una y otra carta no eran acordes a la ansiedad de los enamorados por lo que, frecuentemente, la comunicación comenzó a transitar por el incipiente correo electrónico. No obstante, para Guadalupe esto no era más que un sucedáneo: no dejaba de enviar su semanal carta manuscrita detallando todo lo que había vivido durante los últimos días, y opinando sobre esos mismos acontecimientos.
En una ocasión, Pablo retiró su correspondencia y, mientras abría otros sobres personales, me extendió la carta cerrada aún de la gallega –como le decíamos– para que la fuese leyendo. Noté que me temblaba el pulso mientras desdoblaba esas hojas crujientes y las manos se me humedecían a medida que recorría con gula desconocida cada una de las frases que aparecían ante mis ojos. Ese día le pedí a mi amigo que no me diese más a leer sus cartas. Me miró extrañado y no sé cómo pude esconder el rubor que me crecía desde el vientre. Argüí que no me parecía adecuado que yo estuviese metido permanentemente en su intimidad. No sé si lo creyó. Lo cierto es que dejó de hacerlo y solo se limitó a contarme, cuando recibía correspondencia, algunos aspectos de la misma.
De a poco Pablo fue sucumbiendo a su vida habitual, tuvo oportunidad de vender su automóvil pero le pareció que no hacía buen negocio y postergó la venta con el fin de obtener un mejor valor. Volvió a sus salidas habituales, a recorrer la noche con sus amigos de siempre. El ímpetu que tenía al principio fue mermando y noté que su proyecto de volverse a España declinaba día tras día. Las cartas seguían llegando, pero ya casi no las respondía, o se limitaba a unas pocas palabras por e-mail.
Un día me dijo que quizá le convenía esperar un año antes de volver, que se le había presentado una oportunidad de hacer un par de negocios que le redituarían buen dinero en poco tiempo; que eso le permitiría llevar mayor capital e instalarse más cómodamente en España.
Comencé a acuciarlo para que respondiese a las cartas de Guadalupe; que la mina, me parecía, no era para perderla; que si había estado tan bien con ella no aflojara ahora.
Finalmente comenzó a salir con una amiga de su primo y me confesó que no sabía cómo cortar con Guadalupe sin dañarla, y reafirmar la convención europea de que el argentino es un charlatán, un ilusionista canalla. En realidad lo último lo agregué yo, a Pablo poco le importaba lo que pensaran de los argentinos.
Insistí en si estaba seguro de lo que decía. Le recordé letra por letra, palabra por palabra, lo que me había vertido cuando volvió, pero el fuego estaba extinto, y no le parecía que ella debiera seguir en esa espera, que no lo merecía, pero tampoco encontraba el modo de decírselo. Me entregó su última carta por si quería leerla. La leí con la avidez del adicto. El texto de Guadalupe ya tenía algo de impersonal, como si presintiera la ruptura y entonces no se jugara por entera. Me dolió la neutralidad, como si estuviese dirigida a mí. Aún así, seguía trasluciendo a una mujer esplendorosa.
Cuando finalmente tuve el convencimiento de que mi amigo hablaba en serio (lo hice muy rápidamente), me ofrecí a hacerle el servicio; a ir cortando por él la relación, del mejor modo posible, si me autorizaba a utilizar su cuenta de correos para escribirle yo a la gallega. Me miró de reojo, con un esbozo de sonrisa torcida, como si todo el tiempo hubiese estado leyendo mis más ocultos sentimientos, y me dio su aprobación.
Me planté delante de la destartalada PC, la miré fijo (como ahora que no encuentro las palabras adecuadas) y volví a cerrar el correo sin animarme a nada. Me levanté, fui al baño, refregué mi cara con el agua fría y volví al escritorio. En el trayecto desde el baño ensayé mentalmente un par de introducciones. Me costaron sangre las primeras dos frases, y luego fui soltándome y soltándome hasta olvidarme del mundo. Cuando reaccioné había escrito lo que serían unas tres carillas de una A4. Fui poniendo en el campo del destinatario, letra por letra, lentamente, la dirección del e-mail de Guadalupe. Estuve a punto de cancelar y borrar todo, pero no lo hice: pulsé enviar, y apagué la máquina. Cuando salí a la calle, pesaba veinte kilos menos, y llevaba una calma que podría equipararse a la felicidad, pero sabía que no lo era. Me senté en la mesa de un bar a la calle y pedí una cerveza, me levanté a la hora de cenar; ya en el departamento me duché y me fui a la cama con un libro del cual no pude leer ni una sola página. Me dormí con el ronroneo del ventilador.
Al día siguiente, en cuanto tuve un momento libre, consulté el correo de Pablo, había un mensaje, una respuesta en la bandeja de entrada. El mundillo de la oficina rechinaba, pero una burbuja me protegía contra todos los males de este mundo. Estuve paralizado unos cuantos minutos, mirando el blanco de la pantalla como un catatónico, hasta que me animé a abrir el archivo. El mensaje era breve, lo recuerdo bien, decía algo así como:
Dicen que todos los gatos son pardos en la oscuridad. Siempre dudé de esta sentencia absurda. Si fuese así, no podría darme cuenta si el que me besa en la noche es mi hombre, sin embargo aún ciega podría diferenciar el grado de salobridad de los labios y la morosidad y textura de la lengua de Pablo. No sé que lamentable desliz ocurrió aquí, ni quiero imaginarlo porque la intuición del error se transformaría en horror. De algo estoy segura: no eres Pablo. Y si él tiene alguna responsabilidad en esto, no creo merecerlo. Lamentable.”
Sentí ganas de morirme. Como si la tuviese sentada adelante, con los ojos llorosos pero duros en su dignidad, mirándome, dejando que me cayese al abismo en esa mirada que no juzga, sólo pregunta. Miré hacia ambos lados, para ver si alguien se había percatado de mi turbación, pero el mundo es impermeable a estas emociones. Por suerte Pablo estaba en otro sector y no lo vería hasta el día siguiente. No me hubiese atrevido a contarle. Quería estar solo, mordiéndome la lengua como si en lugar de escribir hubiese hablado y hubiese dicho las palabras que no debía.
Borré el mensaje, y evité todo contacto humano durante el resto del día. Era viernes, eso me daba un par de días para ahogarme en mi duelo personal. El lunes no estaba mejor, seguía pesándome la culpa como la vez que rompí un objeto muy querido por mi madre y me las ingenié para que culparan a mi hermana.
El martes me animé a redactar un par de líneas en las que decía algo así como que no culpara a Pablo, que había sido un abuso de confianza de mi parte, que mi nombre era Jorge y que me sentía espantosamente mal. Insistí con una endeble disculpa. La escribí desde mi cuenta de e-mail.
En los días que siguieron, consulté la casilla como un poseso, pero no recibí respuesta alguna.
Una semana después, luego de leer y releer su última carta hasta desdibujar las palabras, y de intentar por todos los medios de aceptar que lo nuestro no tenía siquiera un principio; que, en todo caso, había comenzado con el final, intenté redactar mi primer envío postal. Fue a principios de marzo. Al trabajo le sumé las horas de cátedra en la facultad y el tiempo que me demandaban algunos amores fugaces, sin embargo, al final de cada jornada, cansado y vacío, volvía sobre las hojas borroneadas, tachadas y corregidas mil veces. A la luz extenuada de una lámpara buscaba con mi torpe grafía establecer un lazo argumentativo que me colocara de pie ante Guadalupe, y hasta con un toque de dignidad.
Llegó el mes de julio; una noche en la que la desesperación, el hastío y el humo me pusieron frente a un espejo real, rompí esos inútiles papeles acopiados que nunca cruzarían el mar. Rendí dos prácticos en la facultad que ya tenía preparados y me tomé un par de semanas de licencia en el trabajo. Subí a un colectivo que me llevó al pié de la cordillera. Me esperaba un amigo mendocino. Juntos recorrimos los casi trescientos kilómetros hasta el Cañón del Atuel, donde él tenía una modesta cabaña. Nada mejor que la naturaleza y la charla sincera de un amigo para cerrar heridas. El paisaje frío se fue metiendo cálidamente en mi espíritu, los nervios de la indiferencia selectiva parecían recobrar su vieja frescura. Solo quedaba volver.
En la soledad del regreso, quizá como una respuesta de la noche cerrada que retrocedía velozmente detrás de la ventanilla, volví a pensar en la gallega y en un par de segundos pasaron ante mí, en puro estado crítico, los últimos meses de mi vida. Tuve dos certezas: la conciencia lúcida y tranquila de la vergüenza, y la decisión de acercarme a esa lejana muchacha de la cual, casi inexplicablemente, estaba enamorado.

Esta vez no me enredé en tontos juegos de excusas y artilugios que hablaran de mí. Me limité a redactar los recientes días en el Cañón. Sería el paisaje o la escritura quienes realmente hablasen de mí. Después de todo, conocí a Lupe no tanto por lo que escribía de sí como por lo que simplemente escribía.
Era el Atuel, que corría encajonado, rápido, entre la pared rojiza y amarilla, a la sombra de esas esculturas que el viento supo tallar, quien se expresaba en esas palabras que cruzarían, esta vez sí, el océano con un destino de mujer.
Nada de correo electrónico; describí prolijamente mi itinerario reciente, doblé las hojas escritas y las metí en un sobre de manila y anoté la dirección de Guadalupe.
Una semana después, la noche me sorprendió garabateando sobre el papel una calleja oscura de Rosario por la que yo subía, solo, mientras unos gatos anónimos se escabullían entre las sombras. Al llegar a una esquina, desde un bar apenas anunciado me llegaban los acordes de un blues que se codeaba con un tango. Nunca me gustó el tango, pero algunas veces una nota me llega hasta lo más profundo. Allí me detengo y me dejo llevar por esa llaga que me dice del paso implacable del tiempo sobre la belleza humana. Después, con un gesto, me sacudo la nostalgia que se me ha pegado y me pregunto cómo me afectaría esa música casi aborrecida, que sin embargo es naturaleza, si yo viviese en otro país, lejos de estas calles con su empedrado de escamas relucientes, sus escenarios vacíos y llenos de magia, las mesas de amigos perdidos en la madrugada entre risas explosivas y confesiones melancólicas. En el bar me esperaban los bebedores de siempre, los enamorados de las historias de asesinos canallas; de mujeres de piernas largas y caderas sinuosas como un lugar común, mujeres de miradas líquidas; comentadores de versos de poetas inexistentes de tan desconocidos. Conversaciones que, luego, en la soledad de mi departamento reñían con la hoja en blanco que se entregaba de a poco, se desvestía mansamente, no ya incitada por la música sino por la letra que se apilaba y desgranaba.
A la semana siguiente, el sobre se llevó a España un camino de tierra en medio del campo, los juegos tempranos de la mañana que reverberaba en la laguna donde las vacas hundían sus pezuñas y el hornero amasaba el barro para su nido, el polvo que levantaba la camioneta y entraba por la ventanilla junto con el frescor. El pequeño pueblo, que se insinuaba en los bordes, con algunas casas derruidas al costado del sembradío de maíz, las paredes de ladrillo carcomido por los años y ganadas por el palán palán, el techo ya sin chapas pero con algunos tirantes de palo que aún resistían la intemperie y conformaban el esqueleto. El local en la esquina pobre y vieja, en cuyo cartel aún se leía ‘almacén de ramos generales’ como intentando resistir al anacronismo; la plaza con los árboles grandes y frondosos y sus caminos sin pavimentar, recorrida por algunos chicos con guardapolvos blancos que llegaban tarde al colegio. En frente la iglesia con su cúpula de ladrillo a la vista y una campana fundida a principios del siglo pasado, y después, casi por el medio del pueblo, las vías oxidadas, olvidadas del paso de los monstruos de hierro y la estación, la gloriosa estación de trenes, ahora convertida en una dependencia municipal más; una calle pavimentada, signo del último intento de acompañar a una época pujante que se diluyó con la esperanza del país, autos estacionados con las ventanillas abiertas, un tractor aún en marcha. Los arbolitos prolijos, con los troncos pintados con cal; baldíos desmalezados por el picado de la tarde y del sábado; algunas casas más nuevas, de los propietarios de los campos, con diseños encargados a arquitectos, hijos que se recibieron en Rosario o en Buenos Aires pero nunca más volvieron al pueblo. A la salida hay un barrio nuevo, de unas diez casas iguales, con patios abiertos y la ropa ya tendida, blanqueándose al sol, señal de las buenas relaciones del presidente de la comuna con el gobernador. Olor a leña quemada, a panadería.
Otra semana traté de describir un altillo nocturno habitado por murciélagos y otra el color del agua del río Paraná, visto desde la barranca de San Lorenzo, con sus botes; las islas de todos pero que son de Entre Ríos; los pescadores que ya han hecho su día y acomodan sus bártulos mientras aún coletea un agonizante dorado en el fondo del bote ‘hace unos años se sacaban hasta pacuses aquí, ahora apenas algunas boguitas y unos dorados chicos, no es lo mismo, pero alcanza’. El tableteo de un motor que se acerca, o la estela de una moto de agua que cruza en diagonal y contra la corriente.
Semana a semana, todas aquellas cosas que me rodeaban, que hacían a mi vida diaria, algunas importantes y otras insignificantes, fui llevándolas a la letra y ensobrándolas con destino a España. Al principio esperé, con cierta ansiedad, una respuesta que no llegó. Quizá ya no vivía más en Vilafranca; en algunas de las cartas mencionaba viajes cortos relacionados con sus estudios. Quizá los sobres eran arrojados a la basura o rotos sin ser leídos apenas llegados. Estuve tentado de pedirle todas las otras cartas a Pablo, para buscar allí alguna señal, algo que había pasado por alto y que apuntalase la hipótesis de la mudanza. Casi desisto, pero por un acto reflejo seguí enviando los sobres periódicamente. Con el tiempo dejé de pensar en la respuesta, incluso dejé de pensar en el destino de lo que escribía y me limité a narrar, como si en lugar de escribir para ella, lo hiciese para mí. Así se escribe un libro, pensé.
Actos de mi vida que me parecían interesantes; objetos que veía en un museo o en una galería; el hallazgo de un libro en una librería de usados; el palimpsesto contra la pared en una calle cortada luego de unas elecciones municipales; la sucesión de la floración de las especies autóctonas y un apartado especial para la flora importada de Europa; una morosa clasificación de los gatos callejeros según la tersura y luminosidad de su pelaje; el registro desordenado de la intertextualidad en la literatura argentina; el recuerdo (la imagen recordada) de mi madre (su expresión entre resignada y furiosa) en la puerta de mi casa cuando volví luego de tres días de ausencia porque me fui detrás de un recital de un grupo de rock sin avisar; sensaciones (estremecimientos) de una noche de ebriedad en la que una muchacha bailó con sus pies desnudos sobre los míos y luego desapareció sin dejar mas señas que su perfume y su mirada; los viajes que hacía durante el trabajo; las primeras noches de primavera con su aroma a ozono o a flores de paraíso; una serie de notas sobre la aparición de la luna en el horizonte y hasta una teoría poética sobre su diversidad; los muebles de mi habitación; la ventana abierta (la fragilidad de la noche, el calor, el zumbido del ventilador de techo, las ambulancias que se escuchan en la madrugada, cuando el que no duerme, escribe).
En los meses que pasaron nunca recibí una respuesta. Un día dejé de escribir.

Algunas semanas después recibí la primera carta de Lupe dirigida a mí. Bueno, salvo por el destinatario del sobre, en el interior no había ninguna otra referencia a mi persona. Comenzaba narrando una mañana de domingo vista parcialmente desde la ventana de su cuarto que daba a la calle. Describía el deliberado olvido de la persiana a medio cerrar, la tibieza de las sábanas, el crujido de algunos huesos mientras se desperezaba, el despegue de la cama, las particularidades de su higiene bucal, el desayuno, una lúdica discusión con su madre y después el minucioso detalle de la elección de la ropa que pondría en su valija. Las vacaciones habían terminado, debía volver a estudiar. Al final, en la última oración, se coló un ‘te escribiré cuando llegue’. Increíble la fuerza de un vocablo: sentí que ella me tocaba.
La segunda llegó apenas una semana después. Un poco más extensa, todavía impersonal, aunque ya con señas de la narración firme y espontánea que le conociera de las cartas a Pablo. Relataba el viaje, describía algunas callejas; el pasillo de la casa donde compartía una habitación con otra compañera; la escalera; la vista de los techos de tejas desde la ventana de su cuarto; los adornos en las paredes; la mesa de luz; el cajón de la mesa de luz; el color de las medias que se pondría al día siguiente (estuve tentado de escribir: ‘que se pondría mañana’); un verso citado de algún poeta gálico que yo desconocía; el reflejo del sol a cierta hora de la tarde que daba sobre el espejo e iluminaba el respaldar de la cama y el mismo efecto por la noche provocado por una lámpara en la calle, lo que la obligaba, lamentablemente, a bajar la totalidad de la persiana.
Esta vez, apresurado por responder, me encontré con una inusitada timidez. No había manera de encontrar el término justo para el encabezado, y nombrarla, no podía nombrarla. Comprendí las vueltas que debe haber dado antes de escribir las líneas iniciales de su primera carta. A miles de kilómetros de distancia, separados por agua y tierra, diferidos unos días, ambos nos descubríamos cohibidos. Retomé su fórmula y comencé por hacer un inventario de los libros de mi biblioteca, los datos editoriales de aquellos volúmenes sobre los cuales me sentía particularmente orgulloso de poseerlos, cité algunos fragmentos de algún poeta surrealista que destacaba la necesidad del humor en la poesía. Pero me costaba fluir, dejarme arrastrar por la escritura hasta olvidarme de estar escribiendo. Punto y aparte.
Comencé a describir mi mano izquierda: el ancho, el largo de las uñas, la forma de los dedos, la particular arruga en las articulaciones, los accidentes geográficos de la siniestra. El índice, un poco más torcido que el de su hermana derecha, debido a un accidente cuando tenía un par de años: narré con lujo de detalles el recuerdo que tenía del accidente. Al final, cerré diciéndole, ‘te escribo con la otra’. Tenía una intuición bastante precisa de cual sería el contenido de mis próximas cartas: mi pie derecho; la rodilla izquierda, una aproximación a mi rostro. Con cada mácula, la historia detrás: así, pude contarle el origen de mi cicatriz sobre una ceja; los siete puntos en el muslo de mi pierna derecha; una herida en la cabeza disimulada por el cabello.
Pedazo a pedazo, parte a parte, fuimos rearmándonos. Para cuando llegamos a las zonas más íntimas, ella era nuevamente Lupe y yo, Jorge.

Un año de morosas caricias escriturarias, un año para narrar dos vidas y enredarlas en un complejo juego de composición. Una pequeña obrita escrita en común. El huracán de sensaciones de la primera conversación telefónica. Algunas imágenes que cruzaban el mar en uno y otro sentido. Fotos amarillas, hoy.

Sorprendió mi intempestiva gestión de una licencia especial para viajar a España. ‘Una oportunidad, argumenté’. Aún recuerdo el gesto de Pablo, semejante a una sonrisa. Se acercó antes de que me fuera y me dijo en voz baja ‘decile que me morí’.
Llegué a Vilafranca del Pènedes, en medio de una algarabía catalana y de repiques de campanas, pasado el mediodía de un 29 de agosto. La mágica ‘festa major’ iniciaba, Lupe me esperaría cerca del Ayuntamiento, en lo que las enciclopedias llaman el barrio gótico, pero un mundo de gente, de chicos, de bandas, músicos y bailarines con sus atuendos típicos aún impecables que se trasladaban de un lado a otro en medio de los festejos, impidió que nos encontráramos. Entrada la noche, cuando comenzaban los espectáculos nocturnos, entre el deslumbre y mi consternación, en una callejuela serpenteante de balcones engalanados, bajo una lluvia de fuegos artificiales y en medio del estruendo y del griterío, nos reconocimos. Nos besamos largamente, sin desesperación, como si nos conociésemos de toda la vida y por alguna circunstancia nos hubiésemos visto obligados a vivir un tiempo separados y este fuese el momento del reencuentro.
A nuestro natural estado de excitación debimos agregarle el frenesí de la fiesta. Los bailes se encadenaban, corrimos de un lado a otro, nos sumamos a las bandas espontáneas que marchaban abrazados al costado de los grallers y saltamos hasta el agotamiento al compás de su música. Aún con mi torpeza trepé por encima de acalorados desconocidos que improvisaban una de esas torres humanas que al día siguiente los grupos de castellers exhibirían orgullosos a la salida de la basílica de Santa María.
Empalmamos la noche y el día nos encontró desayunando en un barcito cerca de la Casa de la Vila. Yo estaba embriagado con su cabello, sus ojos, su larga boca, su olor. El mozo preguntaba algo en su catalán natural y luego probaba con un español cerrado pero no podíamos apartar la mirada uno de otro. El café que había traído unos minutos antes se enfriaba mientras un humillo se desvanecía en filigranas. Algún vitreaux arrojaba un tono rojizo sobre el rostro que mis dedos acariciaban morosos. No necesitábamos hablar, solo estar allí uno cerca del otro.
Después caminamos por veredas angostas, nos fuimos perdiendo por callecitas curvas hasta alejarnos del centro histórico hacia los bordes de la ciudad. Los suaves caminos que enlazan las viñas acompañaron con su silencio nuestro embelesamiento, descansamos al costado de un puente, apoyados sobre mi destartalada mochila. La tarde comenzaba a declinar, pasó una camioneta cargada de gente que se dirigía al centro, a la fiesta. Nos gritaron algo que Lupe tuvo que traducirme. El polvo que levantó se estacionó en estratos como hilachas fantasmas a un metro del suelo, después el silencio volvió a reinar. Retornamos sobre nuestros pasos; la noche del 30 volvía a estallar en la ciudad y nosotros también estallaríamos pero en un cuarto de piedra y madera, sobre una cama cuyo perfume no olvidaré jamás, ni los cánticos que nos fueron adormeciendo mientras mirábamos el techo y hablábamos aquello que nos reservamos en la escritura de nuestras cartas.
Durante una semana recorrimos las callejas y admiramos los viejos edificios de la ciudad; sus familiares perfeccionaron mis rudimentos en la cata del vino y sus amigos me tradujeron al español las obscenidades de los campesinos catalanes y las de los mercaderes musulmanes prorrumpidas en la feria de los sábados. Luego viajamos a Barcelona donde nos alojamos en una pensión rústica y ocupamos otros tantos días en deambular y amarnos hasta la extenuación. Hasta que llegó el momento de mi regreso.
Amagué una promesa, que no era una mentira puesto que yo estaba convencido, pero Lupe apoyó el dedo sobre mi boca para que no continuara (sus ojos se parecían aún más a un lago).
—No esperaré —murmuró, con esa dignidad que yo le imaginara cuando respondió al mensaje que le escribí en nombre de Pablo— Ya esperé una vez a la persona equivocada. No sé si el azar, o qué, me devolvió a la persona correcta, a la persona que logré amar aún antes de verle los ojos, aún antes de poder escribir su nombre por miedo a que se desvaneciese. La vida es así, como el mar, te lleva y te trae cosas, y muchas veces solo te deja la espuma.
Me besó, la besé, y me dejó sólo, en el aeropuerto.

El problema no es si uno cumple las promesas o no, el problema es cuándo uno las cumple. Volví a España. Volví a Vilafranca, algunos años después. La ciudad era casi la misma, un poco más grande, un poco más moderna aunque lo disimulara, un poco más producida. Me dirigí a la plaza Jaume I, y tuve nuevamente esa experiencia de descubrimiento, en los dos sentidos, el literal y el metafórico; caminé por una estrecha y oscura callejuela, que se retuerce un tramo, amurallada por casas de dos o tres plantas y de indiscretos balcones. En la esquina todavía sobrevive una vinería a la que se accede por una pequeña puerta enmarcada en piedra y bajando unos pocos escalones, piedra y madera, como el hotel de nuestra primera noche juntos. En frente, el museo en el viejo Palacio Real. Algunos adolescentes caminaban a mi lado fumando hachís. Seguí mi derrotero hasta llegar al monumento a los castellers. Allí me quedé mirando a la gente que se movía por el lugar, con el enigma de sus vidas como otra vestimenta. Ella ya no estaba en la ciudad, nadie supo indicarme dónde encontrarla, o no quisieron. Pocas veces la ausencia se me hizo tan presente. De a poco los sonidos de la ciudad comenzaron a llegarme, el bullicio, las voces, las palabras de esa otra lengua. Lo escribió en alguna de las cartas y no volvió a repetirlo, sin embargo lo recordé en su voz; ‘Jordi, no me llames gallega, soy catalana’.

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31.10.07

UN DERROTERO POSIBLE

(estoy revisitando viejos textos) (25/09/05)

Ya estoy lejos de aquél que ensayara poses extravagantes para llamar la atención de los demás. (Acabo de pisar una hormiga que se paseaba por el living).
Como Marco S. Fogg, en El Palacio de la Luna, no solo dejé de citar oscuros poetas del siglo XVI, o de mechar mis escritos con citas en latín, decanté paulatinamente toda mi erudición universitaria y alternativa hasta quedarme solo con la arena.

He abandonado mi aspecto estrafalario, los años me ayudaron un poco; por más que quisiese cambiar el color de mi pelo no podría hacerlo. Hoy mi aspecto no arrojaría sospechas; ni gris ni extrovertido delirante, apenas un ciudadano más, con un nivel socioeconómico relativo (relativo a qué) que se desplaza por la ciudad como cualquier otro ciudadano (el gato se cayó a la planta baja cuando abrí el postigo de la ventana del alféizar en el que tomaba sol. Rebotó en la cornisa y cayó golpeando la nariz ruidosamente contra el suelo. Sangra, está como atontado, y me apena su repentina fragilidad felina. No me mira; creo que está avergonzado).

Dejé pasar un tiempo prudencial que me permitiera desaprender aquello que me ensoberbecía. Desaprender en profundidad, hasta sentirme sin derecho a opinar. Sin derecho a la expresión.

Ahora construyo casas. Me gusta construir casas. Y las casas que construyo tienen un aire minimalista, aunque alguna irrupción clásica desacredita ese estilo. Las casas que me gusta construir son de líneas y volúmenes simples, abiertas a la luz. Por ejemplo, en estos días estoy terminando una que habito: los espacios dedicados al living, al comedor diario y a la cocina son espacios amplios, francos y comunicados entre sí, no hay puertas que los separen, apenas un pasillo con un gran ventanal al jardín de invierno (de este patio interno las paredes aún están sin pintar, y no me decido por las plantas ni por la iluminación, aunque creo que el color será un naranja casi amarillo, muy luminoso) y una especie de isla separa la cocina del comedor (recién pisé una hormiga que se señoreaba por el piso del living). Sin embargo he cerrado un cuarto para la biblioteca y el escritorio, donde me hallo en estos momentos. Allí sí quiero sentirme aislado, en otro mundo, con una ventana, esta, a otros mundos.

Algo que no pude desaprender es la vanagloria cuantitativa: la biblioteca debe de tener más de 1000 libros y revistas especializadas. Muchos de esos volúmenes tienen más un valor personal que intelectual. Están aquellos de mis épocas malas, que obtenía en librerías de viejo, comprando o robándolos; una buena cantidad de libros editados por amigos de otros tiempos; los que pude comprar cuando pude, y elegí, y los que compro por curiosidad siempre y cuando no tengan un costo dispendioso. Por ejemplo, los saldos de los supermercados me han permitido, en diferido, leer por módicas sumas a todos los premios anuales de grandes editoriales, o de fundaciones prestigiosas. Salvo algún que otro caso donde la ansiedad pudo más que mi precaución y me dejé llevar por las promociones de los suplementos culturales, meras extensiones de los departamentos de marketing de las editoriales, nunca arriesgué un peso de más en títulos y autores fantasmagóricos. En definitiva, de esta práctica no me arrepiento; la gran mayoría no valía el precio de tapa al momento de su lanzamiento, en especial en cuanto a narrativa argentina se refiere.

Como decía, abandoné las lecturas de Barthes y Foucault; me borré de los círculos de autogestión de estatus intelectual, dejé que el río corriera y arrastré mis libros de mudanza en mudanza para dedicarme a construir casas.
En realidad (la hormiga no estaba definitivamente muerta y con una pata se arrastra, mi gato no debe estar tan mal porque logró interesarse en ella, aunque ahora abandona el objeto de su intriga y, de un saltito, se acomoda en el Berger blanco ubicado en el rincón de la habitación, cerca de donde estoy. La luz mortecina de la tarde lo baña de un celeste tornasolado) más que construir casas creo que soy un habitante de casas, un hombre que acomoda su vida a los espacios y a las luces de la casa hasta que le duele algún músculo, alguna articulación y decide que esa casa ya no es para él. Entre construir y habitar, la casa se modifica y el hombre también. Hay como una articulación entre el carácter, el humor y la habitabilidad que se modifica según pasa el tiempo, según cambia el contexto. Por ejemplo, he habitado casas en las que yo no tenía un gato sino un perro. Un perro que me esperaba por las noches para saltarme encima y ensuciarme la ropa de la oficina. Un perro hembra, grande, incapaz de morder a nadie, pero que lograba disimular muy bien su mansedumbre. Un perro que alguien quiso mucho y luego debió, con todo el dolor que implicó para ambos, entregarme, por motivos de mudanza. También habité una casa en la que no había ni perro ni gato, pero había cuartos para niños, y los pasillos estaban impregnados del bullicio de la siesta. Gritos, chillidos, carcajadas, riñas. Por las noches los habitantes de las risas se sentaban al costado de mi cama y, de a uno, me contaban historias que inventaban o que leían en los libros de la biblioteca del colegio, hasta que me adormecía arrullado por el coro de esas voces delgadas y cristalinas. Por las mañanas no había nadie, y mi esposa dejaba una taza para que desayune, sobre la mesa aún quedaban los restos apurados de otros desayunos, grumos de cereal diseminados sobre el mantel manchado, una regla que alguien olvidó de guardar en su mochila. La casa me acogía en soledad, entonces me sentaba el sillón que ahora ocupa el gato con mi taza de café, a pensar en ese escritor que fui.
He habitado camas del mismo modo que habito o construyo casas. Y esas camas las he habitado con mujeres que me esperaban al anochecer cuando llegaba de la oficina para saltarme encima y ensuciarme la ropa.
Hace unos años construí una gran vivienda junto a dos mujeres que eran mis amantes. En esa oportunidad tampoco teníamos un gato o un perro, pero un amigo en común había rescatado un papagayo en el noreste, en un operativo conjunto entre gendarmería y fauna sobre la ruta 11, con lo cual el pobre bicho, que era un pichón al que se le asomaban una plumas de espléndidos tonos azules amarillos y rojos, no podía ser devuelto al monte, por lo que nos lo obsequió. Criamos al pájaro como si fuera nuestro hijo imposible, un hijo de los tres. Y el animal nos retribuyó con creces nuestra dedicación. Por las tardes agitaba con la pata su lata de comida contra la jaula (abierta) reclamando un poco de coca cola. Era un maldito vicio ese, al que lo malacostumbraron sus abuelos. Insistíamos en que no había que crearles a los chicos necesidades que no tenían. Por eso nos oponíamos con furia a la obsequiosidad de los viejos que llenaban sus bolsillos de golosinas antes de venir a visitarnos. Pero es como que los abuelos tienen todo permitido.
Nos hacía gracia porque cada vez que sonaba el teléfono él comenzaba a gritar ‘¡hola! ¡hola! hable por favor! ¡Quién es carajo!’ en lo que nos parecía un eco sarcástico de nuestras propias voces.
El trajín de esos días evitaba que pudiésemos estar durante el día en la casa, con lo que el papagayo sufría horrores. Contratamos a otra mujer para que se hiciera cargo de los quehaceres domésticos y lo alimentara mientras nosotros nos ocupábamos de otros asuntos menos importantes. Mujer con la que después me fui a habitar otra casa, pero que mientras estuvimos todos juntos alimentó al animalito como si fuera un perro; ‘yo siempre crié perros’, nos dijo luego. Con la dieta exclusivamente de carne, el pájaro perdió todas sus plumas y se quedó calvo. Las madres dijeron que eso hacía más sexy al querido papagayo, algo que no me atreví a contradecir. La relación terminó porque nadie soporta la infidelidad. La rara avis vive con ellas desde hace unos cuantos años y yo me conformo con llamar por teléfono cada tanto. En una de las cajas de la mudanza quedaron sus últimas plumas, las utilizo como marcadores de páginas.

Pero ahora estoy en una etapa en la que me he liberado de todos los lastres. Estoy liviano y ágil (el gato se revuelve incómodo en el sillón). De mi vieja actividad de escritor me quedó un reflejo que se traduce en esos textos convulsivos, a veces rabiosos, donde la poesía se tensa con la prosa sin resolverse, y esos poemas que me asaltan a las 23: 42 hs, invariablemente.
Entre tanto, ocupo y construyo, casi con un dejo de timidez ya que como bien dije al principio me siento ‘sin derecho a la expresión’, esta casa, este espacio que ustedes leen, quizá.

Por supuesto, viajo por los blogs y reconozco a algunos personajes de antaño, y veo un espectro nuevo de poses, un pandemónium de extravagancias, pedestales de soberbia que comienzan a edificarse en torno a nuevas religiones y sectas infranqueables. Tanto que me dan ganas de comenzar a citar en latín.
(finalmente el gato vomitó sobre mi querido sillón, señal de que está peor de lo que imaginaba después del golpe. Una araña cruza impertérrita desde la biblioteca hacia el living).
‘Semper tenus’

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11.6.06

ADA OR ARDOR


Cuatro de febrero de mil novecientos noventa y dos; hora diecinueve con quince minutos; asiento número cuatro. Empresa General Güemes, Rosario - Cañada Rosquín.
Son los datos del pasaje de ómnibus que yace, planchado, con un incipiente amarilleado en el verde original, entre las páginas cuatrocientos doce y cuatrocientos trece, junto con algunos restos de ceniza de cigarrillos, en la traducción que David Molinet hiciera sobre la novela Ada Or Ardor, cuyos derechos fueron cedidos al ‘Círculo de Lectores’ por cortesía de Editorial Argos, en una edición del probable año mil novecientos setenta y siete.
Si alcanzo a recordar que utilicé el boleto como marcador, deduzco que la primera vez que leí Ada Or Ardor, de Vladimir Nabokov, fue hace catorce años. El ejemplar lo compré usado en la ‘Covacha Revisteril’, y tiene algunos bordes desgastados por el manoseo. En el interior hay anotaciones en lápiz que no he realizado. Un libro usado es un enigma, tiene la historia de los que lo leyeron con anterioridad, es la historia de lecturas diversas. De alguna manera, forma el espesor del mismo como las capas de una cebolla, pero el que lee no puede percibirlo, ni siquiera a través de los rastros garabateados al margen. Una de las anotaciones discute la interpretación de Van sobre la relación Espacio Tiempo, la otra, que por la letra no es del mismo lector, aunque también haya tenido la delicadeza de no escribir con tinta, es más extraña aún, dice algo así como: ‘es increíble que Nabokov haya escrito nuestra propia historia ¿cómo se explica? ... querida, querida ¿esperaremos todos estos años? ¿Podrás hacerlo, podré?’
Tengo una imagen de mí mismo en la época en que me ahogaba en la frondosa espesura de la narración, en esas ruinas que la rima arrojaba al sentido cuando Vladimir despedaza y rearma al menos tres idiomas diferentes, juegos velados en la traducción al español. La ceniza del cigarrillo en el pliegue de algunas páginas, cuando aún fumaba en las plataformas de las terminales. A Ada llegué luego de Lolita. Los viajes que realizaba en el ‘92 no eran de placer sino de trabajo, así que le adicionaba la lectura y la mirada. Una especie de cosmética que me sacaba de la necesidad utilitaria de viajar para sobrevivir. El tiempo perdido se ganaba nuevamente por la palabra del artesano.
Por esa época, se nos había ocurrido quebrar el estereotipo de las bandas de rock. En nuestros tiempos libres fundamos un grupo al que llamamos ‘Viejos, Gorditos y Pelados’. Podríamos haberlo llamado de otro modo, relacionado con la coincidencia de que los cuatro integrantes teníamos nombres que empezaban con J, y que tres de ellos nos llamábamos Jorge. Pero entonces no habría tenido sentido armar la banda. El único objetivo era divertirnos, y contradecir esa imagen de flacuchos pelilargos. Incluso J., que venía desde la ciudad aún no autónoma de Buenos Aires para ensayar, durante la semana tomaba clases de guitarra y armónica, porque lo poco que conocía de música era lo que recordaba de la secundaria.Nos reuníamos en un garaje que alquilamos al sur de la ciudad, sobre la calle Sarmiento, pasando el barrio de los hospitales. Comenzamos intentando con algunos covers pero apenas oídos y manos (dedos) entraron en frecuencia no pudimos contener nuestra pulsión creadora. Así como los Soda Stereo, minuciosa e imperceptiblemente, diseñaron su imagen, nosotros seguíamos el mismo camino pero para desdibujar la de esos grupúsculos de pendejos pedantes cuyo único mérito era la juventud. Las peladas incipientes de tres de nosotros, ayudaba. Con la edad no había demasiados problemas porque un tipo que pasaba los veinticinco ya era un viejo, pero con nuestro grosor, ahí la cosa era diferente. Con decir ... Leer Completo

... que J. era vegetariano basta. Hicimos un régimen inverso, hasta alcanzar nuestras buenas choperas.
Seis meses después de haber tomado la decisión, estábamos listos para salir al ruedo, con algunos covers de los Stones, media docena de temas propios y un look afín a Viejos; Gorditos y Pelados, pero nadie nos conocía, lo que hizo difícil nuestra contratación, aunque nos ofreciésemos a tocar gratis.
Mientras Jorge (b) –yo soy Jorge (a) en esta historia– intensificaba sus gestiones para conseguir un espacio donde pudiésemos desplegar nuestro histrionismo aún contenido, me dediqué a escribir las ‘Odas a Ada’, influido pretenciosamente por el inefable nabo. Menos mal que mi capricho de no publicar aún tenía vigencia, porque hoy releo (antes de quemarlos) esos papeles perforados por la matriz de puntos y un rubor vergonzoso me tizna la madera de la cara.
Iniciábamos tarde nuestros ensayos, los fines de semana terminábamos durmiendo en el garaje del sur, muchas veces acompañados por algunas vecinas que preferían acercarse antes que quedarse rabiando en su casa debido a los ruidos molestos. En razón de esto, y de que Jorge (c) solía hacer guardias para una empresa de emergencias médicas, instalamos un teléfono en el local. Una mañana de sábado, el timbre pesadillezco nos despertó. Había fallado uno de los grupos para el baile de carnaval de esa noche y nos preguntaban si estábamos libres para reemplazarlo. Aún dormidos, tuvimos el tacto de contestar que no, pero que veríamos si conseguíamos un reemplazo para cubrir nuestro compromiso en un pub de San Nicolás, ya que preferíamos tocar en Rosario.
Por supuesto que cuando llegamos con nuestra ansiedad por delante, comprendimos que las cosas no serían tan sencillas como creíamos. Quizá no permitió que nos diésemos cuenta a tiempo del error, nuestro entusiasmo. Era un baile al aire libre y, como en todo baile de carnaval que se precie, la cumbia suele ser protagonista excluyente. Pero ya estábamos allí, y nuestra imagen externa no desentonaba, precisamente. El que nos contrató, un hombre alto de tez oscura y pelo cano, que vestía un traje cruzado de color crema y se movía con desplazamientos bruscos y aparatosos que lo emparentaban más a un robot con problemas de lubricación que al género humano, no se percató de la diferencia. Nos ubicó a un costado del escenario, en una estructura improvisada que hacía las veces de camarines y de baños públicos, porque todo el mundo levantaba el lienzo y pasaba de un lado a otro. Orientó a los plomos para que acomodasen los instrumentos hasta que pudiesen subirlos a la parte del escenario que nos tocara y nos pidió paciencia. La cosa venía con atraso; todavía faltaban tocar dos grupos antes que nosotros. Una mujer gorda y aceitada, que llevaba una ridícula pollera a tablas como si fuera una colegiala policroma, me guiñó un ojo pintado de tal manera que parecía una exposición ambulante de Jackson Pollock. Masticando chicle, se acercó a mi oído, seguramente intuyendo que yo era el líder, para susurrarme, a través del ‘changa changa’ de fondo, el bullicio de la gente que hablaba o gritaba en el buffet por el choripán que pagó y que no le alcanzaban, el propio chirrido de la grasa que cae sobre las brasas y se quema, el rítmico y ensalivado masticar de la gata gorda, que nos tocó lo mejor de la noche, y que esperaba que no la defraudáramos. Colgada del brazo del hombre de arena que se iba para atender otras cuestiones organizativas, previo al anuncio del próximo quinteto, se dio vuelta y disimuló un ventoso beso con su manita regordeta rematada en el extremo superior con cinco fucsias coronitas. Del otro brazo del androide cremoso colgaba otra gruesa y embadurnada colegiala. Al circo le gustan las simetrías, pensé, mientras encendía un cigarrillo para ahogar el humo de los chorizos quemados.
Los sones de la cumbia rechinaban sobre el predio y la noche ‘tropicalísima’ comenzaba a inflamarse en una atmósfera enrarecida a la que se agregaba un incipiente ‘genérico’ a sudor y perfume barato. El cielo encapotado amenazaba descargar todo su furor en cualquier momento, sin embargo, en lugar de las gruesas gotas, una finísima llovizna comenzó a descender parsimoniosa sobre la superficie de todas las cosas. Los reflectores jugaban con delicados caleidoscopios pergeñados por minúsculos arcos iris, agregándole otro efecto de luces al ya contratado por los organizadores. Por suerte, el escenario tenía una especie de tinglado con chapas que atenuaba el perjuicio que pudieran ocasionar a músicos e instrumentos. En la pista, cuerpos multicolores se agitaban y como por un acuerdo del inconciente colectivo, formaban una rueda humana que giraba lentamente en el mismo sentido. Me recordaba a otros bailes de este tipo a los que concurrí por curiosidad en mi adolescencia; en todos pasaba lo mismo, un eje imaginario o real (recuerdo una fiesta de Mailín, en la provincia de Santiago del Estero, que se hizo bajo una gigantesca carpa y sobre piso de tierra, donde el poste que sostenía la cúspide de la carpa oficiaba a la vez de eje) transmutaba en un ídolo en la médula del rito centrífugo. Una pasta chirle comenzó a constituirse en el piso, un barrito que se arrastraba con los pasitos cortitos y ordenados que retrocedían uno y avanzaban dos. Conforme la llovizna agregaba espesor a la pasta arcillosa y mojaba las camisas y las blusas ya mojadas por la propia transpiración, algunas salpicaduras ensuciaban los pantalones blancos de las mujeres, cuya trama de hilo se transformaba en vasos capilares por donde el barro ascendía desde la botamanga. A nadie parecía importarle; los rostros enrojecidos por el ejercicio del baile, la euforia y el alcohol exudaban un vapor de frenesí que parecía aumentar aún más la temperatura del lugar.
Finalmente, el último grupo terminó, el gentío se tomó un respiro y se amontonó en los puestos de venta; había que reconstituir las sales y el líquido perdido. El cielo pudo, o supo, esperar.
Subimos al escenario y mientras probábamos nuestros instrumentos, intercambiamos algunas miradas sin hablarnos. Estábamos ante nuestro primer show real. Creo que los cuatro teníamos la intuición de que nos habíamos metido en un lío del que aún podíamos escapar pero que, en razón de una especie de designio ineluctable, no lo haríamos. En lo personal, no era una intuición sino una certeza: este sería nuestro primer y último recital. Desde allí arriba, mientras en un eco lejano escuchaba la presentación, con el orden invertido ‘gorditos viejos y pelados... del interior de la provincia de Córdoba... finalista en el último concurso de...’ y unas cuantas mentiras y exageraciones más del hombre de arena que nos estaba improvisando un currículo, miré hacia el gentío; algunas parejas aún permanecían en la pista esperando que la música continuara, otras volvían riéndose con el vaso de cerveza o vino en la mano, unas cuantas personas, hombres y mujeres, se acercaron al escenario y levantaron la cabeza expectantes. Como dijo la gata gorda, la noche estaba en su apogeo.
–Arranquemos con algo movidito– dije a mis compañeros– nuestro ‘Boggie de la Santa Circuncisión’. –Todos estuvimos de acuerdo.
Mientras marcaba el ritmo con el bajo, miraba hacia la multitud. Al principio nadie se movía, luego entreví algunas sonrisas y caras que se volvían unas a otras como interrogándose. El boggie sonaba mejor que en los ensayos, lo que nos dio cierta confianza, con el último acorde se escucharon algunas risas y algunos aplausos acompañados de gritos. Levanté la vista hacia el público. Quizá creyeron, conjeturé, que este primer tema era una especie de chiste que les hacíamos, que de ahora en más la cosa sería en serio.
Seguimos con una respetable versión de ‘La Granja’, de ZZ Top, y casi sin dar respiro bajamos el tono. Estábamos convencidos de que ‘El blues de la maestra rural’ terminaría transformándose en un hito de nuestra banda. La guitarra de J. desgranó un largo y agudo lamento antes de que yo entrara con el bajo. Cuando Jorge (b) ejecutó el primer golpe al parche, ya la silbatina comenzó a llegarnos como un eco del infierno. Desplegué mi burbuja, me transporté al garaje del sur, recreé la imagen de la maestrita cruzando el camino de tierra en plena siesta correntina, y dejé que se fuera transformando lentamente en voz, como si fuese yo el que estaba bajo el sol, canturreando ante un espejo de agua turbia.
El primer impacto lo percibí en el ojo izquierdo. Algo me golpeó blandamente sobre la mejilla una milésima de segundo después. Miré hacia abajo y un pedazo de chorizo y otro de pan rodaban por el entablonado húmedo y brillante. Recuerdo que alcancé a ver, con el rabillo, a una o dos personas que subían al escenario antes de que la cabeza me estallara conmocionada por el golpe –luego me contaron- de una botella de cerveza que me dio de lleno en la frente.
Tengo la idea, posiblemente el implante de un recuerdo y no el recuerdo genuino, de haber despertado en medio de la penumbra ululante de una ambulancia. Un severo segundo, apenas eso. Las nubes comenzaron a despejarse realmente en una habitación blanca, tenuemente iluminada, desconocida y casi silenciosa. No había nadie salvo yo. Esa fue la primera impresión, hasta que me di cuenta de que lo que sonaba, como una leve letanía, era un pequeño instrumento, sobre un estante, en otra cama paralela a la mía, donde varios cables y otros tantos tubos formaban un extraño cordón umbinical que alimentaba y exploraba a un hombre cuyo único síntoma viviente era una especie de silbido respiratorio que se extendía en el tiempo. Fui acomodando la lucidez a las cosas y, sin ayuda por el momento, traté de entender qué pasaba o qué había pasado. Enseguida supe donde estaba, y lo confirmé tocando sobre la ceja izquierda el vendaje, allí, donde la piel me tiraba y el corazón latía.
‘Cagamos, se acabó la musiquita’, pensé. Enseguida me asaltó el temor de ser el único de la banda con vida.
Repasé infinidad de veces esas imágenes que se agolpaban sin mucho orden y, como en un gigantesco rompecabezas, traté de componer la figura temporal, la secuencia.
En eso estaba, cuando ocurrió lo que me hizo dudar de la realidad. Porque mi eventual experiencia en hospitales o sanatorios me decía que las únicas enfermeras jóvenes, atractivas, dulces y deseables, incluso para un agonizante, pertenecían a la órbita del cine norteamericano, igual que las voluptuosas autostopistas. Ella entró sonriendo y sería una cursilería decir que iluminó el cuarto al punto tal de que busqué en un bolsillo imaginario mis gafas –lentes, en argentino– de sol. El muerto que tenía al lado lanzó un largo gemido, y sacudió las sábanas dejando en claro que había percibido el aura del ángel.
–¡Buen día! –dijo con voz cristalina– ¡Buen día! Cómo andan mis niños hoy –dirigiéndose hacia la cama de mi afortunado vecino.
‘Estoy muerto o alucinando por los golpes’, me decía una y otra vez, mientras giraba la cabeza para admirar su andar celeste, más celeste que el cielo imaginado. ‘Sí, estoy muerto, no hay dudas, el resto se salvó, la banda ya no tiene bajista, o se murieron todos y ahora vamos a tocar sus majestades satánicas en el infierno, y el diablo mismo, en persona, nos va a pedir una cumbia o un tango rasposo, o peor: una milonga’. Levanté la cabeza para tratar de identificar al hombre a mi costado, quería comprobar si no era alguno de mis compañeros, pero no, era una persona mayor, un hombre flaco y arrugado, que estaba recibiendo un líquido transparente desde una bolsa plástica donde la enfermera acababa de inyectar alguna droga, a la vez que le murmuraba suavemente palabras reconfortantes ‘... su hija me dejó la ropa limpia, regresa por la tarde...’ o algo así.
Cuando la enfermera se volvió hacia mí, y me extendió una pastillita, pude apreciar los rasgos delicados de su cara, y el corte escrupulosamente prolijo del cabello negro y brilloso que caía apenas por debajo de sus orejas. Sonreía sin que se notase oficio en la sonrisa.
–Cómo le va a mi rockero preferido –Reconocí en la pregunta ese vicio de la profesión de tratar a todos los pacientes como si fueran chicos idiotas, no importa la edad que tengan, ni el grado de idiotez.
–Qué pasó, cuánto hace que estoy aquí, dónde están los otros... – y hubiese seguido escupiendo preguntas, si no me hubiese detenido apoyándome un dedo sobre la boca antes de contestar y preparar las gasas para la curación.
–Cobraron de lo lindo. Eso pasó. Pero quedate tranquilo, los otros están bien, aunque algo machucados. A vos te vamos a tener secuestrado un par de días en observación. Ahora que sos famoso no te voy a soltar así nomás. Te vas a ir lustradito de aquí, y ni marcas te van a quedar en esa carota soñadora. Son un par de puntos sobre las cejas y otros en la parte de atrás de la oreja derecha.
Instintivamente llevé mi mano hacia atrás y pude comprobar lo que decía.
–¡Qué locos! Si se querían suicidar colectivamente podrían haber elegido otro camino. Armaron una gresca de aquellas. Ahora parece que el organizador quiere iniciarles juicio por daños, pero dicen que es una estrategia legal para frenar alguna demanda que le pudieran hacer ustedes.
Mientras hablaba, comenzó a cambiarme las vendas. Traté de entender aquello que me estaba contando, el olor a desinfectante se mezclaba con el perfume que usaba. Sus palabras fueron debilitándose a medida que me concentraba en aislar el olor de la fragancia, antes de volver a desmayarme.
Una o dos veces desperté del sopor sin salir de él, la sala estaba silenciosa y fresca. Identifiqué rápido los aromas típicos de los sanatorios.
Por la tarde, una camarera desgarbada y fea me trajo un jugo de yerba mate, o algo parecido, tan insulso como su portadora, y unas tostadas grandes y resecas que mis papilas gustativas agradecieron como si se tratase de un manjar delicado. Después me quedé mirando el techo (‘... y en el techo no hay nada, hay solamente un techo...’) hasta que volvió ella con su andar fru fru dentro de su uniforme de servicio, liviano, sin arrugas. Miré al costado y mi compañero ya no estaba allí. En algún momento, mientras dormía, se lo llevaron. Interrogué con la mirada a la mujer.
–Volvió a terapia– dijo con voz neutra, como acostumbrada a dar ese tipo de información– seguía con fiebre, parece que tiene una peritonitis. Los cirujanos dicen que es probable que vuelvan a operarlo.
Dejó la cajita metálica sobre una bandeja de pie a mi costado, la abrió en silencio, preparó las vendas, el desinfectante, plenamente conciente de que yo la recorría de punta a punta. Estaba desnuda. Debajo del uniforme no debía tener nada, salvo la bombacha. En esa posición, que la obligaba a inclinarse sobre los elementos que estaba manipulando, el escote abotonado, forzado por el pliegue de la tela almidonada, dejó ver la redondez y la pelusa de sus frutas. Subí por el cuello, me deslicé por la barbilla delicada y pequeña hasta el borde mismo del labio inferior y me adentré en la trama rasgada de esa boca que expresaba su concentración en un rictus, un ligero gesto, de seriedad. Sin embargo, mientras me encandilaba en el brillo marginal, se le dibujó una sonrisa, como si hubiese seguido en todo momento el derrotero de la mirada, al tiempo que se puso de frente, lista para comenzar con su tarea.
–¡Vamos Mike! Por lo que veo, estás mucho mejor que hace unas horas...
–¿Te parece? –respondí tontamente, al tiempo que ella, de un tirón, me arrancaba el vendaje de la frente.
Siguió hablándome mientras desinfectaba la herida. Ahora, al enfrentarme y agacharse, su escote ofreció no ya el brillo y la textura sino la profundidad de dos hermosos y redondos pechos. Esta vez, sin confundirme, o confundiéndome, la fragancia del perfume culminó con la puesta en velocidad del ardor.
–Bueno, niño malo, ahora veamos esa lastimadura que tenés detrás de la oreja– dijo tomándome de la nuca y despegándome de la almohada, lo que la obligó a retenerme aún más cerca de su piel. Mi cara estaba a la altura del cuello, y a escasos centímetros de entrar en contacto. Temí que se formara un arco voltaico y saltara una chispa que nos incendiara a ambos. Imaginé los sensores de temperatura transmitiendo la señal de alarma al tablero central, las sirenas que comenzaban a aullar enloquecidas, los enfermos que salían al pasillo, algunos corriendo y otros arrastrándose con las mangueras y los artefactos colgando, mientras, desde el techo, la lluvia caía, infructuosa, sobre nuestros cuerpos, abrazados al rojo vivo del hierro y a punto de alcanzar la temperatura de moldeo.
Cuando terminó y pude apoyar nuevamente la cabeza en la almohada, noté que estaba cubierto por una muy visible capa de transpiración
–Estoy débil aún, creo que me bajó la presión –murmuré, como para cubrir los rastros, pero era inútil, el mástil sin inaugurar alzaba una pequeña montaña textil.
–¿Débil? No lo creo. Al contrario, estoy sorprendida por tu recuperación.
–¿No hay visitas? Dije, tratando de escabullirme.
–Por hoy ya no. Aunque tus amigotes y admiradoras ya estuvieron aquí. Como dormías, no los autorizaron.
–Es tarde...
–Casi las ocho de la noche, en unos minutos termino mi turno –ella tenía la mano apoyada a un costado de la cama.
–¿Adónde me llevás? –dije sonriendo, y sacando la mano de abajo de la sábana, la apoyé sobre la suya.
–Usted se queda aquí, a dormir, y yo... yo veré con qué me entretengo... –contestó riéndose, y sacando lentamente la mano que mi mano cubría. Las yemas de mis dedos registraban milímetro a milímetro cada célula, cada poro, cada vello, cada detalle topográfico de su piel en un recorrido que equivalía a metros en la percepción alterada de mis sentidos.

La luz de la habitación comenzaba a declinar. Entraba y salía de una especie de ensueño que atribuí a la medicación. Desde el pasillo se escuchaban voces, conversaciones breves, algún ruido metálico, los preparativos para la cena –pensé– porque desde algún lugar lejano empezaron a llegarme olores a comida y ruido a cubiertos. Mi enfermera favorita se asomó desde la puerta. Ya no tenía el uniforme celeste, vestía una remera estampada con colores pasteles y unos jeans gastados que resaltaban sus resueltas curvas. Entró con un par de diarios.
–Ya los leyeron– me dijo–, así que no creo que se den cuenta de la falta. Los saqué de la sala de médicos.
Encendió una lámpara sobre mi cama y extendió la portada de uno de ellos para que pudiese ver los titulares. Efectivamente, un recuadro daba cuenta de los incidentes provocados en el baile, originados por la insólita actuación de un grupo de rockeros que se hizo pasar por un cuarteto de cumbia.
–¡No fue así! –exclamé, indignado– ¡Nunca nos ofrecimos como cumbieros! Fue una confusión.
–¡Linda confusión! Adentro hay más, y en el otro diario también son nota de tapa.
Acercó una silla y sentándose a mi lado empezó a leer en voz alta el texto de la noticia, impostando la voz al estilo de Crónica TV, en medio de breves risitas que controlaba para que no se escuchasen desde el pasillo. “...después de la silbatina, por lo que la gente tomó como una burla, y viendo que los músicos seguían tocando, comenzaron a arrojarles lo que tenían a mano, volaron vasos plásticos, atados de cigarrillos, alguna lata de cerveza. Entre la turbamulta enardecida, algunos –quizá con mayor amplitud en su espectro musical– trataron de defenderlos, lo que generó empujones y manotazos. Esto avivó más el fuego y la batahola empezó a parecerse a una batalla campal. Otros, en un estado superlativo de irritación, y visiblemente alcoholizados, subieron al escenario y comenzaron a golpear a los músicos. El líder y bajista de la banda, identificado luego como Jorge Alberdi, yacía en el suelo inconsciente luego de ser golpeado con una botella, mientras organizadores y colaboradores de la banda denominada Pelados, Gordos y Viejitos...”
–No nos llamamos así ¡¡Carajo!! –solté indignado– y no soy el líder...
“... se trenzaban en una pelea sin precedentes, que terminó con varios contusos entre músicos, ayudantes, organizadores, personal de vigilancia y público, muchos de los cuales fueron literalmente arrojados desde el tablado. La intervención policial no se hizo esperar, pero hubieron de llegar refuerzos para poder controlar la situación...”.
Leyó divertida los diversos comentarios, luego bajó los diarios para depositarlos en su falda y se quedó en silencio, mirándome con ojos llenos de picardía y embeleso. Nuevamente intenté entablar un contacto físico. Esta vez, no retiró la mano.
–Vos no te acordás de mí, ¿verdad?
La pregunta me sorprendió. Hasta el momento no se me había ocurrido que existiese la posibilidad de conocerla, y ya era tarde para disimular, o para contestar con una evasiva que me diese tiempo a organizarme. Mi silencio fue una respuesta afirmativa.
–No. ¡Qué te vas a acordar! Nos vimos un par de veces. En una de ellas es imperdonable el olvido, aunque tenías una borrachera histórica. Fue luego de una presentación de un libro tuyo. Por lo visto la vocación por el escándalo sigue vigente, terminaste junto con tu amigo Jorge (b) en casa de mi mejor amiga. ¿Te acordás?
–...
–No. No te acordás, pero aún sigo sin mi bota izquierda. Te la llevaste como un souvenir. Subiste al taxi diciendo que no te separarías jamás de ella...
El recuerdo explotó como si en una habitación a oscuras de golpe encienden un reflector. Aún así, no era preciso. Nunca lo fue. Lo que tenía presente era el día después. Me vi sentado en la cocina del departamento que alquilaba, la bota negra de media caña en el centro de la mesa, erguida como una efigie, preguntándome qué Cenicienta me la había obsequiado. Quería recordar; un rostro, el color de los ojos de la dueña, su perfume, el sabor de la piel, o la sensación de mis dedos acariciándola. Daba vueltas, la tomaba entre mis manos para ver si con el contacto ocurría el milagro de la clarividencia, pero era inútil. La sensación que tenía era la misma que cuando uno despierta de un sueño. De un sueño, no de una pesadilla. De uno de esos en los que se consuma un vuelo, o se habita un encuentro placentero, pero que al despertar retenemos los detalles por unos pocos segundos, y cerramos los ojos para que continúe, sabiendo que la vigilia, como un viento tormentoso, arrasará con todo. Pregunté a mis amigos, pero todos los datos que me aportaron fueron vagos, ninguno estaba en condiciones de rearmar el derrotero de la noche anterior. Recordaban, esos sí, la escena ridícula de contar el dinero para pagarle al taxista, intentando equilibrio, con el trofeo apretado bajo mi axila izquierda.
La bota quedó allí, siempre al alcance de la mirada, con la esperanza de que un día las nubes se despejasen y me arrojaran nuevamente a los brazos de la amante desconocida. En las sucesivas mudanzas, oportunidad en la que uno deshecha lo que ya considera inútil, nunca cedí al impulso de arrojarla a la basura, incluso a pesar de los tantos problemas que me ocasionó con otras mujeres (hubo quien, como en la fábula, llegó a la ridiculez de ponérsela para convencerme de que le pertenecía). Aún hoy, en un rincón de la habitación, la bota es como un mojón de una certeza: la del placer, y la nostalgia de una imprecisión, de un olvido desesperante. En las noches en las que más solo me encuentro, suelo frotarla como a una lámpara mágica, pero ninguna nínfula, ninguna Campanita, cobra cuerpo y se apretuja junto a mí.
–...y la otra fue hace poco; se abrió la puerta del ascensor en el que bajabas solo. Entré, y me miraste con esa mirada tan común en ustedes, que en un nanosegundo evalúan de modo tal que son capaces hasta de intuir el color de tus pezones, o determinar su diámetro. No sé si lo notaste, temí que el hombre que estaba conmigo se diese cuenta, pero enrojecí...
–Aún guardo la bota. Cumplí... –le dije, pero no sabía cómo seguir. Una delgada película acuosa cubrió sus ojos. En ese momento ingresó una camarera arrastrando un carrito con la cena.
Ella se incorporó.
–Bueno –dijo carraspeando– aquí te dejo los diarios que te trajeron…
–y bajando la voz para que solo yo la oyese susurró: ‘será mejor que me vaya, no sea cosa que el jefe de médicos se enoje, y te envenene. Mañana nos vemos’.

En un par de días ya estaba caminando por las calles de Rosario, como si nada hubiese ocurrido, aunque una estrella de múltiples puntas se abría imperceptiblemente para todos nosotros. Un momento, un suceso en el que intervino en gran medida el azar, una circunstancia, una nimiedad, y sin embargo, ahora, volviendo sobre esos días, me doy cuenta de cómo el espectro del destino despliega un abanico de caminos a partir de hechos que a nadie se le ocurriría incluir en un libro, ni siquiera a mí.
Como dijo Ada –no se llama así, pero dado que hoy es la respetable esposa de un muy reconocido profesional de la medicina, de ahora en más tendrá el honor (lo merece, sin dudas) de ser nombrada de este modo–, logramos llamar la atención. A la semana teníamos seis ofertas de contratos esperándonos para que eligiésemos. Hecho que continuó durante casi un año, en el que gozamos de una nada desdeñable notoriedad. Ocurrieron otros sucesos –relacionados con esa maquinaria del destino– que fueron desdibujando nuestra pasión y la proyección musical que vislumbráramos luego de los primeros cuatro o cinco recitales, con un público que excedía notablemente a amigos, amantes y parientes. Quizá el determinante fue la muerte trágica de J, en circunstancias que nunca quedaron muy claras, aunque debimos guardarnos nuestras certezas. Hay fantasmas que es mejor evitar intranquilizarlos.

Esa imagen que tengo de mí, viajando en el ómnibus, con el libro que a veces dejo descansar sobre las rodillas para que la mirada se extravíe más allá de la ventanilla, hacia un campo que se mueve vertiginoso, asombrando con las manchas que son los cuerpos más cercanos y que podrían haber sido matorrales, o inescrupulosos animales que mastican la hierba fresca, a diferencia de los más lejanos, que alcanzan a recortarse nítidos aún en su breve duración, sobre el fondo incendiado del oeste de un día que se muere para desmentirse, quizá ahora surja de la composición de los retazos que el recuerdo arma. Pensaba en esa otra Ada que sigue sin su bota negra; en sus caricias ardorosas que despellejaban el deseo, en esa vocación genuina por la oralidad; en sus ojos entrecerrados para dejarle protagonismo a la boca dueña de todos los jugos. Esa que se abría al placer en los lugares más insólitos y que demandaba de mí un alerta permanente para saciarla una y otra vez, pero que, en compensación, devolvía con creces las caricias, los juegos, los intercambios eléctricos y húmedos. Ada mujer que algunas veces tomaba el mando y se sentaba despacito sobre mi boca para que yo explorara los humedales de su litoral carnoso y suave mientras un código de estremecimientos oficiaba de lengua universal, hasta que, lentamente, caía sobre mí, sobre la máxima expresión de mi espera. La misma Ada que resignaba la penetración en pos de una mayor extensión de los retozos; la que lograba que me preguntase demasiadas veces –o no– en esa suma, en esa figura reclinada de la integración de los contrarios, símbolo de la complementariedad donde nada sobra, ni siquiera ese 1 que parece faltar en la adición necesaria de treinta y cuatro más treinta y cuatro, para alcanzar el más sublime valor impar –¡vaya paradoja!– del amor. Cifra a la que, en el vértigo amoroso, más de una vez excedíamos.
¿Y terminó? Francamente, no lo sé. No sé lo que es terminar; las distancias son relativas, y los lapsos también. Quizá ese encontrarnos cada tanto, cuando la vida quiere darnos otro segundo, otro respiro de placer, cuando el azar mismo se entretiene con las apariciones y las desapariciones para que evaluemos el espesor con que el tiempo nos va engrosando, sea una manifestación circunstancial de la eternidad, hasta que alguno ya no esté físicamente sobre este mundo y entonces sí, la única dimensión del otro será el recuerdo puro.

Miro por el amplio ventanal desde donde se aprecia una pequeña franja de la gran ciudad, ahora autónoma, domesticada por los edificios. El día, que también como en el recuerdo del viaje de hace catorce años cede a la noche anunciada con una pátina rojiza, es límpido, más allá de que en el fondo se distinga, como un techo artificial, el pernicioso humo de la civilización. Los altavoces anuncian los distintos destinos, el libro de Nabokov está cerrado sobre el bolso de viaje a mi lado, lo tomo para releer las últimas páginas, saco el marcador que he estado utilizando ahora: Boarding pass, Aerolíneas Argentinas, veintitrés de febrero, Buenos Aires-Corrientes, vuelo mil setecientos cincuenta y dos, y lo dejo caer en cualquier página. Un muchacho interrumpe el campo de mi visión y casi al descuido sigo su trayectoria, tiene puesta una remera con una imagen de Star Wars. Sonrío. Antes de cerrar definitivamente el libro para dejarlo olvidado sobre la butaca, saco un lápiz y escribo en el blanco de la última página:
Que el ARDOR te acompañe’

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6.5.06

Servicio de Mensajes Cortos (SMS)

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SMS 1: T llamé 2 veces p disculparme x la interrupcion de nuestra charla de la semana pasada. El problema era un poco + grave. Supero mi experiencia de madre. No hay caso, es imposible localizarT, x eso t escribo p recombinar.

SMS 2: Sil. Tampoco es facil encontrarte en tu oficina. No atendes.

SMS 3: No estoy alli. Estoy en el hotel de la empresa, en Capital

SMS 4: ¿ahora estas alli? Entonces estamos porq yo too estoy aqui, en Bsas, en 1 reunion. En 1 rato estoy x el hotel.

SMS 5: Vine x 1 dia, pero me pidieron q me qde hasta mañana. ImaginaT mi humor

SMS 6: Sí. No quisiera encontrarte nuevamente asi en el aeropuerto…

SMS 7: q karma. ¿ q tengo q hacer p q me perdones 1 mal dia…

SMS 8: Usar la imaginacion…

SMS 9: ey suena raro, rarito…

SMS 10: suena entretenido…

SMS 11: soy una mujer casada y c hijos

SMS 12: ¿castrada?

SMS 13: No. Ca sa da

SMS 14: Yo no.

SMS 15: Desayunamos juntos mañana en el hotel

SMS 16: Cenamos esta noche

SMS 17: No se. Tengo sueño. Estoy cansada.

SMS 18: cenamos – dormimos – desayunamos – regresamos

SMS 19: Ja! Todo junto?

SMS 20: Todo junto y juntos Ja!

SMS 21: estamos perdiendo la linea Jorgito

SMS 22: he perdido tantas cosas en la vida. Bajo a las 21 hs

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20.4.06

UNA MALA PELÍCULA

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El ventanal es un ojo inmenso a la ciudad que se apresta a recibir la noche. Los edificios parecen una maqueta pobremente iluminada, telón de fondo de una mala película que se desarrolla en el interior de un aeroparque en un país de América del Sur. Algunos aviones carretean en la pista sin alterar demasiado el paisaje que comienza a perder profundidad. Acabo de escribir unas palabras en la última página del libro que leía hasta hace unos instantes, Ada Or Ardor. Es la segunda o tercera vez que lo leo en los últimos quince años, y pienso dejarlo sobre la butaca, olvidado. Me gusta dejar libros en cualquier lado, para tentar al azar. Tengo la certeza de que, de un modo u otro, el libro terminará en las manos de quien sabe apreciarlo. Me levanto y voy hasta el final del corredor. Cuando vuelvo, la veo cruzar los controles, alterada. Me quedo cerca de la puerta de embarque. Las probabilidades de encontrarnos eran altas, así que el azar, por ahora, no cuenta mucho. Llega y no saluda, actúa como si estuviésemos juntos desde hace rato, por los altoparlantes anuncian la salida o la llegada de un vuelo de Mendoza, no alcanzo a descifrar.
–¡Está demorado! –me dice en medio de su agitación
–Como siempre –respondo con naturalidad. Es relativamente alta y muy flaca, con el cabello ensortijado que le llega a la altura de los hombros. Me ofrece un caramelo de menta.
–¡Podés creer! Salí a las corridas de la oficina por miedo a no llegar. Estaba en medio de una reunión que me interesaba. Encima ahora tendré que llamar para que me vayan a buscar más tarde.
Nos sentamos uno al lado del otro. Intenta comunicarse con el celular. Se para cuando consigue establecer la llamada. La miro, está envarada en su nerviosismo. Viste una especie de camisola algo apretada, con un estampado de colores fuertes, y un pantalón claro, casi blanco, como si fuese un jeans ajustado, aunque no lo es, que realza algunas curvas, suficientes como para hacer de ella una mujer elegante. No sé si es bella. Dos grandes aros en forma de anillo enmarcan su cara apenas oval, con una mano se recoge el pelo y lo tira sobre el lado en que no tiene el teléfono pegado a la oreja. Hay rastros de maquillaje todavía en sus párpados. Corta y vuelve a intentar otra llamada. No lo logra y esto la pone más nerviosa aún. Se sienta nuevamente a mi lado y mira por unos instantes hacia delante, hacia el final de la sala, donde hay unas mesas y gente que consume café, jugos, o devora un tostado de jamón y queso.
–Qué tal –interroga, dándose vuelta bruscamente.
–Bien –respondo. El teléfono suena y atiende. Explica que está en el aeroparque, con el vuelo atrasado.
Trabajamos en la misma empresa, en sectores diferentes, aunque solemos tener actividades en común. Pocas veces nos hemos encontrado solos. Insisto: no sé si es bella, aunque, probablemente, pueda considerársela atractiva. Me pregunto si yo deseaba este encuentro. Quizá sí. Sí, creo que lo deseaba. Es una de las pocas mujeres con las que trabajo que podría ofrecerme una charla interesante. Terminó la conversación telefónica. Guarda el aparatito en una cartera diminuta y se queda en silencio. No hablo. El silencio es salud.
–Hoy estuvo caluroso ¿verdad?
–Esto parece un diálogo de ascensor –le digo con toda crueldad.
–Perdón. Estoy con un lío personal tremennndo, que no me deja ni pensar.
–No hay problemas, puedo entenderlo.
Silencio. ¿El silencio es salud? Está incómoda, notablemente incómoda, tanto como yo. Pero pararse e irse a otro lugar sería una descortesía (eso es lo que debe estar pensando, por eso no lo hace). Seguimos unos minutos así. Estoy tentado de abrir el maletín y sacar el diario, pero no me parece muy acertado (pensaría que le cerré la puerta en la cara).
–Cómo van tus cosas –vuelve a intentar
–Seguimos con las figuras decorativas del diálogo –respondo– pero sigamos: bien ¿y las tuyas?
Se ríe. Organiza un pucherito con la boca, vuelve a pedir disculpas. Le pregunto si me cuidaría el bolso mientras voy al baño, que es una manera elegante de escaparme y dejarla con el alivio de no tener que hablar.
Cuando vuelvo, llaman a embarcar, así que nos ponemos en la cola. Cruzamos alguna que otra palabra formal. Miro por el gran ventanal, la noche reclama las luces urbanas, los grandes carteles ofrecen la felicidad de modos diversos. La mala película latinoamericana llega a su fin.
Por suerte tenemos asientos separados.

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15.3.06

TODAS ELLAS

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La última foto estaba amarilla porque había estado en los estantes de una repisa, y una sobre otra habían dejado diferentes veladuras. Pero las recuerdo bien, tenía unos años menos, y recién su cuerpo comenzaba a desplazar a la niñez. Su mirada era verde como un lago, y ya chispeaba ese brillo hipnótico que conocí luego. Después estaban las otras, más actuales, y aquellas que ya nos sacábamos juntos, en los andenes del ferrocarril, cruzando las vías, o de espaldas, subida al caballo que te llevaba delante de mí. La que perdura es una foto grande, con tu espléndida cabellera suelta, y una sonrisa metida en un pensamiento que nadie puede asegurar que era para mí.
Ahora, todas esas imágenes deben estar retorciéndose al calor de la pequeña hoguera. Mi madre amenazó con hacerlo la última vez que volví al pueblo. No podía seguir guardándolas, ahora que estaba casado; sentía como que era ella la que traicionaba a Susana. Le pedí que no lo hiciera, que la próxima vez me las llevaría.
En estos momentos, estoy seguro, quema esas fotos y otras tantas, y también los atados de cartas resecas, y otros recuerdos, y no todos son de ella. Allí está un poco mi pasado. Y si está mi pasado, está mi presente, porque no puede ser de otra manera. Eso es lo que no se entiende ¿por qué tengo que desprenderme de todos esos recuerdos como si hubiese sepultado con una nueva mujer a todas las otras?.
Estoy hecho de pedazos, y ahora la pequeña voluta, la frágil ceniza de un capullo que la hoguera eleva, tal vez una entrada a un cine, o una servilleta con palabras del momento, escribe por unos segundos el cielo. Estoy hecho de fragmentos perfectamente ensamblados de amores, no importa que el fuego haga humo del tangible papel. Aquí estoy, trayendo a la memoria un nombre que desencadena sensaciones que no se repetirán, por suerte, y ese nombre trae a otro, y también al olvidado. Te veo bajando por las escaleras preocupada por una pollera que te traiciona en ese momento y se abre, y te saludo agradecido de la suerte de que yo subía, justo, medio borracho, y algo te digo, algo referido a tus piernas, a la visión, aunque te sigo...
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mirando a los ojos. Y luego salgo a la calle y ya te olvidé. Estoy solo, mis amigos más cercanos se han ido de vacaciones y entonces deambulo por los bares de la ciudad, charlo con conocidos, adivino para quien es tal mirada, busco entre la gente lo que siempre busco y solo algunas veces encuentro. Es viernes, y mañana trabajo. Me hago el firme propósito de acostarme temprano, pero la noche está fantástica, el bullicio es como un burbujeo en el estómago. Me tomo la última copa, después me voy a casa, tempranito, mañana me levanto hecho una uvita, soy una persona responsable, acaban de otorgarme una guardia en el trabajo, es mucha responsabilidad, no puedo tomármelo a la ligera, como me tomo este penúltimo gin tonic, y ya se van, por qué, el bar comienza a vaciarse. Está bien los acompaño un rato, solo un rato, voy a escuchar algo de música y me vuelvo, o no mejor me quedo una hora, una horita solamente, si en una hora no pasa nada, me voy a dormir ¡si señor!

Aún no hay mucha gente en el local, por eso todavía huelen bien las mujeres que entran, aunque el humo comienza a enrarecer el ambiente; es decir: comienza a darle la naturalidad que debe tener. Es temprano, miro el reloj del que está a mi lado, en la barra. Es un reloj grande, sin agujas, los números pueden verse en la penumbra. ¿cómo se llamaba su dueño? Creo que le dicen Andy, aunque dudo que se llame Andrés. No sé por qué le dicen así. Me sonríe y me hace señas con la mano en la que ostenta el reloj y la copa. Me señala una flaca que acaba de entrar junto a otras personas. Ahora me guiña un ojo, cómplice. La flaca pasa a mi lado y me ignora, ostensiblemente, pero su amiga, que va un poco más atrás no deja de mirarme, con una semisonrisa triunfal; se acerca a la otra y le habla al oído. Andy sigue mirándome con esa cara de te acordás de la mina, la volviste chiflada y ahora está en otra, no te da ni la hora. En el pueblo todo se sabe; todos se conocen. Le pido una copa al que está detrás de la barra; un pelado trolo que pasa de bar en bar, de boliche en boliche, siempre manejando las botellas, tratando de pescar algo, negociando alcohol por sexo. O al menos jugando con esa ilusión. Quién se lo va a coger! Es una vieja puta y achicharrada. No tiene necesidad de trabajar, como muchos de los que están aquí, pero le gusta formar parte, ser amigos de los amigos. Qué carajos quiero decir con ser amigos de los amigos. El puto me habla, me grita casi porque la música ha subido y el lugar se está llenando de voces, risas, murmullos. Qué?. Fernando. Dónde está el pendejo, no lo trajiste. Vos lo cuidás de mí. Me dice. Hace un par de semanas me lo sacaste cuando ya lo tenía en la bolsa, guardabosques. Me río mientras me sirve otro Gin Tonic. No hay peligro conmigo, ya sabe que no entro en su jueguito, aunque me ría y le diga que yo no cuido a nadie, ni a mí mismo. Se fue el del reloj, ahora no tengo referencia, pero no importa, en un rato me voy a dormir. Fernando? Se fue de vacaciones, en carpa, con un par de amigas, no te pongas así. El pibe anda bien y lo aprovecha. Tiene un buen maestro. Ya se te va a dar.
Me voy. Mañana tengo que levantarme temprano y quiero estar lúcido. No jodas, tomate otro, este lo paga la casa.. La flaca vuelve por el pasillo del costado, su amiga se perdió entre la gente. Se sienta en la butaca que dejó Andy. ¿Cómo andás? Bien. Y Fer. Fernando, el pendejo del que me hablaba el puto (que ahora trata de escuchar nuestra conversación) es su primo. Mientras le contesto la miro, y si bien no voy a reincidir, no puedo dejar de pensar que es linda, aunque me pese la expresión. Preferiría decir bella, en lugar de linda, pero es mi manera de aislar el deseo incipiente. Linda es como insulsa, pero, a decir verdad, si algo tiene la flaca es un atractivo especial. Es muy flaca y alta, pero tiene ese aire de niña inocente que te rompe la croqueta. Cuando la conocí, era natural en ella ese aura; con el tiempo lo fue convirtiendo en una estudiada estrategia. No puede engañarme, demasiado inmerso estuve en su mutación. Se me acerca y me habla al oído. Sé lo que busca cuando hace eso. También yo estoy expuesto, me conoce demasiado bien, sabe de mis debilidades. Encima creo que el alcohol comienza a alivianarme y ya siento como si la luna llena soltara al animalito que llevo contenido. Si hace un rato estaba medio borracho, ahora no sé. Tiene aliento a frutillas, o es su cabello que se expande sobre mi cara mientras me susurra y se ríe. Por suerte llega su amiga gordita y se la lleva empujando muchachos. Antes de salir al patio, se da vuelta y me sonríe. Blanca.
Me paro para seguirla, pero la pierdo entre la multitud y las sombras de colores tenues. Mientras me muevo casi a los empujones me doy cuenta de que estoy algo mareado. Suavemente mareado y feliz. Felicidad que dura unos segundos. La música ahora se ha transformado en un furioso rock and roll y opaca el bullicio de las conversaciones. En el patio están bailando. Se fue Andy y se fue mi reloj. Bajo unos escalones el desnivel y me tiro en los sillones del reservado cerca de la entrada. Sigue ingresando gente. Saludo a algunos viejos conocidos, mientras miro las chicas que van apareciendo espumosas en sus brillos, implacables en su producción. Es hora de irse. Pero sigo sentado, mirando y disfrutando el cigarrillo que acabo de encender. De pronto, unos ojos verdes se abren entre un flequillo. Me pide fuego. Le acerco la brasa sin dejar de mirarla. De dónde conozco yo esos ojos maravillosos. Vos sos el de la escalera, me dice. Sí, sos el de la escalera!. No sé de qué me habla, pero su sonrisa es tan atrapante como su mirada. Sí, le miento, soy yo. Y la tomo de la mano mientras me levanto para llevarla a bailar.

(algún día, continuará...)

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26.1.06

MARA

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Casi helaba cuando salí esa mañana.
Al llegar a la esquina puse el guiño para doblar donde siempre doblo cuando salgo de casa para ir al trabajo, pero ese alerta que llevo despierto me permitió ver, vaya uno a saber en cuantos microsegundos, la increíble muchacha que salió corriendo unos metros adelante, cruzando la calle por la que pensaba doblar, e instintiva y bruscamente enderecé el volante y seguí derecho para admirarla de cerca.
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Ella corría hacia la calle, cubierta apenas con un camisón casi transparente, y cuando me puse a su lado la cara terminó por desdibujársele, se paró en seco y comenzó a gritarme, enloquecida, mientras se tiraba de los pelos. Frené y me bajé del auto. Mientras lo hacía, descubrí el porqué de su corrida desesperada. Una miniatura de animal yacía aplastado debajo de la rueda delantera del Ford. Se abalanzó sobre el cuerpecito aún tibio y sangrante de entrañas y mientras tiraba para sacarlo aullaba en un llanto que se hundió en mi humanidad aterida. De pronto la tuve encima golpeándome con sus puños pequeños y delicados pero firmes como piedras. Traté de evitarlos tomándola por las muñecas, pero su cuerpo me empujaba y se pegaba a mí tratando de tirarme al piso hasta que, retrocediendo, tropecé con el borde de la vereda y me caí con ella encima. Por unos segundos se revolvió sobre mí blasfemando y golpeándome ciega por el dolor y las lágrimas que caían como una lluvia desordenada de invierno. El aliento fresco como una fruta recién cortada se mezclaba, en una fragancia sin igual, con la hierba mancillada y el vapor que salía de mi boca. Alcancé a retenerle nuevamente uno de los brazos y mi otra mano se deslizó para afirmarla por la cintura. Aún en la confusión percibí la delicadeza de sus redondeces y la tibieza de la piel que no había cedido al frío de la mañana. Su rostro inflamado estaba tan cerca que solté su brazo y metiendo mis manos entre sus cabellos la atraje aún más y la besé. Besé esos labios enfurecidos, besé esa sal que se mezclaba con la miel de su saliva. No sé qué pasó, todo ocurrió casi sin tiempo, pero una rigidez de piedra se apoderó de ella.
Tampoco sé si alguno de los vecinos que comenzaron a rodearnos lo percibió. Probablemente sí, porque sentí un dolor agudo en el costado derecho y enseguida la falta de aire, el pulmón muerto, incapaz de hacerse del vital aire.
Alguien la sacó de encima. Una señora mayor, quizá su madre, también en ropa de cama. La tomó entre sus brazos y comenzó a consolarla. Mientras trataba de levantarme vi los rostros acusatorios de hombres y mujeres, algunos que ya me eran familiares. Me sacudí la campera. Un tipo se me acercó y me dijo muy secamente ‘tomátelas boludo’, dándome un empujoncito.
Moví un poco el vehículo para poder sacar al perro, lo tomé entre mis manos y me volví en medio de los murmullos indignados. Se lo extendí a la muchacha como si le estuviera ofrendando un cordero a una divinidad. Balbuceé algo, lo que se me ocurrió en ese momento, para tratar de mitigar el daño, o para sobrellevar la sensación de estupidez que me sobrecogía. Ella despegó la cabeza de entre los groseros pechos de su madre y por primera vez me miró con sus ojos desmesuradamente grandes y acuosos. Casi me descompongo ante tanta belleza. La mañana, fría pero luminosa, reverberaba en sus iris de un color verde casi celeste.
-Andate!!- me escupió, mientras sacaba al animal chorreante de entre mis manos sucias.
Durante toda la mañana me acompañó ese último gesto, y el dolor punzante en el costado. Por la tarde fui al traumatólogo, tenía una costilla fisurada.

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MARA II

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Está en blanco, como la secreción del cielo, como la raya del ojo ciego en el que la tormenta envuelve el sentido. Está donde debiera, sin embargo la trampa de la trama no está dibujada y ella se ha parado frente a sí, con las ojeras del día, con el amoratado corazón casi en letargo, con el fluir de los acontecimientos en un vaivén absurdo, con la espina debajo de la uña, con el dolor y el dulzor de la mañana.
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En blanco en la cara del espejo oval y pequeño, el espejo de la abuela, la coqueta abuela a la que la madre le prohíbe escuchar, el espejo de la abuela sobre la mesita de noche, al lado del velador, encima de unos papeles garabateados, esos dibujos que le salen de la nada cuando habla por teléfono con sus amigas. Hoy no las ha llamado, no ha querido hablar con nadie. No ha querido que nadie entre en su dormitorio, ni su madre que cada hora se acerca a la pieza y golpea tímidamente la puerta y le pregunta si necesita algo, o le dice que ya va a pasar, que fue una fatalidad, que dios la recompensará con grandes alegrías, que tiene que comer algo.
Por la tarde escuchó cómo su madre se acomodaba en el pasillo y comenzaba nuevamente a contarle esa vieja historia que sacaba a relucir cada vez que ella sufría por pequeñeces. Pero esta vez la historia se ajustaba mucho más a lo ocurrido hoy. Una pena no justificada trae aparejada una pena concreta y de mayor magnitud, siempre se lo repetía, y aquella vez que su madre lloró por esa muñeca de trapo que el padre (su abuelo) en un descuido quemó junto con un montón de trastos viejos en el fondo del patio, la tía, que junto a la madre (su abuela) trataban de consolarla, le dijo exactamente esas palabras que ahora su propia madre rememoraba desde el pasillo frío: ‘no llores nena por tan poca cosa, mañana la tía te hace otra. Hay que llorar por las cosas irremediables, para sacárselas de encima y poder seguir, si lloras por cosas insignificantes, la vida te traerá un dolor más grande para mostrarte la nimiedad de la pena de hoy’. Pero cómo controlarlo, no somos de pura razón y aunque entendamos la lógica de este pensamiento, aunque –abstrayéndonos un segundo- pesemos en esa balanza imaginaria los hechos, una convulsión que nace del vientre nos arroja nuevamente al desconsuelo.
Y efectivamente, un mes después, su madre se quedaba sin el padre, y ella imposibilitada de conocer algún día a su abuelo.
Por la tarde escuchó nuevamente esa historia que le llegaba desde el pasillo entrecortada por la congoja de quien revive esos momentos de la vida que marcan un cambio profundo. Y también ella sopesaba los argumentos, y también ella se sentía impotente ante ese sentimiento que la hacía temblar desde los pies a la cabeza. Sin embargo, entendía, no era necesario que ocurriese algo más grave aún que la muerte de su mascota, después de todo, su padre también había muerto. Sabía, con certeza injustificada, que hoy su vida cambiaba irremediablemente. Y era esto, quizá, esta certeza y a la vez la incertidumbre de no saber exactamente cuál sería el cambio lo que le impedía recomponerse.
Volvió a mirar por la ventana, ya los reflejos de la iluminación de la calle oscurecían la fragua lechal de los nubarrones en el cielo. Poco a poco fue adormeciéndose.
Tuvo varios sueños, y en alguno de ellos los hechos de la mañana se mezclaron creando series, cadenas, versiones locas de lo ocurrido. El hombre con los ojos de fuego que la miraba desde el interior del auto ¿conocía ese rostro?; el olor de la piel limpia recién humectada por el perfume que olía a cítricos; la sangre que corría por sus manos y manchaba el camisón con el que se levantó de la cama; una mano que le acariciaba los pechos mientras trataba de consolarla; el murmullo de la gente que se nutría de la novedad; el olor a cebo de los senos de su madre mezclado con la fragancia de la crema de manos; el sol que no alcanzaba a doblegar al frío y se escabullía entre nubes que no terminaban de soltar la lluvia; Cuqui que volvía a correr luego de la muerte. Soñaba que se levantaba y andaba descalza por la casa y llamaba a su perro, pero su perro ya no era ese cuzco blanco e inquieto sino que ahora era una bestia grotesca de un color parduzco que se le abalanzaba y le saltaba encima, y el pelo tenía la textura de la campera del hombre que esta mañana mató a su perro. El animal saltaba por la casa y con su cola tiraba los adornos al suelo, manchaba los sillones con sus tremendas patas sucias del barro de la calle, emitía aullidos salvajes de alegría, la rodeaba y la incitaba a jugar pero ella le decía –andate!
Luego los sueños se fueron tornando más tranquilos, todo ocurría como entre algodones, sentía un sopor como el de una borrachera suave, los acontecimientos eran lentos, todos en el sueño sonreían. Su padre volvía de otro viaje y, como en una vieja película en gris, se sacaba el sombrero y abría los brazos para que corriera y le saltara encima. Y ella corría y le saltaba a los brazos y su padre se caía y entonces ella comenzaba a golpearlo en el suelo, pero como en cámara lenta. Veía sus pequeños puños cayendo sobre el pecho del padre lentamente, y le ordenaba al brazo mayor velocidad, mayor energía, pero ese brazo ya no era el suyo, era el del hombre del Ford, al que ahora recordaba, el vecino que hacía unos meses se había mudado a la casa de dos plantas de la otra cuadra.
Fundido en negro.
Su padre aparecía nuevamente enmarcado en la puerta con la aureola cegadora de la luz de la calle, sonreía oscurecido por su propia sombra y le extendía una pequeña caja de cartón que ella tomaba con ambas manos para mirar en el interior...
Despertó y sintió ganas de orinar, encendió la luz del velador y se dirigió al baño, abrió despacio la puerta de su habitación y tropezó con su madre que se había dormido sentada sobre el piso alfombrado, con la espalda en la pared. En la mano aún sostenía la foto del marido, su padre, fallecido hacía dos años en un accidente automovilístico.

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